Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

LA ORDEN DEL UMbrAL



Elena sentía cómo el corazón palpitaba con fuerza mientras seguía a Hannia por los callejones del barrio Gótico.

La atmósfera era diferente ahora, como si la ciudad misma se hubiera vuelto más oscura y los rincones estuvieran cargados de secretos antiguos.

Las sombras parecían moverse, y la sensación de peligro se hacía cada vez más palpable.

Pero no era solo la oscuridad exterior lo que la afectaba; había algo más, una tensión interna que la mantenía en alerta.

Hannia caminaba con determinación, su rostro tenso, mientras las torres del Palau Reial Major emergían frente a ellas.

La estructura imponente se alzaba sobre el horizonte, sus piedras antiguas casi brillando bajo la luz tenue de la luna.

Pero Hannia no se detuvo en la entrada principal.

En su lugar, dobló hacia una pequeña calle lateral, oscura y claustrofóbica, y abrió una puerta de madera apenas visible.

Al cruzar el umbral, la realidad dejó de ser sólida.

El aire no era oxígeno; era una sustancia eléctrica y densa que sabía a metal antiguo y a tiempo estancado.

Las paredes del Palau no estaban hechas de piedra, sino de historia fosilizada, cubiertas de glifos que no estaban tallados, sino que sdestellaban una luz fría, como si la roca intentara gritar secretos que la humanidad había olvidado proteger.

La magia flotaba en el aire, palpable, y aunque la arquitectura se mantenía en el estilo medieval del Palau, había un sentido de poder en cada esquina. Velas que nunca se apagaban iluminaban los corredores, y un suave murmullo de voces y movimientos se escuchaba a la distancia.

Hannia la guio hacia un salón amplio, donde varias figuras se movían entre estanterías repletas de libros antiguos, mesas llenas de pergaminos y artefactos mágicos resplandecientes. Un grupo reducido de personas discutía sobre demonios y portales en voz baja.

—Esta es la misión de La Orden del Umbral —explicó Hannia, mientras caminaban—. Mantenemos el equilibrio entre los mundos. Hay fuerzas que intentan cruzar y otras que intentan destruirnos. Pero la oscuridad siempre está buscando un camino, y nosotros somos la barrera.

Elena trataba de asimilar todo lo que veía y escuchaba, pero su mente volvía constantemente a Erevan. No podía dejar de pensar en él, débil y vulnerable. ¿Dónde estaba? ¿Qué le habían hecho?

—¿Dónde está Erevan? —preguntó, finalmente, incapaz de mantener el silencio.

Hannia se detuvo un momento antes de continuar, su mirada fija en Elena, evaluando cuidadosamente cuánta verdad podía compartir. Entonces, como si hubiera tomado una decisión interna, asintió lentamente.

—Ven —le dijo, mientras le hacía un gesto para que la siguiera—. Hay algo que debes entender antes de continuar.

Elena la siguió por un largo pasillo que serpenteaba a través de los sótanos del Palau Reial Major. A medida que avanzaban, el entorno cambiaba sutilmente. Las antiguas paredes de piedra del palacio daban paso a corredores cubiertos de intrincados símbolos y runas talladas en la piedra.

A veces, las marcas brillaban con un destello suave, como si respondieran al paso de Hannia.

—La Orden del Umbral no es simplemente un grupo de personas con habilidades especiales —explicó Hannia—.

Es una antigua institución, fundada hace siglos para mantener el equilibrio entre los mundos.

No siempre ha sido fácil, y en ocasiones hemos tenido que tomar decisiones difíciles, pero nuestra misión es proteger a la humanidad de lo que acecha en el mundo.

Elena observó cómo pasaban junto a varias salas.

En una de ellas, vio a un grupo de jóvenes practicando con objetos antiguos que se iluminaban con cada movimiento, dejando rastros de luz en el aire.

En otra sala, un grupo de personas más mayores discutían sobre libros y pergaminos antiguos, revisando mapas que parecían resplandecer con una energía sobrenatural.

—Aquí, entrenamos a los futuros miembros de la orden —continuó Hannia—. No todos tienen el mismo talento. Algunos son mejores con la magia elemental, otros con la sanación o la manipulación del tiempo. Cada uno tiene su lugar, pero todos servimos al mismo propósito.

Elena notó cómo la atmósfera se volvía más tensa cuanto más se adentraban en la orden.

Había algo solemne en el lugar, como si cada piedra estuviera cargada de siglos de historia y responsabilidad.

El peso de las decisiones tomadas en este sitio parecía impregnar el aire, como si cada elección hubiera dejado una huella imborrable en su estructura.

—¿Siempre han existido estas amenazas? —preguntó Elena, mientras pasaban por un salón iluminado solo por velas flotantes.

Hannia asintió.

—Desde que existen los demonios, existen fuerzas como la nuestra para mantenerlos a raya.

Los demonios han intentado cruzar a nuestro mundo desde tiempos inmemoriales.

Algunos, buscan alimentarse del miedo, mientras que otros simplemente quieren desatar el caos.

Pero siempre hay seres humanos que descubren la verdad y toman el juramento de proteger a la humanidad.

