Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—Lo hemos confinado para que no pueda hacer daño —respondió Hannia con firmeza—. No entiendes el peligro que representa, Elena: aunque lo veas debilitado ahora, sigue siendo un demonio. Y si se alimenta de más miedo… podría volverse incontrolable.

Elena miró a Erevan, sintiendo cómo su corazón se rompía en mil pedazos. ¿Era este el destino que le esperaba? ¿Sería siempre una amenaza para los demás, incluso si no quería serlo?

—No puedo dejarlo así —murmuró, con lágrimas en los ojos—. Hay otra manera, debe haberla.

Hannia suspiró profundamente, como si comprendiera el peso de la situación.

—No siempre se trata de lo que queremos —dijo en voz baja—. Se trata de lo que debemos hacer para proteger a todos. No solo a ti, sino a toda la ciudad… y más allá.

Fue entonces cuando una presencia hizo que ambas se giraran hacia el umbral de la celda.

Una figura anciana, vestida con una túnica de un blanco inmaculado, caminaba lentamente hacia ellas.

Sus pasos eran lentos, pero firmes, como si cada movimiento estuviera cargado de una autoridad incuestionable.

Elena sintió un nudo formarse en su estómago al reconocer a la mujer.

Era la misma anciana que había visto en la cervecería semanas atrás, la misma que la había advertido con un tono casi amenazante, y que, con un simple gesto de su amuleto, había ahuyentado a las sombras y al demonio en una de las noches más oscuras que Elena recordaba.

Sin embargo, en este momento, la anciana parecía no prestarle atención alguna.

Su mirada estaba fija en Hannia y en las mazmorras a su alrededor, como si Elena no existiera, como si la presencia de Erevan en esa celda fuera lo único digno de su interés.

Elena quiso decir algo, llamarla, confrontarla sobre el hecho de que ya se habían visto antes.

Pero había algo en la postura de la anciana que la detenía, algo en la frialdad de su mirada que la hacía sentir pequeña y sin importancia.

La mujer que la había asustado en la cervecería ahora parecía aún más imponente, más poderosa, como si se hubiera despojado de cualquier máscara de fragilidad para revelar lo que realmente era: una fuerza de autoridad dentro de este mundo oculto.

Elena tragó saliva, tratando de ignorar la incomodidad creciente mientras la anciana seguía su camino sin siquiera dirigirle una mirada.

Detrás de ella, un anciano con una barba larga y una mirada que parecía atravesar el tiempo mismo, la seguía en silencio. Eran los líderes de la Orden del Umbral.

La anciana observó a Erevan con una mezcla de compasión y desaprobación.

—Hace siglos que no veíamos a uno como él —dijo en voz baja, su voz cargada de una sabiduría antigua—. Pero el equilibrio siempre ha sido nuestra prioridad. Y tú, Niña —se giró hacia Elena—, estás atrapada en un conflicto que no puedes controlar.

La mirada de la anciana la penetraba profundamente, como si pudiera ver cada uno de sus pensamientos más oscuros. Estaba atrapada entre su amor por Erevan y el conocimiento de que él podría ser una amenaza para todos.

El anciano dio un paso al frente, su rostro era solemne, lleno de poder.

—Las fuerzas oscuras siempre han buscado formas de cruzar a nuestro mundo —dijo con una voz ronca y vieja—. Y aquellos que juegan con ellas rara vez salen indemnes. Es por eso que existimos, para evitar que el caos reine. Pero a veces… a veces debemos tomar decisiones difíciles.

Elena sintió cómo el peso de esas palabras la aplastaba. ¿Qué decisión tomaría? ¿Cómo podría salvar a Erevan sin desatar un mal mayor? Las preguntas la abrumaban mientras miraba a Erevan, atrapado en esa celda, y sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Entonces, en medio de la tensión, algo nuevo comenzó a moverse en la oscuridad, algo que ninguno de ellos había anticipado…

Elena no pudo apartar los ojos de la celda en la que Erevan permanecía atrapado.

La sensación de peligro no la abandonaba, sino que parecía intensificarse.

El aire en las mazmorras se volvió más denso, cargado de una energía que no pertenecía ni al mundo humano ni al de los demonios.

Era algo antiguo, más antiguo que cualquier leyenda o historia que hubiera escuchado hasta ahora.

De repente, las runas que sellaban las celdas comenzaron a brillar con mayor intensidad, pulsando como si respondieran a una fuerza exterior. Hannia dio un paso hacia delante, su expresión cambió de determinación a alerta.

—Esto no es normal —murmuró Hannia, sus ojos recorriendo las paredes mientras intentaba descifrar qué estaba sucediendo.

Elena sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral cuando de las grietas del suelo brotó una excreción del abismo.

La sombra no caminaba; era un derrame de brea consciente que reptaba con una voracidad mineral.

Los tentáculos no eran humo; eran lianas de carne fría que buscaban a Erevan con la precisión de un parásito hambriento, intentando succionar el último rastro de luz que Elena había sembrado en él.

—¿Qué es eso? —preguntó Elena en voz baja, sin apartar la mirada de la oscuridad que se acercaba lentamente.

La anciana, que hasta ese momento había estado observando en silencio, frunció el ceño y levantó una mano, pronunciando unas palabras en un idioma que Elena no entendió.

Las runas en las paredes respondieron de inmediato, pero en lugar de repeler la oscuridad, comenzaron a temblar, como si estuvieran perdiendo su poder.

Hannia retrocedió instintivamente con su expresión llena de preocupación.

—¡No puede ser! —exclamó la anciana con una mezcla de sorpresa y alarma en su voz—. Algo ha sido desatado… algo que no debería estar aquí.

Elena sintió cómo el corazón comenzaba a latir más rápido.

La sombra parecía concentrarse alrededor de la celda de Erevan, como si estuviera buscando la manera de liberarlo o, peor aún, consumirlo.

Pero antes de que pudiera hacer algo, Erevan se movió dentro de la celda.

Lentamente, sus ojos, normalmente oscuros y atormentados, comenzaron a brillar con una luz débil y peligrosa.

—Erevan… —susurró Elena, acercándose un poco más, pero algo en la forma en que él la miraba la detuvo en seco.