Despertarás en otra vida CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

GAEL

N o paro de escuchar lo mismo una y otra vez: «No puedo creer que Paula esté muerta».

​ Joder, ni yo.

​ Aún, como un imbécil iluso, tengo la esperanza de que aparezca y me diga que todo ha sido una broma de mal gusto.

He perdido la cuenta de las veces en las que sus padres y yo nos hemos sentado en el sofá a llorar.

Juntos. Como si por compartir la misma herida se soportara un poco mejor la ausencia y el dolor.

​ —Por lo menos estamos juntos en esto —musita Sofía sin fuerza en la voz. A duras penas es capaz de levantarse de la cama.

​ No lo soporto más. Si el infierno existe, debe de ser esto.

Echo mucho de menos a Paula. La veo por todas partes.

Todo es mejor cuando duermo porque no siento nada; sentir me agota.

Podría alojarme en la casa que mis padres tienen en Cadaqués y visitar a los padres de Paula en lugar de estar con ellos las veinticuatro horas del día. Pero no lo digo. No me atrevo.

​ Entro en la habitación de Paula, donde dormiré los próximos días. La estancia se ha quedado congelada en el tiempo: paredes pintadas de rosa, peluches infantiles, pósteres de sus ídolos de la adolescencia, libros juveniles…

Dejo la maleta en un rincón del armario como si no quisiera ocupar un espacio que siento que aún le pertenece a Paula, a la Paula de dieciocho años de la que me enamoré.

Seguidamente, dejo atrás la habitación y bajo las escaleras sin hacer ruido.

Necesito salir a dar una vuelta, que me dé un poco el aire.

Los padres de Paula no se darán cuenta de que me he ido un rato.

Parecen zombis. Como si Paula se hubiera llevado sus vidas con ella.

​ En invierno, Cadaqués es gris y solitario, algo que ahora mismo agradezco.

Nada que ver con la luz y la alegría que desprende en verano, con sus calles y sus playas llenas de gente.

Desciendo por sus callejuelas estrechas flanqueadas por casitas blancas, la mayoría propiedad de veraneantes que solo vienen a disfrutarlas cuando llega el buen tiempo.

Evito mirar los carteles desvaídos con los que me voy cruzando con la fotografía de una Valeria que se quedó anclada en los diecinueve años.

Su cara apenas se distingue debido a las inclemencias del tiempo.

No son los mismos carteles que colgamos entre familiares y amigos hace una década, claro.

Estos son un poco más recientes. Y es que sé que cada vez que los padres de Valeria vienen a Cadaqués, se dedican a seguir colgando carteles en fachadas, comercios y farolas, como un recordatorio de que en los lugares más luminosos y bonitos, también ocurren cosas malas.

​ Paula nunca pudo superar la desaparición de Valeria, su mejor amiga pese a la competitividad que era evidente que había entre ambas.

Con el tiempo, Paula dejó de hablar del tema.

Lo esquivaba diciendo que dolía demasiado.

Ahora las imagino juntas allá donde vayan las almas cuando el cuerpo se apaga.

​ Llego a la playa y me siento sobre la arena a contemplar el atardecer, el momento favorito de Paula. El sol desciende en el horizonte y el cielo adquiere tonalidades doradas, naranjas y rosadas que se funden con el mar.

​ Y entonces, vuelvo a tener veintiún años y ella dieciocho.

Paula está llena de vida. Lleva el cabello largo, suelto y enmarañado.

Toda ella huele a salitre y a aceite de coco, y a mí me entran ganas de besar cada centímetro de su piel tostada por el sol.

El color miel de sus ojos ha adquirido tonalidades verdosas, tiene la cara salpicada de pecas, y la veo salir del agua y correr hacia mí.

***

Cadaqués, verano de 2014

Paula y yo aún no éramos nada, pero estábamos destinados a serlo todo.

​ Desde que ese verano Agus nos había presentado, me costaba encontrar un momento para quedarme con ella a solas, y eso que lo buscaba, pero, por una cosa u otra y por más empeño que le pusiera, no había manera.

