CAPÍTULO 2
GAEL
—¿C uánto hace que ha salido? —le pregunto a Sami—. Bastante, ¿no? Se ha hecho de noche, me estoy empezando a preocupar.
—¿La has llamado?
—Como cien veces. Tiene el móvil apagado —contesto, asomándome a la ventana.
—Bueno, ya sabes que en esta zona no hay muy buena cobertura.
—Mira que le he dicho que no saliera, que hace frío y no conoce la zona —me estremezco.
—Hace siete años que venimos, Gael, hemos dado como mil vueltas por el bosque. No te preocupes —me alienta Laia—. Seguro que está al llegar.
—No —niego—. Algo no va bien. Voy a salir a buscarla.
—Espera, te acompaño —interviene Agus.
Sami resopla y mira a Carlota, su mujer, que asiente con la cabeza como diciéndole que vaya, que no se quede ahí parado.
—Vale… yo también voy —termina diciendo con resignación.
Carlota, Laia, Montse y su nueva novia, Bríd o como se llame, no creo que le dure lo suficiente como para tener que memorizar su nombre, prometen avisarnos si Paula regresa.
Nos abrigamos y salimos al exterior, donde la niebla parece haberse tragado el pueblo entero.
—Joder, qué puto frío… —refunfuña Sami, colocándose bien el gorro de lana para cubrirse las orejas.
Avanzamos a paso rápido sin cruzarnos con un alma.
En este pueblo perdido de la mano de Dios solo viven diez personas en invierno, o puede que menos, aunque tampoco es que se anime demasiado cuando llega el buen tiempo.
Cruzamos la plaza desierta, giramos por la callejuela que queda a la derecha y vemos luz en el bar, La Venta de Oturia, y tanto Sami como Agus están encantados de refugiarse ahí, aunque solo sea un momento.
La chimenea está encendida, el ambiente es acogedor.
Un hombre mayor que está bebiendo un botellín de cerveza en la barra se nos queda mirando, mientras Fina nos saluda, feliz de vernos.
Pero yo no puedo ni dedicarle una sonrisa, joder, porque sé que a Paula le ha pasado algo.
Hace demasiado rato que ha salido, ya tendría que haber vuelto.
—¡Qué alegría veros, chicos!
¿Alegría? Llevamos viniendo aquí siete años por un suceso horrible que marcó nuestra juventud, pero en fin… a Fina no le incumbe.
—Fina, qué bien te veo —digo por decir—. Oye, Paula ha salido hace… no sé, como cuatro o cinco horas, y no ha vuelto a casa. —Fina compone un gesto de preocupación, el mismo que debe de ver en mi cara—. ¿Ha pasado por aquí? ¿La has visto?
—No, no ha pasado por aquí —niega, mirando al tipo del botellín de cerveza con un gesto raro que no sé descifrar, pero es como si se estuvieran contando un secreto con los ojos.
El tipo de la barra emite un suspiro, le da un sorbo largo al botellín y se presenta, tendiéndonos la mano. Emplea tanta fuerza al estrechárnosla, que Agus no puede reprimir un quejido.
—Soy Fermín. Os acompaño.
—No hace falta, pero… —titubeo.
—Fermín conoce el bosque como nadie, chicos —me interrumpe Fina, supongo que para tranquilizarnos.
Sami, Agus y yo seguimos a Fermín por las callejuelas desiertas de Oturia hasta llegar al umbral del bosque, donde nos detenemos.
—¿En serio nos vamos a meter ahí? —pregunta Agus.
—¿Habéis traído linternas?—nos pregunta Fermín con voz grave, ignorando a Agus. Me parece el típico hombre al que querrías tener al lado cuando hay problemas.
Respecto a la pregunta sobre si hemos traído linternas, Agus, Sami y yo nos miramos con cara de gilipollas.
—Vale… ya veo que no —murmura Fermín, sacando una linterna del bolsillo de su chaquetón.
Por suerte, es bastante potente como para iluminar el camino y no tropezar.
Caigo en la cuenta de que Paula no llevaba linterna, de que puede que se haya caído, torcido el tobillo…
En ese caso, se habrá quedado en algún punto del bosque, si es que se le ha ocurrido pasear por aquí, y estará esperando a que la encontremos. Y la vamos a encontrar.
