CAPÍTULO 3
PAULA
J oder.
Me va a estallar la cabeza. Es como si me hubieran abierto una grieta en el centro del cráneo. Qué dolor… es horrible, en mi vida había sufrido un dolor tan intenso como este.
Afortunadamente, he elegido bien, y gracias al resplandor de una luna llena que ha aparecido de sopetón, sumado a que la niebla se ha ido disipando, he podido salir del bosque.
El camino de la izquierda, que ha sido tremendo y se me ha hecho eterno con tanta subida y bajada y el frío metido en el cuerpo, me ha conducido hasta la callejuela donde se encuentra La Venta de Oturia, el bar del pueblo.
Siempre me ha parecido un local tan encantador como deprimente por la soledad y decadencia que se respira en su interior.
Está abierto y hay luz. Conozco a Fina, la propietaria, y es un encanto, aunque un poco suya.
Abro la puerta y me sorprende el tintineo de una vieja campanilla que no recordaba que estuviera ahí, pero, en vista de lo gastada que está la cuerda que la sostiene, me planteo que debe de llevar bastante tiempo.
Hay dos hombres sentados a una mesa con un par de botellines de cerveza, y Fina, detrás de la barra, se me queda mirando como si no llevara siete años visitándola, al menos un par de veces con la pandilla cada vez que hemos venido a Oturia.
—Hola, Fina, ¿qué tal? Llevo un montón de horas caminando, me he perdido por el bosque, ¿te lo puedes creer?
No sé ni qué hora es… —Le echo un vistazo rápido al reloj de pared—.
¡Las ocho y media! Creo que he salido sobre las cuatro de la tarde…
Y con este frío… En fin, que se me ocurrió salir sola y…
buff… la cabeza me va a estallar, no puedo más…
¿Me pones un café con leche bien calentito, por fa?
Fina, inexpresiva y sin mostrar alegría alguna al verme, asiente con la cabeza y me da la espalda para prepararme el café.
Me acerco a la chimenea que hay junto a una vitrina en la que Fina vende de todo, desde linternas hasta dibujos de artistas locales, para calentarme las manos.
Estoy a salvo. Desde aquí ya no me puedo perder.
No vuelvo a meterme en el bosque en mi vida, qué mal rato he pasado.
El Refugio de Valeria, la casa en la que nos alojamos cada 1 de noviembre durante dos o tres días y que pertenece a la familia de Valeria, se encuentra a escasos metros de aquí.
Está a solo dos calles pasando la plaza empedrada sin nombre con un olmo centenario seco que nadie se atreve a talar por no sé qué historias de maldiciones.
—Aquí tienes tu café —me dice Fina con rudeza, dejando la taza hirviendo encima de la barra. Debe de tener un mal día.
—Gracias, Fina.
—Oye, ¿de qué me conoces? —me pregunta, con la misma descortesía con la que me ha servido el café.
—¿Cómo dices?
—¿Que cómo sabes que me llamo Fina?
Su pregunta me confunde. ¿Está de broma? ¿Puede que tenga problemas de memoria? No debe de tener más de cincuenta años, pero a lo mejor ha sufrido algún accidente o… no sé.
—Eh… llevo viniendo siete años a Oturia con Gael, mi marido, y Carlota, Sami, Laia, Agus…
, Montse y sus novias… cada año una novia distinta —me río, con la intención de refrescarle la memoria a Fina pese a su extraña y distante conducta.
Joder. Aunque me haya puesto frente a la chimenea encendida, no consigo entrar en calor—.
La novia de este año se llama Bríd o Berd…
o como puñetas se pronuncie. Nos alojamos en la casa rural de los padres de Valeria, los Solaz, que nos regalan estos días para recordarla y…
y siempre hemos venido aquí, a tu… a tu bar —titubeo, sin que Fina parezca caer en la cuenta de quién soy y yo no le vea ningún sentido a estar haciéndole un resumen sobre por qué estoy aquí—.
Venimos cada 31 de octubre a pasar el fin de semana, ya sabes, por lo de…
por lo de Valeria —vuelvo a nombrarla, a pesar de las ganas que tengo de lanzarla al olvido o de que jamás la hubiera conocido.
Fina me mira interrogante, como si no supiera de lo que le hablo o pensara que soy una loca, pero no contesta ni se digna a decir nada más.
Decido no insistir. Me duele demasiado la cabeza, sigo teniendo mucho, pero que mucho frío, y estoy agotada.
Apenas me siento las piernas, es como si todas las extremidades de mi cuerpo estuvieran dormidas.
Incómoda, le doy un sorbo al café con leche que me sabe a gloria y me revitaliza un poco para seguir el corto camino que me queda hasta llegar a la casa de los padres de Valeria.