​ Cuando iba a comer al restaurante de sus padres, que era bastante a menudo pese a mi pobre cuenta bancaria, estaba demasiado atareada como para prestarme atención.

No solo Agus, Carlota, Montse, Laia, o el rarito de Manu, su hermano, estaban constantemente pululando a su alrededor.

Valeria, que no me quitaba ojo de encima, no se separaba de ella.

Tuve que preguntarle a Agus si eran novias, porque eran como imanes.

Además, Valeria siempre estaba cerca de Paula en una actitud que me parecía de lo más dominante.

​ —Qué va, tío, no son novias. Lo que pasa es que Valeria puede ser un poco… —dudó Agus.

​ —… absorbente, ¿no? —encontró la palabra Sami, que, aun sin conocer a Valeria porque era el primer verano que pasaba en Cadaqués, la caló desde el principio.

​ —Ey, pero tranqui , tío, que nosotros te ayudamos a encontrar el momento —añadió Agus entre risas.

​ —¡Claro, cuenta con nosotros! —se animó Sami.

​ Vaya dos.

​ Nos pasábamos el día entero en la playa.

En los catorce días que llevaba en Cadaqués, intentando olvidar que el verano pasa rápido y que en unas semanas tendría que volver a Barcelona y retomar mi «apasionante» carrera de Economía y Finanzas, Paula y yo no habíamos cruzado más de tres frases seguidas.

Era desesperante querer hablar con ella, conocerla más, y no encontrar el momento.

​ Pero esa tarde, con el sol a su espalda y el cielo teñido de rojo, se sentó a mi lado, mientras Valeria se quedó en el agua.

​ Recuerdo pensar que el momento no se busca. El momento te encuentra.

​ —¿Qué lees? —me preguntó Paula, enérgica, sentándose a mi lado.

​ — Misery . Stephen King —conseguí decir, no sin antes echarle un ojo a la cubierta.

Solo fingía leer. La verdad es que no había podido dejar de mirar a Paula en todo el rato: mientras se adentraba en el mar con los brazos abiertos como si pudiera volar, cuando estaba nadando o riéndose con Valeria…

​ —¿Te gusta el terror?

​ —Para nada —me reí—. Pero he encontrado el libro por casa y… ¿A ti qué te gusta leer?

​ —De todo, pero me encanta la novela romántica, y, si hay algún viaje en el tiempo de por medio, mejor —contestó pizpireta, llevándose una mano al pecho de manera teatral—. Oye, ¿por qué no te bañas? El agua está buenísima.

​ —Ya no me apetece. A partir de las cinco de la tarde se me quitan las ganas de meterme en el agua.

​ —¡Pero si es la mejor hora! Es cuando el agua está más calentita. Entonces, eres de los que no se meten en el mar cuando cae la noche.

​ —Nunca me he metido en el mar de noche —reconocí.

​ Paula abrió mucho los ojos, esos ojos color miel que se volvían verdes cuando los destellos del sol le daban de frente, como si fuera inconcebible para ella que alguien no se hubiera bañado nunca en el mar de noche.

​ —Eso no puede ser, Gael. Tú y yo, antes de que acabe el verano y vuelvas a Barcelona, nos meteremos en el agua de noche —propuso, levantando el dedo meñique para entrelazarlo con el mío a modo de promesa.

​ Me volví a reír. Entrelazamos nuestros dedos meñiques mirándonos fijamente a los ojos. Fue la primera parte de su cuerpo que toqué y un cosquilleo se apoderó de mi vientre. Le dije:

​ —Vale.

​ Le habría dicho «Vale» a cualquier cosa que me hubiera pedido.

​ —Y…

​ Se calló de golpe. No pudo seguir. Las palabras se quedaron flotando en el aire.

Valeria, que acababa de salir del agua, se plantó frente a nosotros, mirándonos severamente como si estuviera mal que Paula y yo nos hubiéramos puesto a hablar.

Recuerdo cómo todo el cuerpo de Paula se tensó, emitió un suspiro, su mirada se perdió lejos de mí, y su sonrisa se esfumó.

​ Tres noches después, Valeria desapareció. Se la tragó la tierra. No se volvió a saber nada de ella. Fue lo mejor que me pasó.