Despertarás en otra vida CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

PAULA

—T engo que salir de aquí —digo en voz alta sin poder apartar la mirada de Valeria.

​ Toda la atención está puesta en mí, pero no para bien, porque me miran mal, me están mirando como si me hubiera vuelto loca.

​ Y sí, creo que estoy un poco loca.

​ Tiene que ser un fantasma.

​ «Valeria está muerta. Muerta. Muerta. Muerta», me repito.

​ Lo que no me cuadra, es por qué Gael la está abrazando. Es… es como si Valeria me hubiera robado la vida. Pero ¿cómo? ¿Cuándo ha ocurrido? ¿Estoy soñando? Tiene que ser eso. Un sueño. Una pesadilla de la que me urge despertar.

​ Tengo ganas de llorar. Y me ahogo. Me estoy ahogando. Siento que soy incapaz de transportar aire a mis pulmones y que, si sigo dentro de esta casa, con Valeria delante de mí metiéndole mano a Gael como si llevara haciéndolo toda la vida y yo ya no tuviera ese derecho, voy a enloquecer.

​ Empujo a Carlota, que intenta detenerme:

​ —¡Es tarde y hace mucho frío, Paula! ¡No salgas!

​ —¿Pero a esta qué le pasa? —alcanzo a oír a Montse. Siempre fue brusca, pero nunca se había dirigido a mí con ese desprecio.

​ Abro la puerta y salgo al frío exterior.

​ El corazón me va a mil.

​ El cielo es como de terciopelo azul oscuro, y la luna luce asombrosamente blanca, rodeada por un halo pálido de escarcha.

​ No pienso volver al bosque. Tampoco al bar, porque sigo sin llevar encima la cartera y Fina ha sido muy borde.

Me dirijo a la plaza sin nombre con el olmo centenario seco y, sin importarme que esté mojado, me siento en el único banco que hay a llorar y a procesar lo que está ocurriendo, si acaso puede procesarse algo tan ilógico.

Porque está claro que algo raro ha pasado mientras estaba en el bosque, ¿pero el qué?

¿Qué locura es esta? La vida que conocía no puede cambiar en solo cuatro horas, ¿no?

Quizá el golpe que me he dado me ha afectado más de lo que pensaba y, cuando vuelva a casa, Gael, mi Gael y no ese desconocido que me ha apartado como si tuviera la peste, me esté esperando muerto de preocupación.

​ Me acaricio el vientre.

​ Aprieto los párpados con fuerza para que, al abrirlos, todo vuelva a ser como antes, hasta que un espejismo de protozoos luminosos explosiona en un cosmos de negrura.

Y lloro. Sigo llorando de impotencia porque no entiendo nada.

¿Dónde estoy? ¿En qué especie de mundo, similar al mío y al mismo tiempo distinto, estoy?

¿El bebé que espero de Gael sigue dentro de mí?

¿O ese rayito de felicidad también ha desaparecido?

Todo es igual y, al mismo tiempo, no lo es.

No, miento, nada es igual a cómo lo conocía o a cómo lo he dejado hace escasas cuatro horas cuando he ido a dar un paseo por el bosque… el maldito bosque.

​ La cabaña.

​ La mujer sin rostro…

​ Su mano en mi espalda. La caída.

​ ¿Qué me ha hecho?

​ Me llevo las manos a la cabeza y balanceo mi cuerpo de adelante hacia atrás para intentar liberarme del estrés.

Me he vuelto loca. O he sufrido un accidente, estoy en coma, soñando con una vida que pudo haber sido, porque sí, Valeria podría seguir viva si no me la hubiera cargado, y Gael, en lugar de enamorarse de mí, podría haberse enamorado de ella durante aquel verano de 2014 en Cadaqués.

¿Pudiéndola tener a ella, por qué elegirme a mí?

Es posible que Gael se quedara conmigo porque Valeria «desapareció».

Ella también bebía los vientos por Gael, aunque…

En fin. Yo no quería problemas. Al principio, antes de la catástrofe que me empujó a hacer lo que hice, no quería perder a la que consideraba mi mejor amiga, y al final todo fue más complicado que la previsión de perderla por un chico, por muy especial y guapo que Gael me pareciera.

​ Me da por acordarme de una tarde de aquel verano de 2014 en la que se puso furiosa porque, al salir del agua, me senté en la arena al lado de Gael.

Nos vio divertidos, hablando… Después me dijo que, si me liaba con él, me dejaría de hablar, y yo le respondí que se lo quedara, que me daba igual y que tampoco me gustaba tanto.

A ver, éramos unas niñatas consentidas. ¿Quién me iba a decir en aquel momento que, dos días después, me enfrentaría a algo terrible que me empujó a matarla con una violencia desmedida que, pese a la rabia que le tenía, nunca he sabido a ciencia cierta de dónde nació?

​ Como si el demonio, por un instante, se me hubiera metido dentro…

​ —Y ahora… ahora parece que nada de eso ocurrió y lo he perdido todo —musito, con la vista clavada al frente, y es que así es como me siento, como si hubiera perdido una parte importante de mi vida.

