Despertarás en otra vida CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

PAULA

E ntro en la cocina sin que se me haya pasado el frío y el terrible dolor de cabeza, pero me siento feliz de estar aquí después del mal rato que he pasado.

No quiero ni pensarlo, pero si hubiera elegido el camino de la derecha, todavía estaría perdida en el bosque, y nadie con dos dedos de frente querría terminar en el barranco, donde corren historias de lo más perturbadoras.

Algo tan simple como elegir izquierda o derecha te puede cambiar la vida.

Doy fe. Le dedico a Gael una amplia sonrisa.

Me da la sensación de que llevo años sin verlo, y lo único que quiero ahora es que pasen rápido estos dos días y regresar a casa.

​ —¡Ya estoy aquí! —le digo.

​ —Ey, Paula. Hace frío, eh. ¿Una copa de vino?

​ Con disimulo, me acaricio el vientre, pero Gael no se percata de ese gesto que dice mucho de lo que nos espera en un futuro próximo.

¡Vamos a ser papás! ¿Será niño o niña? ¿Qué nombres le gustan a Gael?

¿Qué cara pondrá cuando le diga que estoy embarazada?

¿Espero a París, a esta noche, o le suelto la bomba ya?

​ —No, no me apetece —disimulo, acercándome a él para darle un abrazo, pasando el brazo por su cintura con cuidado de no provocar que se le caiga la botella de ribera.

​ —Paula…

​ En lugar de estrecharme entre sus brazos, los abre, como si fuera a echar a volar o no quisiera ni rozarme.

​ ¿Qué le pasa?

​ Confundida, levanto un poco la cara para darle un beso en los labios, pero él se aparta apresuradamente y con cara de espanto, y yo me fijo en que la barba le ha crecido un montón en cuestión de horas.

​ —¿Pero qué te pasa, Gael?

​ —¿Qué estás haciendo? ¿Qué te pasa a ti? —replica con nerviosismo.

​ —¿Que qué estoy haciendo? ¿Abrazar a mi marido?

​ Gael me dedica una mirada distante y vacía, cargada de indignación y rechazo.

Es la mirada que yo le dedicaría a un desconocido que intenta sobrepasarse conmigo.

A continuación, sacude la cabeza, como si no se creyera del todo lo que acaba de ocurrir, coge las cuatro copas de vino, dos en cada mano sujetándolas por el tallo, y sale de la cocina.

​ Un regusto amargo trepa por mi garganta. Menuda broma de mal gusto. ¿A qué está jugando? ¿Dónde están las cámaras? Será gilipollas, con lo mal que lo he pasado, que pensaba que no saldría nunca del maldito bosque.

​ Gael cruza el pasillo y gira a la derecha, directo al salón, desde donde me llegan las voces de mis amigos.

Visualizo el jersey que Gael llevaba puesto.

No me he fijado en los tejanos, pero ese jersey grueso, granate y de lana que acabo de rozar durante el confuso y breve instante que Gael me ha permitido…

¿De dónde ha salido? Él no tiene ninguna prenda de color granate, conozco su armario tan bien como el mío.

​ Siento un repentino mareo, puede que del embarazo, que me obliga a apoyarme en el borde de la encimera. Aparece Carlota con las mejillas rojas, seguramente de llevar mucho rato delante de la chimenea encendida.

​ —Paula, ya has vuelto. A ver si nos animamos y salimos, pero con el frío que hace… no sé yo. Se está mejor en casa, calentitos con la chimenea.

​ Y a nadie le ha preocupado que haya tardado tanto en regresar. Ya de noche y con este frío, tal y como acaba de decir Carlota…

​ —Agus me estaba diciendo que tenemos que volver a Cadaqués en verano e ir a tu restaurante, que el cocinero que tienes es fantástico y bastante famoso.

He oído maravillas de él y además lo sigo en Instagram.

¿Cómo lo conseguiste? Pero en fin, ahora viviendo en Madrid y entre el trabajo y una cosa y la otra…

​ Espera, ¿qué?

