Capítulo 14 #2
Sé que parece una locura, pero él lucha contra lo que es, porque sabe que estar aquí, conmigo, lo cambia.
Lo sé porque yo también estoy cambiando.
—Elena respiró hondo, su corazón latiendo con fuerza—.
No es solo Erevan quien está en peligro.
Todos lo estamos, y no podemos ignorar lo que está ocurriendo, pero él no es nuestro enemigo.
Tal vez, si lo escucharan, podrían entender lo que yo veo.
La anciana, que había estado observando en silencio, dejó escapar un largo suspiro. Su mirada no se suavizó, aun así, algo en sus ojos parecía haberse quebrado por un breve momento. Un titubeo, un destello de duda.
—Has dejado que tus emociones nublen tu juicio —dijo la anciana lentamente, aunque su tono ya no era tan severo—.
Los demonios han sido nuestros enemigos desde el principio de los tiempos.
Están diseñados para sembrar caos y destrucción.
Pero… —hizo una pausa, entrecerrando los ojos mientras examinaba a Elena— a lo largo de los siglos, jamás hemos visto excepciones.
La anciana mantuvo su postura rígida, su mirada severa fija en Elena, sin inmutarse por las palabras que había dicho. El silencio en la habitación se volvía cada vez más pesado. Pero entonces, la anciana negó con la cabeza, lenta y deliberadamente.
—No —dijo con una frialdad que cortaba el aire—. No podemos confiar en un demonio. No importa cuántas veces haya intervenido a tu favor, su naturaleza no cambia. Estás cegada por tus emociones, niña. ¿No ves el peligro que representa para todos nosotros?
Elena sintió un nudo de frustración y desesperación formarse en su garganta. No podía aceptar esa respuesta, no después de todo lo que había vivido con Erevan. Así que, tomando una bocanada de aire, decidió hacer algo que nunca había planeado compartir tan abiertamente.
—Hannia… tú sabes que no estoy mintiendo —dijo Elena, volviéndose hacia su amiga, buscando apoyo—. ¿Recuerdas la vez en la playa? Cuando me atacaron las medusas y casi muero…
La anciana levantó una ceja, interesada pero aún escéptica.
Hannia miró a Elena con una mezcla de confusión y sorpresa, pero luego su rostro cambió cuando comprendió a lo que se refería. Asintió lentamente, sus ojos llenos de una nueva comprensión.
—Sí —dijo Hannia en voz baja, dirigiéndose tanto a Elena como a la anciana—. Lo recuerdo. Sentí algo extraño ese día, una energía que no entendía… Ahora sé que fue él. Lo sentí cuando estaba cerca de ti, aunque no sabía qué era en ese momento.
Elena continuó, animada por la confirmación de Hannia.
—Y no solo eso. ¿Recuerdas cuando te platiqué sobre los tipos que me atacaron en el barrio Gótico? También fue él quien me salvó entonces. Aunque no estaba aquí en este mundo, de alguna manera consiguió cruzar para protegerme.
Hannia asintió de nuevo, esta vez con más firmeza.
—Es cierto —añadió—. Esa noche… también sentí algo. Algo poderoso. Era como si una barrera se hubiera roto temporalmente. No entendí lo que estaba ocurriendo, pero ahora sé que fue Erevan.
—Y, aunque su presencia es oscura, lo que hizo no fue malvado. Me protegió… Nos protegió.—dijo Elena con tono de súplica.
La anciana observó a Hannia, escuchando atentamente. Había una pausa en el aire, un momento en el que todo parecía detenerse mientras consideraba las palabras de ambas.
Elena, que hasta ese momento había contenido el aliento, lo dejó escapar cuando la anciana finalmente habló de nuevo, aunque su tono seguía siendo cauteloso.
—Lo que describen… es inusual —dijo la anciana, entrecerrando los ojos—. Nunca había oído de un demonio que protegiera en lugar de destruir. Sin embargo… los demonios no cambian. Y no podemos permitirnos errores.
Elena sintió una chispa de esperanza ante esas palabras. Había una pequeña apertura, una pequeña oportunidad.
—¿Entonces… podrían reconsiderarlo? —preguntó, esperanzada pero aún temerosa, con su voz cargada de ansiedad.
La anciana se quedó en silencio por un momento más, antes de hablar con un tono más reflexivo.
—Es posible que haya algo en este demonio que nunca hemos visto antes.
Pero no lo sabremos a menos que lo pongamos a prueba.
Y si fallas, niña, no solo pondrás en peligro tu vida, sino la de todos los que están a tu alrededor.
—Hizo una pausa, su mirada endureciéndose nuevamente—.
Lo reconsideraré, pero solo si eres capaz de demostrar que el demonio puede controlar su naturaleza…
y que no representa una amenaza para la humanidad.
Elena respiró aliviada, aunque aún cautelosa. Sabía que las palabras de la anciana no eran una aceptación completa, pero eran un paso en la dirección correcta.
Elena asintió, dispuesta a aceptar cualquier condición. Haría lo que fuera necesario para salvar a Erevan, incluso si significaba enfrentarse a la Orden misma.
—Haré lo que sea necesario —dijo Elena con firmeza—. Pero necesito que confíen en mí… y en él.