​ Las lágrimas me emborronan la visión.

​ La plaza está a oscuras salvo por la luz macilenta que arroja una vieja farola que me sorprende que funcione, y, tras un arco, se intuyen dos callejuelas.

Descendiendo por ambas se accede al bosque, el lugar donde ha empezado esta pesadilla de la que necesito despertar para recuperar mi vida.

Para que todo sea como antes. En el callejón de la derecha se encuentra el bar de Fina. ¿Seguirá abierto?

​ Izquierda o derecha…

​ Derecha o izquierda…

​ Así empezó todo, bajando por el bosque más de lo que debía, y desorientándome al caer la noche.

A mi alrededor había niebla, mucha niebla, y después…

después vi algo . En la cabaña a orillas del río en la que jamás tendría que haberme detenido, vi a una mujer, aunque no era más que una silueta sin rostro.

​ —¡Ey! —Levanto la cabeza en dirección a la procedencia de la voz del hombre que acaba de interrumpir mis pensamientos.

Tardo un poco en reconocerlo, pues está apoyado en el marco de la ventana y el contraluz lo reduce a una sombra, una silueta recortada—.

Soy Toni, nos hemos visto antes en el bar. ¡Sube!

​ ¿Ha dicho que suba?

​ Me retuerzo las manos. Al principio dudo y miro a mi alrededor con inquietud. En la plaza hay un total de cinco casas apiñadas y solo hay luz en un par, una de ellas es la de la ventana donde sigue asomado Toni, el hombre que me ha pagado el café en el bar de Fina, esperando a que me decida.

​ Siento que no tengo nada que perder. Que ya lo he perdido todo. Que, si Toni resultara ser un asesino en serie que está pensando en matarme y descuartizarme, no pasaría nada. A nadie le importaría.

​ En un momento de lucidez, me llevo la mano al bolsillo del abrigo, de donde saco un móvil que no reconozco.

Es un iPhone 14 en lugar del iPhone 16 que compré hace dos meses en Andorra.

Además, la funda no es de color negro como la que adquirí en Amazon, sino amarillo limón.

Recuerdo no tener batería en el móvil, pero este sí está cargado y se enciende al reconocer mi cara.

Lo primero que hago es darle clic al icono de Instagram, pero no hay cobertura, así que la página no puede actualizarse ni me deja entrar en mi perfil.

Voy a entrar en la aplicación de WhatsApp, cuando Toni, que no se ha movido de la ventana, repite con impaciencia:

​ —¿Subes o qué?

​ Bueno, pues ya cotillearé el contenido de mi móvil más tarde, decido, con la esperanza de que Instagram me dé una pista de quién soy, qué hago, dónde vivo…

Porque está claro que lo que recuerdo no existe o lo que estoy viviendo no es real o, tal y como he pensado antes, mi cuerpo está en coma y esto es una especie de alucinación o sueño o…

Es un caos, eso es lo que es. Es… es como si un enorme agujero se hubiera abierto bajo mis pies y esté a punto de caer en un abismo del que no hay salida.

​ Valeria está viva. Y está con Gael. Carlota no está con Sami, sino con Agus.

¿Dónde está Sami? Y Laia… pues no sé, Laia parece haber venido a Oturia sola y, claramente, no está con Agus.

La única relación que no ha cambiado es la de Montse con Bríd, Berd, Bord , o como sea que se llame la irlandesa.

La casa rural debe de seguir siendo propiedad de la familia de Valeria en este mundo distinto al que yo conozco y en el que, no sé cómo, he acabado.

Por muy descabellado que sea, no le encuentro otra explicación.

Lo único bueno de todo esto —sea lo que sea esto —, es que no he acabado en un mundo apocalíptico y que no he cometido ningún asesinato, al menos que recuerde.

Pero haber visto a Gael con Valeria y sospechar que mi vientre está hueco, me está matando.

¿Y si me he confundido? ¿Y si la mujer que estaba con Gael se parecía a Valeria pero no era Valeria?

Nadie puede regresar de entre los muertos.

Por un momento, me planteo salir corriendo hacia la casa rural para comprobar si se trata de Valeria o no.

Pero Toni ha bajado y me está esperando en el quicio de la puerta.

​ Cuando me levanto, casi tengo que volver a sentarme porque me asalta un mareo y me tiemblan las piernas.

​ Estoy como para salir corriendo hacia la casa rural…

​ Consigo avanzar con paso vacilante hasta la puerta pintada de azul del número 2 de la plaza.

Toni me invita a pasar, mirándome con lástima.

Por un momento, parece que me puede leer los pensamientos.

No lo conozco de nada, es la primera vez que lo veo, y, sin embargo, siento que estamos conectados, que hay algo que nos une, pero no sé el qué.

​ —Vaya, tienes mala cara. Te ha pasado, ¿verdad? Cuando has conseguido salir del bosque, parte de tu mundo, el que conocías y el único que recuerdas, ha cambiado casi por completo —me dice con una contundencia que me estremece.

​ —¿Cómo lo sabes?

​ —Porque también me pasó a mí.