​ ¿Que Carlota vive en Madrid? Carlota vive en Barcelona, no en Madrid. ​ ¿Qué está pasando? ¿Y qué es eso de mi restaurante y el cocinero famoso? El restaurante sigue siendo de mis padres, no mío, yo vivo en París con Gael y regentamos cuatro cafeterías, no el restaurante de Cadaqués.

​ —Ajá… —asiento aturdida. La cabeza me da vueltas y aun así, soy capaz de retener lo que Carlota acaba de decir: ¿He entendido Agus?

¿Qué tiene que ver Agus con ella? Carlota está con Sami, ¿por qué no ha dicho Sami?

—. ¿Querrás decir con Sami, no? —la corrijo, pasando por alto la tontería de que vive en Madrid y no en Barcelona.

Es que no tiene ningún sentido, es como si de repente habláramos idiomas distintos.

​ Carlota frunce el ceño.

​ —Oye, ¿te encuentras bien? —me pregunta preocupada.

​ —Sí, es solo que… ¿Por qué has dicho con Agus y no con Sami? —insisto, escudriñando su gesto por si esto se trata de una broma con cámara oculta o algo.

​ —Porque Agus es mi pareja, Paula. ¿Quién es Sami?

​ ¡¿Cómo que quién es Sami?!

​ ¡¿Y cómo que Agus es tu pareja, si hace diez años que Agus está con Laia?!

​ —Pero si Sami está aquí, sois pareja desde hace un montón de años, Carlota. Ayer vino contigo… se quejó de las curvas… Sami… él…

​ La cabeza me va a estallar. Estoy confusa, no entiendo nada. Y lo peor es cómo me mira Carlota, como si estuviera chiflada y lo que le acabo de decir no tuviera ningún sentido. Una mirada así no se puede fingir.

​ —Tienes… ¿Paracetamol? ¿Aspirinas? ¿Algo para el dolor de cabeza? —le pido, cambiando de tema y conteniendo una náusea.

​ Me empiezo a encontrar fatal. Pese a que aseguraría que aquí dentro se está caliente, y la prueba más inmediata que tengo es que Carlota lleva una camisa fina con escote de pico y las mangas arremangadas hasta los codos, el frío del exterior se me ha instalado en los huesos y se niega a desaparecer.

​ —Algo tengo en el bolso, seguro. Está en el salón, vamos. —Carlota me agarra de la mano, me estremezco con el contacto—. ¡Madre mía, pero qué fría estás! A ver si con la chimenea entras en calor.

​ Carlota, que dirige mis pasos, me conduce hasta el salón, donde todos, pero no todos los que yo creía, están sentados frente al fuego.

​ Laia.

​ Agus.

​ Ni rastro de Sami.

​ Montse y su nueva novia, Bríd, Berd , Bord, Bid, o cómo demonios se pronuncie.

​ Y Gael. Gael con barba y un jersey granate que no he visto en mi vida, abrazado a Valeria.

Valeria diez años mayor a cómo mi memoria la había retenido.

Sigue igual de guapa. Siempre fue la más guapa.

Sin embargo, ahora se presenta ante mí una versión elegante y refinada muy distinta a la chica alocada que fue diez años atrás, cuando desapareció.

Tiene los pómulos más marcados, la nariz más afilada, los ojos algo más pequeños pero igual de azules…

ese azul acero que tantas veces envidié, comparándolo con fastidio con mis comunes ojos color miel.

​ En otras circunstancias, me pondría hecha una furia al ver a mi marido abrazado a otra. Pero es que la situación es tan turbia y confusa y yo me encuentro tan mal, que no soy capaz ni de enfadarme.

​ Porque la mujer que está a su lado está muerta.

​ No puede ser, no puede ser, no puede ser…

​ Esto tiene que ser una pesadilla, una alucinación… no puede ser real, es imposible.

​ Valeria desapareció hace diez años en Cadaqués.

​ Era una noche de verano, hacía mucho calor y había luna llena.

​ Valeria está muerta.

​ Lo sé porque yo la maté.