La anciana asintió lentamente, como si ya estuviera considerando los siguientes pasos. Luego se volvió hacia Hannia.
—Llévala a las mazmorras. Que vea con sus propios ojos lo que le espera si falla —ordenó, antes de dirigirse a Elena una vez más—. Y recuerda, niña… estamos jugando con fuerzas que van más allá de nuestro control. Que no te cieguen tus emociones.
—Vamos — Dijo Hannia a Elena y comenzó a guiarla hacia las profundidades del palacio, hacia donde Erevan estaba cautivo. Las palabras de la anciana resonaban en su mente, pero la esperanza de que había una oportunidad, aunque pequeña, mantenía a Elena avanzando.
La llevó hacia las profundidades del palacio, más allá de las puertas que habían permanecido cerradas durante siglos, hacia donde el aire se volvía más pesado y el frío se sentía como una presencia viva.
Había llegado el momento de enfrentar la verdad sobre Erevan, y nada en el mundo mágico que la rodeaba podría prepararla para lo que estaba a punto de ver.
Hannia la observó un momento, como si estuviera evaluando cuánta verdad debía revelar.
Finalmente, asintió y la llevó hacia unas escaleras de piedra que descendían profundamente en las entrañas del palacio.
Los escalones eran fríos bajo sus pies, y el aire se volvía más pesado a medida que descendían.
Elena sintió una opresión en el pecho, como si la oscuridad que emanaba del lugar estuviera tratando de atraparla.
—No hemos usado estas celdas en siglos —dijo Hannia mientras avanzaban—. Son especiales, diseñadas para el confinamiento de demonios, específicamente para aquellos que representan una amenaza.
La garganta se le cerró al escuchar esas palabras. Finalmente, llegaron a una puerta de hierro forjado, cubierta de runas que brillaban con una luz tenue. Hannia murmuró algunas palabras en un idioma antiguo, y la puerta se abrió lentamente con un crujido pesado.
Las mazmorras se extendían hacia las profundidades del palacio como una red de túneles ancestrales, tallados en piedra, que habían guardado incontables secretos a lo largo de los siglos.
El aire era pesado, cargado con la humedad del lugar y el eco distante del goteo de agua desde los techos, pero más allá de eso, había una sensación palpable de poder.
La magia vibraba en las paredes, latente, antigua, como si el lugar mismo estuviera vivo, siempre alerta.
Elena sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al pasar por los corredores estrechos, observando cómo cada curva revelaba cavernas talladas en la roca, algunas selladas con gruesas puertas de acero de Damasco que brillaban tenuemente bajo la luz de las antorchas.
Las runas grabadas en el metal no eran meros adornos; emitían una energía pulsante que parecía contener algo mucho más oscuro y peligroso al otro lado de las puertas.
El lugar parecía tan remoto del mundo de la superficie que Elena casi pudo imaginar que habían sido transportados a un reino completamente distinto.
Las mazmorras tenían una atmósfera asfixiante, como si hubieran sido diseñadas no solo para aprisionar cuerpos, sino también almas.
El suelo de piedra estaba frío bajo sus pies, y a su alrededor, el silencio era espeso, como si los propios pasillos se negaran a dejar escapar cualquier sonido.
Cada puerta que pasaban estaba decorada con símbolos protectores antiguos.
Hannia le explicó en voz baja que estos sellos no eran cualquier tipo de magia; eran poderosas barreras creadas específicamente para contener a entidades demoniacas.
Estas celdas no se habían usado en siglos, lo que solo aumentaba el peso de lo que estaban a punto de presenciar.
Finalmente, llegaron a una celda más grande que las demás, custodiada por una puerta pesada, también de acero de Damasco, que parecía cambiar de patrón a cada momento, marcada por runas que brillaban con una luz más intensa que las otras.
El poder que emanaba de ellas era casi tangible, como si intentaran desesperadamente mantener dentro algo demasiado peligroso para ser liberado.
Elena sintió una presión en el pecho al acercarse, como si la magia misma estuviera evaluando su intención.
Hannia murmuró nuevamente las palabras en el idioma antiguo, y la puerta comenzó a abrirse con un crujido, dejando escapar un aire denso y pesado, como si hubiera sido sellado por siglos. Elena avanzó lentamente, con el corazón en la garganta.
Dentro de la celda, lo vio.
Erevan estaba en el centro, arrodillado en el suelo de piedra, rodeado por sombras que se arremolinaban en silencio a su alrededor.
Su forma parecía más humana, pero su piel estaba pálida, más de lo normal, y su energía, que normalmente emanaba un poder inquietante, pero controlado, ahora estaba débil y dispersa.
Las sombras que normalmente lo envolvían en los sueños de Elena parecían estar debilitadas, como si estuvieran siendo contenidas por las runas de la celda.
Erevan alzó la cabeza lentamente, y sus ojos oscuros se encontraron con los de Elena. Había una tristeza profunda en su mirada, pero también algo más: una especie de aceptación silenciosa de su destino. La visión de él en esa condición debilitada rompió algo dentro de Elena.
—¿Qué le han hecho? —preguntó Elena con voz temblorosa, mientras daba un paso hacia delante, solo para ser detenida por Hannia.