CAPÍTULO 5
GAEL
«C ome, tienes que comer, que te vas a enfermar.
Hay que seguir adelante.
Llora, llora todo lo que necesites, pero no te rindas.
Tan joven, pobre… un ejemplo más de que todos tenemos escrito nuestro día, hay cosas que suceden así, sin más, y son inevitables.
Paula no querría verte mal. Exacto, Paula quiere que seas feliz y te cuidará desde donde esté, seguro que en un lugar mejor que este.
Gael, ahora tienes que vivir por los dos, ¿me oyes? Vive por los dos».
Que viva por los dos, dicen. No tienen ni puta idea. Íbamos a ser tres. Estaba embarazada de seis semanas. Paula estaba embarazada y no tuvo tiempo de decírmelo. ¿Lo sabía? ¿Y si lo sabía, por qué no me lo dijo al momento? ¿Quería preparar algo especial? ¿Estaba esperando el momento perfecto ?
Ella no quería ir a Oturia. Decía que no tenía ningún sentido, que ya no teníamos nada que ver con los que un día fueron nuestros amigos de juventud.
Aquellos veranos interminables en Cadaqués formaban parte del pasado.
¿Presentía que algo malo iba a ocurrir? ¿Por qué salió, joder, por qué tuvo que meterse en el bosque, ese bosque maldito del que se cuentan tantas historias raras?
Tendría que haber insistido más en que no saliera.
O debería haber ido con ella… jamás me perdonaré haberla dejado sola.
Paula me encantaba. Me encantó desde la primera vez que la vi.
Ella vivía en Cadaqués, donde yo veraneaba con mis padres desde que en 2002 se compraron la casa.
Agus, que la conocía desde que tenían diez años porque sus padres eran amigos, nos presentó cuando ella tenía dieciocho años y yo veintiuno.
Paula siempre iba con Valeria, eran inseparables.
Carlota empezó a tontear con Sami, que enseguida se integró en el grupo.
Era el primer verano que Sami venía a Cadaqués desde Barcelona a trabajar en un chiringuito de la playa y ahorrar para la universidad.
Laia y Agus no se soportaban y nadie vio venir que la noche anterior a la desaparición de Valeria se enrollaran y al regresar a Barcelona formalizaran su relación.
Montse siempre fue a su rollo. Estaba obsesionada con Irlanda, creía en la existencia de vidas pasadas y aseguraba que, en su anterior reencarnación, había nacido allí.
Aunque va bastante a Barcelona a visitar a sus padres, cumplió su sueño de vivir en Irlanda, donde cada mujer que conoce es el alma reencarnada de un antiguo amor.
Manu, el hermano de Paula, se nos acopló porque no tenía amigos, pero siempre fue un poco raro y acabó como acabó…
Y después estaba yo, que por aquel entonces no tenía un duro, mi padre me había cerrado el grifo, y me gasté los pocos ahorros que tenía en el restaurante de los padres de Paula solo para verla.
Sofía y Joaquín, los padres de Paula, han envejecido veinte años desde que han enterrado a su hija.
Una hija muerta y un hijo en la cárcel. Un combo difícil de gestionar.
Por eso he regresado a Cadaqués, donde empezó todo.
Empezó el enamoramiento y las risas y las locuras de juventud, pero también fue el inicio de algo más turbio.
Hubo lágrimas y confusión, noches en vela, dolor y culpa.
Culpa porque nosotros hemos seguido con nuestras vidas sin saber qué fue de Valeria.
Esa culpa nos ha perseguido siempre. Supongo que por eso, cada 31 de octubre por la tarde desde hacía siete años, los amigos que ya no son tan amigos nos volvíamos a reunir durante un par de días en honor a Valeria en la casa rural que sus padres tienen en Oturia.
Nos enviaban una invitación por correo postal.
La primera vez fue en plan, vaya, qué detalle, pues ¿por qué no?
Vamos. Tenía su gracia. Pero siete años después se había convertido en una tradición incómoda y muy molesta que desbarajustaba los planes de todos.
—Esto cada vez tiene menos sentido, Gael…
¿Y si no vamos? —me había dicho Paula un par de días antes de emprender el viaje a Oturia, cuando todavía estábamos en París, donde teníamos una vida perfecta y éramos felices.
Regentábamos cuatro cafeterías, nos había ido bien, y estábamos pensando en abrir una quinta.
Ya teníamos una en el elegante distrito XV, nada mal, otra en el distrito VII, en una avenida amplia a pocos metros de distancia de la Torre Eiffel, y las otras dos en Saint Germain des Prés, el distrito VI.
Paula buscaba local en el distrito XVI, el más rico de París.
Nada de eso importa sin ella.
Ahora tengo que estar al lado de los padres de Paula.
Así la siento un poco más cerca. Voy a consolarlos y a intentar cuidarlos como estoy convencido de que Paula querría, porque, míralos, Gael, mira que solos y tristes se han quedado , y así, si acaso es posible, redimirme de la culpa que me asfixia.