CAPÍTULO 8
PAULA
—H as muerto —sentencia Toni, ofreciéndome una aspirina y un vaso de agua sin que yo se lo haya pedido.
Desde que he conseguido salir del bosque, todo ha sido tan surrealista, tan sumamente extraño, que ni siquiera me impacta que me diga que he muerto.
Porque sí, es posible que una parte de mí haya muerto al ver a Valeria viva y con Gael, quien me ha rechazado en la cocina como si le diera asco, como si jamás me hubiera mirado haciéndome sentir la mujer más afortunada.
Es como si aún pudiera sentir sus besos y sus caricias en mi piel pero al mismo tiempo esa suerte no me perteneciera.
Una parte ingenua de mí todavía piensa que Gael me está esperando en casa, pero eso no sucede, no aquí , no ahora .
Hace solo cinco horas que me he despedido de él, y, durante ese breve espacio de tiempo, en apariencia tan ínfimo, un tsunami me ha pasado por encima.
No recuerdo haber muerto. Me siento viva.
Es confuso. Yo era de las que creía que, al morir, no había nada.
Solo oscuridad. Que te enterraban o te incineraban y ya está, ahí acababa todo.
¿Pero esto? ¿Cambiar de mundo? ¿De dimensión, de plano, de realidad, de versión, de línea temporal o como cada uno lo quiera llamar?
Como en esa película que vi hace años protagonizada por Gwyneth Paltrow en la que vive dos realidades distintas desde el momento en que una versión de ella pierde el metro y la otra se sube a él.
Tengo el título en la punta de la lengua… No me sale. Da igual.
Esto sí que no me lo esperaba. Me siento estafada. Toda la vida creyendo que después de morir no hay nada y ahora resulta que la muerte, de alguna manera que aún no logro entender, no existe.
Además, Toni, que está respetando mi extenso silencio, me acaba de decir que he muerto con tanta seriedad y seguridad, que casi me lo creo, y entonces me echo a reír a causa de los nervios y la multitud de pensamientos que se agolpan en mi cabeza, a cual más confuso.
—Tienes que estar de broma —le digo al cabo de un rato.
Estoy completamente rota. La risa nerviosa de hace un momento se desvanece. Me duele demasiado la cabeza como para llevarle la contraria al hombre que tengo delante. No tengo fuerzas. Me llevo la aspirina a la boca, bebo un poco de agua y me la trago, esperando que haga efecto pronto.
—Estoy hecha una pena y fría, muy fría, soy incapaz de quitarme el frío del cuerpo, pero estoy…
joder, sí, estoy fría como una muerta, pero, por otro lado, estoy viva, me siento viva…
—le digo, sin poder ocultar la ansiedad que se me ha instalado en el pecho—.
Respiro, veo, siento… y solo tengo ganas de llorar. Los muertos no lloran.
Toni asiente como si me comprendiera y se acomoda en un sillón orejero que queda al lado del sofá donde me he sentado yo.
Nos volvemos a quedar en silencio. Dejo el vaso de agua en la mesita de centro, me tiembla tanto la mano que casi se me cae al suelo, y clavo la vista en los troncos ardiendo en la chimenea.
El vaivén del fuego me resulta hipnótico, pero sigo sin poder entrar en calor.
Gracias a la calma del momento, me acuerdo del título de la película protagonizada por Gwyneth Paltrow sobre dos realidades distintas: Dos vidas en un instante .
Pero en la película ninguna versión de la protagonista moría para experimentar dos líneas temporales con claras diferencias.
Claro que ella era una buena persona, no una asesina como yo.
—El frío te durará un par de días —rompe el silencio Toni—.
El dolor de cabeza… eso es más complicado.
Paracetamol cada ocho horas. Aspirinas. Ibuprofeno.
Lo que pilles. Al menos te aliviará un poco.
Y no, no es ninguna broma, Paula. He visto cómo le hablabas a Fina.
Como si la conocieras. Pero ella no te conocía a ti, no en este mundo.
Has muerto —repite en un murmullo, como para que me quede claro—.
En la línea temporal que tú recuerdas, has muerto en el bosque de Oturia y, cuando eso ocurre, despiertas en una realidad alternativa.
Si algo he aprendido en estos años, es que solo nos ocurre a los que tomamos una pésima decisión en la vida que dejamos atrás y se nos ocurre adentrarnos en el bosque y bajar hasta la cabaña de la bruja.
Trago saliva con fuerza, porque tiene todo el sentido.
«Solo nos ocurre a los que tomamos una pésima decisión en la vida que dejamos atrás. Una pésima decisión…».
¿Cuántas veces me arrepentí de lo que hice?
¿Cuántas veces me odié por la manera en que actué?
¿Cuántas veces deseé volver al pasado para cambiarlo?
Pero, por otro lado, ¿cuántas veces pensé que la vida sin Valeria era mejor, pese al miedo constante de que el día menos pensado mi secreto dejara de estar a salvo y fuera descubierto?