—Joder, espero que no esté muy lejos —comento cuando nos adentramos en el bosque.
Está muy oscuro y hay mucha niebla. Estamos rodeados de altos árboles que de día apenas dejan pasar la luz del sol, el terreno tiene mucho desnivel, y está lleno de rocas traicioneras que vamos esquivando con torpeza—.
Ella es muy urbanita, no es de pasear por el bosque ni nada de eso.
Agus y Sami asienten con nerviosismo mientras seguimos a Fermín, que camina rápido y con decisión, como si supiera exactamente hacia dónde vamos o hacia dónde ha ido Paula, pero ¿cómo puede saberlo?
A lo mejor estamos equivocados y ha entrado en la iglesia.
No, descartado, Paula siente cero interés por las iglesias.
Mira que le dije que no saliera, que hacía mucho frío…
pero se agobia; de hecho, no quería seguir con la tradición de venir a Oturia a celebrar con nuestros amigos, a los que solo vemos por estas fechas, la vida de Valeria.
Cada vez nos cuesta más seguirle el ritmo a Fermín, que a sus sesenta y tantos está en mejor forma que nosotros, hasta que ocurre algo que hace que se detenga en seco.
Son campanas. Unas campanas procedentes de no se sabe dónde repiqueteando en mitad de un bosque traicionero donde da la sensación de que podría ocurrir cualquier cosa.
Los tres imitamos a Fermín y miramos a nuestro alrededor.
Agus, con la cara desencajada, lamenta no haber traído un cuchillo, algo con lo que defenderse, porque… :
—Aquí nos sale un Jack el Destripador mínimo, tíos.
—Calla, tío, qué cague —le da un codazo Sami.
Mi corazón late cada vez más rápido de pura angustia. Fermín me dedica una mirada tan fugaz como inquieta, y entonces lo sé. Lo siento en las tripas. Algo malo ha pasado. Algo muy malo. Porque Fermín, que apenas ha hablado desde que hemos salido del bar de Fina, suelta:
—Mierda. Otra vez.
—¿Otra vez? —inquiero con voz temblorosa. La mirada de Fermín me atraviesa, indicándome que no espere un final feliz—. ¿Otra vez qué? —insisto, perdiendo la calma, pero no responde a mi pregunta.
Cuando el tañido de las campanas que no sabemos de dónde provienen se detienen, Fermín vuelve a emprender la marcha y Agus, Sami y yo vamos detrás de él como corderos, confiando ciegamente en su instinto.
Ahora, no muy lejos, oímos el rumor de un río que el haz de la linterna que sostiene Fermín todavía no alcanza a enfocar.
Los pasos del hombre al que querrías tener al lado si te metes en problemas, son cada vez más rápidos a medida que nos acercamos a una pequeña cabaña destartalada, la que en Oturia se conoce como la de la bruja, historias para no dormir en las que nunca he creído.
El primero en ver a Paula es Fermín. Después yo.
Agus y Sami, apoyados en el tronco de un árbol para recuperarse de la frenética caminata, desaparecen de un plumazo de mi campo de visión.
Fermín, que enfoca con la linterna el cuerpo inerte de Paula, intenta detenerme cuando echo a correr hacia ella.
—Lo siento. Hemos llegado tarde —me dice el muy imbécil agarrándome del brazo.
Me saco a Fermín de encima y sigo corriendo hacia donde enfoca el haz de la linterna. Paula está viva. Tiene que estarlo, aún hay esperanza, la he encontrado y se va a recuperar de la caída que ha sufrido por cabezona, por empeñarse en salir con este frío.
Sin embargo, cuando me agacho junto a su cuerpo tendido y toco su piel fría y rígida, como si se hubiera hecho de cera, y veo toda la sangre que ha manado de su cabeza y sus ojos abiertos fijos en el vacío con un velo grisáceo que se ha llevado su bonito color miel, mi corazón se detiene, me asalta una náusea, y me echo a temblar.
No. No. No. No.
Esto no puede estar pasando, no puede ser real.
Paula, que es todo mi mundo, está muerta.