Aun sintiéndome algo mejor, el maldito dolor de cabeza es persistente y no se va, pero, con lo borde que está Fina, como para pedirle un paracetamol…
Palpo los bolsillos de mi abrigo para sacar la cartera, pagar el café y largarme de aquí.
Solo quiero llegar a casa, abrazar fuerte a Gael y acurrucarme junto a él frente a la chimenea.
Espero que no se hayan despistado y la hayan podido mantener encendida…
Sin embargo, no hay ni rastro de mi cartera.
Encima, imbécil de mí, he salido sin un solo euro encima.
—Eh… perdona, Fina, he salido sin la cartera. Vuelvo mañana y te pago el café.
—¿Mañana? ¡Mañana, dice! —ríe Fina, mirando a los dos clientes sentados a la mesa y dando un golpe sobre la barra que me hace dar un respingo—. Aquí nadie sale por la puerta sin pagar.
—Pero si llevo siete años viniendo, Fina, esto no tiene ningún sentido…
—Lo que no tiene ningún sentido es que entres a mi bar sin un puto duro, nena.
—Fina, no te pongas así. Ya pago yo el café —interviene un tipo alto que acaba de entrar por la puerta y que, sin tan siquiera mirarme, deja un euro con veinte en la barra, saldando así mi deuda con Fina.
—Vale, Toni. Pues ya estás invitada, bonita —me dice Fina con retintín, mostrándose muy distinta a cómo suele ser conmigo cada vez que he venido a tomar algo.
No vuelvo a entrar aquí en mi vida. Mira que me sabe mal, eh, pero le voy a poner una estrella en Google. Miro con agradecimiento al hombre que me acaba de pagar el café.
—Muchas gracias. Toni, ¿verdad? Yo soy Paula. Mañana le doy el dinero a Fina para que te lo devuelva —le digo, mirando a Fina intencionadamente.
—No hace falta —contesta el tal Toni, devolviéndome al fin la mirada y forzando una sonrisa, como si sonreír no fuera algo que hiciera habitualmente. Seguidamente, se dirige a Fina—: Te traigo la licuadora.
—¿Has podido arreglarla?
—Pues claro, ¿con quién te crees que estás hablando? Ponme un quinto, anda —le pide, y yo reparo en cómo Toni me mira de reojo y con curiosidad.
Aunque sigo aquí, con el café con leche a medio terminar, parece que he desaparecido. Que no existo. Que ni Fina, ni Toni, ni los dos hombres sentados a la mesa me ven. Nadie me ve. Así que, discretamente, termino el café, me levanto del taburete y me largo del bar sin decir adiós.
«¿Cuándo ha colocado Fina una campanilla en la puerta? —sigo preguntándome, aturdida, cuando la campanilla suena al salir—. ¿A lo mejor siempre estuvo ahí y nunca me fijé?».
De camino a casa, caigo en la cuenta de que la decoración del bar era ligeramente distinta.
No sabría decir, pero creo que estaba más abarrotada que la última vez que estuve ahí, hacía ya un año.
Está claro que, durante ese tiempo, las cosas pueden cambiar mucho, incluida Fina, su carácter, y su pésima memoria.
Mira que no recordarme y tratarme tan mal… Qué cosas.
Recorro la plaza sin cruzarme con un alma, pero es un gusto caminar al fin por terreno llano y conocido sin que parezca que la niebla me vaya a hacer desaparecer.
El olor a leña flotando en el aire me motiva para acelerar mis pasos y llegar al calor del Refugio de Valeria , que atisbo a lo lejos.
Hay luz en la planta de abajo, la chimenea está encendida, y dentro me esperan Gael, Carlota y Sami, Laia y Agus, y Montse y su nueva novia irlandesa cuyo nombre en apariencia tan simple, Bríd, por lo visto no sé pronunciar correctamente.
La he llegado a llamar Bird , Berd, Brad … con razón no me mira bien.
En lugar de llamar a la puerta principal, rodeo la casa revestida de piedra gris y decido entrar por la cocina.
Durante el día, es la única puerta que dejamos abierta sin necesidad de tener que usar llave.
A través de la ventana, veo que Gael está sirviendo cuatro copas de vino con suma concentración.
Me decepciona un poco no percibir ni un atisbo de preocupación por mí cuando he estado fuera de casa, desorientada en el bosque, a la intemperie y en peligro, durante más de cuatro horas.
Pero da igual, lo importante es que por fin he llegado, que en un par de días volveremos a nuestra rutina en París, y que me muero de ganas de decirle que nuestra vida está a punto de cambiar, porque en unos meses seremos tres.