Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 14 #4
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Capítulo 14 #4

Elena observaba con horror cómo las sombras se arremolinaban en torno a la celda de Erevan, como si estuvieran vivas, buscando devorar todo a su paso.

El aire en las mazmorras se volvió más pesado, cargado de una energía que hacía que su piel se erizara y su respiración se volviera difícil.

Las runas que sellaban la celda temblaban, incapaces de contener la fuerza oscura que intentaba liberarse.

Erevan, dentro de la celda, comenzó a agitarse.

Su cuerpo se tensó mientras luchaba por mantenerse firme, sus ojos brillaban intensamente con una luz que fluctuaba entre su humanidad y su naturaleza demoníaca.

Cada músculo de su ser estaba enfocado en resistir la tentación de ceder a la oscuridad que lo rodeaba.

—¡No! —gritó Erevan, su voz resonando con una mezcla de furia y dolor. Golpeó las paredes de la celda, tratando de mantener la sombra a raya, pero era evidente que estaba luchando no solo contra la oscuridad exterior, sino también contra algo mucho más profundo, algo que llevaba en su interior.

La sombra se movió con rapidez, formando tentáculos de oscuridad que se extendieron hacia Erevan, envolviéndolo, tratando de arrastrarlo hacia sus profundidades.

La anciana dejó escapar un ligero jadeo de asombro. Reconoció el ente al instante: era el mismo que había atacado a Elena en Bellaterra.

Cada vez que los tentáculos de humo tocaban a Erevan, su cuerpo parecía perder fuerza, y su rostro se contorsionaba en una máscara de agonía. Sin embargo, lejos de rendirse, Erevan redobló sus esfuerzos, luchando con todas sus fuerzas para mantener a raya la oscuridad que lo asediaba.

Elena sintió el corazón acelerarse al ver la batalla que se libraba ante sus ojos.

Sabía que Erevan estaba poniendo en juego todo lo que era, luchando no solo por él, sino también por ella. Pero a medida que las sombras se intensificaban, empezó a temer que él no pudiera ganar esta batalla.

—¡Erevan! —gritó Elena, desesperada por ayudarlo, pero antes de que pudiera moverse, sintió un frío intenso a su alrededor. Las sombras, como si hubieran sentido su presencia, se dirigieron hacia ella, moviéndose con una velocidad aterradora.

La anciana observaba alejada en silencio, sus ojos fijos en Erevan, su expresión calculadora, como si estuviera evaluando cada movimiento, cada decisión. Pero fue el momento en que las sombras se abalanzaron hacia Elena lo que alteró algo en la atmósfera, tensando el aire alrededor de todos.

El anciano, hasta ahora casi inexpresivo, levantó lentamente las manos.

De sus palmas comenzaron a emanar runas de luz que flotaban a su alrededor, esperando el momento justo para actuar.

Era como si ambos, la anciana y el anciano, estuvieran al borde de una revelación, aguardando a que algo crucial ocurriera.

Erevan, en un último esfuerzo, se liberó de las garras de la oscuridad y, con una velocidad inhumana, se lanzó frente a Elena, interponiendo su cuerpo entre ella y las sombras.

El choque fue brutal. La oscuridad envolvió a Erevan con una fuerza implacable, intentando absorberlo por completo.

Pero en lugar de sucumbir, Erevan luchó con más ferocidad, su cuerpo irradiando una luz oscura, pero firme, que contrarrestaba la sombra.

—¡No le harás daño! —El rugido de Erevan no fue un grito, fue el estallido de una estrella negra.

Su cuerpo se expandió en una arquitectura de sombras afiladas, una explosión de oscuridad pura y absoluta que cortó los tentáculos de brea como si fueran seda podrida.

Por un segundo, Erevan dejó de ser un prisionero y volvió a ser el soberano del vacío, reclamando el aire de la mazmorra con una autoridad que hizo que hasta las piedras del palacio temblaran de miedo.

Elena, impactada por lo que acababa de presenciar, vio cómo Erevan, agotado, pero victorioso, se desplomaba a sus pies, jadeando, con una expresión de satisfacción. La amenaza había sido contenida, al menos por el momento.

La anciana, que había observado todo con atención, dio un paso hacia delante, su mirada fija en Erevan.

Durante un momento, el silencio reinó en la sala, solo interrumpido por la respiración pesada de Erevan y el latido acelerado del corazón de Elena.

El anciano, viendo que la amenaza había sido contenida, relajó lentamente las manos, y las runas de luz que habían flotado en el aire comenzaron a desvanecerse, desapareciendo en un suave destello que dejó la habitación en una penumbra inquietante.

Era como si la tensión del momento se hubiera disipado, pero la incertidumbre sobre lo que vendría aún colgaba en el aire.

—¿Cómo… cómo hiciste eso? —preguntó Elena, con la voz temblorosa, mirando a los ancianos y luego a Erevan—. Esa cosa. No era… no era como los demás demonios.

La anciana, con su rostro severo, pero ahora con un destello de consideración en sus ojos, miró fijamente al anciano y asintió despacio, estaban reconsiderando todo lo que habían creído hasta ese momento.

—Puede que no seas lo que pensé —dijo la anciana, finalmente rompiendo el silencio, su voz llena de una mezcla de asombro y duda. Miró a Erevan con una nueva comprensión—. Pero aún queda mucho por descubrir. Y el tiempo se nos acaba.