Elena absorbió las palabras de Hannia mientras continuaban caminando. Llegaron a una biblioteca enorme, con techos altos y estanterías llenas de libros polvorientos. Varias personas estudiaban en silencio, sus ojos brillaban con determinación mientras examinaban textos antiguos y complejos.

—Aquí, estudiamos todo lo relacionado con los demonios, portales, y las criaturas que habitan más allá de los umbrales —dijo Hannia, señalando los libros—. Cada volumen que ves aquí ha sido escrito a lo largo de los siglos por aquellos que han vivido para contarlo.

Elena se sintió abrumada por la cantidad de conocimiento que la rodeaba.

Pero también sentía una especie de alivio al saber que no estaba sola en este conflicto.

Sin embargo, la idea de Erevan, atrapado en algún lugar de ese vasto complejo, la carcomía.

Observó los libros y no pudo evitar que una punzada de frustración se apoderara de ella.

Si hubiera sabido que todo este conocimiento existía, podría haber evitado tantas noches perdidas, intentando comprender lo incomprensible, buscando respuestas sobre Erevan y su mundo en lugares que nunca le habían dado la verdad.

Todo ese tiempo… y todo estaba aquí, al alcance de aquellos que saben dónde buscar.

—¿Y qué hay de Erevan? —preguntó, finalmente, su voz, apenas un susurro—. ¿Qué le sucederá?

Hannia la miró con su rostro serio.

—Eso dependerá de muchas cosas, Elena. Dependerá de él y de lo que decida el consejo. Pero debes entender que, aunque puede parecer vulnerable, sigue siendo una amenaza. Una que no podemos ignorar.

Finalmente, Hannia llevó a Elena a una gran sala circular en el corazón del palacio.

En su centro, pedestal de piedra se alzaba con símbolos brillando intensamente a su alrededor.

Varios magos de mayor rango estaban reunidos, murmurando entre sí mientras revisaban un pergamino antiguo que brillaba con una luz etérea.

—Este es nuestro corazón —dijo Hannia en voz baja, inclinándose hacia Elena—. Aquí es donde tomamos nuestras decisiones más importantes, donde los consejeros se reúnen para debatir sobre las grandes amenazas. Tú, ahora, estás en medio de algo más grande de lo que puedes imaginar.

El estómago se le revolvía ante esas palabras. Sabía que había algo mayor en juego, pero cada revelación la hacía sentirse más pequeña y vulnerable.

Hannia, sin decir una palabra más, tomó suavemente el brazo de Elena y la condujo hacia otra puerta en el extremo opuesto de la sala.

Al abrirse, reveló un largo corredor que parecía no tener fin, sus paredes cubiertas de tapices antiguos que representaban batallas épicas entre figuras luminosas y demonios oscuros.

El aire allí era más frío, más pesado, y cada paso que daban resonaba en la piedra bajo sus pies.

—Hay alguien más que necesita verte —dijo Hannia en voz baja, casi como un susurro—. Ella es la más antigua y sabia de nuestra orden. Ha visto y enfrentado más de lo que cualquiera de nosotros podría imaginar.

Elena sintió un nudo en la garganta mientras se acercaban a una puerta tallada en madera oscura, incrustada con símbolos que reconocía vagamente por los libros que había visto en la biblioteca.

Hannia abrió la puerta, y la sala a la que entraron estaba iluminada solo por la luz tenue de velas que proyectaban sombras danzantes en las paredes. En el centro de la habitación, sentada en un trono de piedra cubierto de inscripciones antiguas, estaba la anciana.

Su figura, encorvada por el tiempo, irradiaba una autoridad inquebrantable.

A pesar de su avanzada edad, sus ojos eran penetrantes, cargados de sabiduría y juicio.

Llevaba el mismo amuleto con forma de calavera que Elena había visto antes, brillando débilmente sobre su pecho como un faro de poder oculto.

—Así que… esta es la chica —dijo la anciana con voz rasposa, clavando sus ojos en Elena con una intensidad que la hizo estremecer—. La que ha traído a uno de ellos aquí, al mundo humano.

Elena sintió como si la temperatura de la habitación hubiera descendido varios grados. La mirada de la anciana la atravesaba, juzgándola desde lo más profundo.

—¿Sabes lo que has hecho, niña? —continuó la anciana, su voz cargada de reproche—. Has permitido que un demonio cruce el umbral, que ponga en peligro el delicado equilibrio que hemos protegido durante siglos. ¿Entiendes el caos que eso podría desatar?

Elena, temblorosa, pero decidida, dio un paso adelante. Sabía que no podía permitir que la anciana la aplastara con su juicio. Tenía que defender lo que sentía.

—No lo entiendo todo —admitió Elena, su voz tembló un poco al principio, pero luego se fortaleció—.

Pero sé una cosa: Erevan no es lo que ustedes creen.

Sí, es un demonio; sin embargo, no me ha hecho daño.

Ha tenido todas las oportunidades para hacerlo, y, sin embargo, me ha protegido, primero en mis sueños y pesadillas y después aquí, en nuestro mundo.

Lo que sienten en él no es solo oscuridad. Hay más.

La anciana arqueó una ceja, pero no interrumpió.

—Puedo sentirlo —continuó Elena—. Lo que hay entre nosotros es real, no es solo una atracción peligrosa.

Es algo que va más allá de su naturaleza demoníaca.