—Dices que también te pasó a ti. ¿Qué mala decisión tomaste tú?
—me atrevo a preguntar, interesada de verdad en su historia.
No debe de tener más de cuarenta años, y parece tan triste, tan deshecho y perdido como yo.
Y eso me hace sentir menos sola. No estoy sola.
Tampoco me he vuelto loca. Lo que me ha pasado tiene una explicación, no muy sensata, pero explicación al fin y al cabo.
Después de todo, me conformo con que haya alguien dispuesto a contarme lo que me ha pasado.
—¿Y tú? ¿Qué hiciste tú?
«Matar a sangre fría a mi mejor amiga».
Obviamente, no respondo.
—Imagino que algo muy malo —adivina Toni, sacudiendo la cabeza, probablemente por esa mala decisión que nos ha hecho saltar de un mundo a otro sin que me haya enterado de que, de alguna manera, he muerto.
Pero, si he muerto en ese otro mundo, que es el único que recuerdo, ¿cómo estará Gael?
¿Cómo estarán mis padres? Fatal, imagino que fatal…
un hijo en la cárcel y una hija muerta. Dios, menudo combo…
Es horrible. ¿Cómo se lo habrá tomado mi hermano? ¿Se lo habrán dicho?
Toni se levanta y, con calma, coge un cigarrillo del paquete de tabaco que hay encima de la repisa de la chimenea. Lo enciende, le da una calada y expulsa el humo con lentitud. Su expresión se vuelve sombría y triste mientras me revela su verdad:
—Yo maté a mi mujer.
Silencio. Un silencio denso y asfixiante que me hiela la sangre, como si de repente la estancia estuviera invadida de fantasmas.
¿La luz se ha atenuado o solo me lo parece a mí?
¿Ha parpadeado la bombilla pelada que hay sobre una vieja mesa de madera?
¿Y si estoy delante de un asesino? No sería la primera vez.
Y la casa donde vive está tan vacía… el entorno es de lo más deprimente.
—Sábado, 25 de marzo de 2017. Salimos de fiesta, bebí más de la cuenta…
Yo no le dejaba mi coche a Elisa, mi chica.
No se lo dejaba porque un día, aparcando, chocó contra la columna del parking y me lo abolló.
Discutimos. Lo último que recuerdo es que ella lloró.
Iba tan borracho, que no me di cuenta de que me pasé al carril contrario y de que venía un coche de frente que me cegó con los faros y después…
después me desperté en una cama de hospital.
Me dijeron que Elisa había muerto en el acto.
Y que la pareja del coche contra el que impactamos también murió.
Maté a tres personas por mi mala cabeza, destrocé las vidas de sus seres queridos.
Es, por desgracia, una historia bastante común.
Soy o fui un kamikaze. Un asesino por tomar la mala decisión de conducir borracho.
»Antes de que me sentenciaran a menos años de prisión de los que merecía, me escapé del hospital, donde no creyeron necesario ponerme vigilancia.
Y entonces, vine aquí, a Oturia, por las leyendas.
Dicen que el bosque de Oturia te cambia la vida.
O que la soledad te enloquece. Que el tiempo se detiene.
Que hay quienes desaparecen porque en el barranco hay un agujero de gusano que te hace viajar en el tiempo.
Cuentan que, si te adentras demasiado en las profundidades del bosque, es posible que te desorientes y te ocurra cualquier cosa sin explicación.
Eso era lo que yo buscaba, Paula… Desaparecer de la ruina que me había buscado.
Cambiar, de alguna manera, lo que hice o, al menos, sentir que lo había cambiado.
Desafiar al tiempo y aterrizar en un lugar nuevo donde Elisa no hubiera muerto, esa pareja siguiera existiendo, y yo no fuera un asesino.
Y también necesitaba un poco de magia que sustituyera el dolor, aunque no fuera magia de la buena.
Aunque esa magia me matara. Porque Elisa había muerto y yo ya no tenía nada que perder.
»El mismo día que llegué a Oturia, me adentré en el bosque.
Siguiendo las indicaciones de Fermín, un vecino que conoce el bosque de Oturia como la palma de su mano, descendí hasta la cabaña de la bruja.
Me advirtió que no fuera hasta allí, que no era buena zona, que habían pasado cosas raras…
Lo que se calló, porque dicen que da mal fario, es que ahí había muerto gente.
Que, durante años, siglos, tal vez, en ese punto aparecieron muchas personas sin vida.
Pero eso era lo que yo quería… que me ocurriera algo insólito.
Una tragedia. Morir. Yo quería morir. Al llegar a la zona de la cabaña a orillas del río, la vi.
Vi la silueta de una mujer encorvada. No tiene rostro.
Creo que carece de alma, pero reconoce a las que son corruptas como tú y como yo, y no tiene piedad con ellas.
Cuando sigues adelante, te asalta un terror espantoso. ¿Tú lo sentiste?
Asiento con el corazón encogido, viéndome reflejada en todo lo que me está contando.