Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Erevan se expandió, sus bordes se volvieron afilados como obsidiana, y por un instante dejó de ser un hombre para convertirse en una boca abierta en la realidad, masticando la angustia ajena para remendar su propia existencia.

Elena sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al ver la escena a lo lejos, el lado más demoníaco de Erevan desatándose frente a ella. Era una visión aterradora y fascinante a la vez.

El vagabundo temblaba de terror, sus ojos desorbitados mientras intentaba gritar, pero ningún sonido salía de su boca. Erevan parecía más grande, más oscuro, y una energía palpable vibraba en el aire a su alrededor. Su naturaleza demoníaca estaba en pleno despliegue.

Elena se quedó inmóvil, con el corazón, palpitándole violentamente en el pecho.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver cómo las sombras salían de Erevan, envolviendo al vagabundo en un manto oscuro de terror.

La escena parecía sacada de una pesadilla, pero era completamente real.

Podía sentir el frío que emanaba del aire, como si la oscuridad misma estuviera absorbiendo toda la calidez de la ciudad.

La atmósfera a su alrededor se había vuelto pesada, densa.

Cada sonido de la ciudad parecía haberse apagado, como si el tiempo mismo hubiera decidido hacer una pausa.

Las luces de las farolas parpadeaban débilmente, como si fueran incapaces de penetrar la oscuridad que rodeaba a Erevan.

Los edificios antiguos a su alrededor parecían inclinarse sobre ellos, observando silenciosamente lo que estaba ocurriendo en las sombras.

Había algo casi solemne y aterrador en cómo la ciudad respiraba a su alrededor, como si supiera que un poder primitivo y oscuro estaba siendo desatado.

Elena sentía su propio miedo mezclarse con una fascinación inquietante.

Sabía que lo que estaba presenciando era peligroso, y no podía apartar la vista.

Tenía un nudo en el estómago, una mezcla de horror y atracción hacia esa parte de Erevan que él siempre había tratado de ocultar.

Su mente estaba dividida entre huir y acercarse, entre detenerlo y dejar que ocurriera.

Era un conflicto entre el amor y el miedo, entre la necesidad de protegerlo y el terror de lo que él realmente era.

El frío se hacía cada vez más profundo, casi como si la ciudad misma temiera lo que estaba sucediendo.

Las sombras alrededor de Erevan parecían cobrar vida, retorciéndose y expandiéndose, devorando cualquier luz que intentara acercarse.

A lo lejos, podía escuchar vagamente el murmullo del tráfico y la vida nocturna de Barcelona, pero aquí, en este rincón oscuro, era como si estuvieran en un mundo completamente diferente.

El vagabundo seguía temblando, sus ojos desorbitados, llenos de terror, atrapado en una pesadilla sin escapatoria. Y Erevan, ahora casi irreconocible, se veía más grande, más oscuro, como si su esencia demoníaca estuviera tomando el control por completo.

Elena comenzó a escuchar, a lo lejos, el sonido de pasos que se acercaban.

Era una pareja, conversando en voz baja, sus risas suaves flotando por las calles vacías de Barcelona.

Estaban a solo un par de calles de donde ella y Erevan se encontraban.

El eco de sus pasos resonaba en la distancia, rompiendo la burbuja de oscuridad en la que Elena se había sumergido.

El sonido era como un recordatorio de la vida normal, del mundo que seguía existiendo más allá de este rincón lleno de sombras.

Elena sintió cómo su mente se dividía en dos.

Parte de ella sabía que debía advertir a Erevan, protegerlo de ser descubierto por la pareja que se acercaba sin sospechar nada.

Pero otra parte, una más profunda y oscura, se preguntaba si debía dejar que todo siguiera su curso.

¿Qué pasaría si alguien más viera a Erevan en su verdadera forma?

¿Qué consecuencias podría traer eso? Era un pensamiento inquietante que no podía evitar.

Sus dedos temblaron mientras luchaba con la decisión. Si no hacía nada, Erevan continuaría alimentándose del miedo del vagabundo, y la pareja que se acercaba se convertiría en testigo de algo que no deberían ver.

Pero si lo interrumpía, podría alterar el delicado equilibrio entre ellos. Podía sentir cómo una pequeña parte de ella quería verlo todo, entender hasta dónde llegaba la naturaleza de Erevan, pero al mismo tiempo, la realidad de lo que eso significaba la aterraba.

Los pasos se hicieron más audibles, la pareja estaba a punto de doblar la esquina.

Elena se mordió el labio, su corazón latiendo furiosamente en su pecho.

Sabía que solo tenía un par de segundos para decidir.

Finalmente, sus instintos se impusieron.

No podía dejar que Erevan fuera descubierto de esa manera.

—¡Erevan! —susurró con urgencia, su voz apenas lo suficientemente fuerte para cortar el aire espeso y oscuro que los rodeaba.

Erevan levantó la vista, sus ojos rojos brillando con una intensidad sobrenatural. Las sombras que lo rodeaban vacilaron por un momento, y el vagabundo cayó al suelo, completamente inconsciente.

El callejón, que en ese instante estaba envuelto en sombras, fue de repente invadido por una luz cegadora. Era tan intensa que parecía rivalizar con la luz del sol mismo, aunque la noche envolvía aún la ciudad.

Elena levantó instintivamente las manos para protegerse los ojos, su visión momentáneamente reducida a manchas brillantes y destellos que danzaban en su campo de visión.

El aire pareció vibrar, como si algo inmenso hubiera alterado la atmósfera.

Elena sintió una presión en su pecho, como si esa luz no solo iluminara el callejón, sino que también empujara el mismo aire hacia afuera, forzando su respiración.

El calor de la luz envolvía todo, y las sombras se contrajeron violentamente, retrocediendo con un silbido casi doloroso.

Cuando finalmente pudo bajar las manos y entrecerrar los ojos, la luz comenzó a disiparse, aunque no desapareció del todo.

En el centro del resplandor quedó una figura, radiante y majestuosa, como si fuera hecha de pura energía.

Tenía la silueta de una persona, pero sus contornos brillaban con un fulgor blanco y dorado, y una especie de halo rodeaba su figura, haciendo difícil distinguir rasgos detallados.

En su mano, un símbolo se materializó, flotando en el aire sobre su palma, pulsando con un poder antiguo y desconocido para Elena.

Era un símbolo luminoso, cargado de un poder abrumador, que arrojaba ondas desde su centro, dominando la oscuridad circundante.

El símbolo brillaba más intensamente, como un faro de energía pura, y las sombras que rodeaban a Erevan se retorcieron en su presencia.

Se disolvieron como humo ante el fuego, desvaneciéndose en el aire mientras la luz se imponía, exigiendo control sobre la oscuridad.

Erevan intentó resistir; su cuerpo luchaba contra el colapso inevitable.

Sus ojos, que antes brillaban con un rojo intenso, ahora parpadeaban, luchando por mantener la compostura.

Con un gemido bajo, Erevan cayó pesadamente al suelo.

Su cuerpo se desplomó, como si la energía vital que lo mantenía en pie hubiera sido drenada por completo.

Las sombras que lo rodeaban desaparecieron, y la figura demoníaca que había desatado sobre el vagabundo se desvaneció, dejándolo vulnerable y frágil.

El vagabundo, ahora libre del poder oscuro que lo había consumido, quedó tendido a su lado, inmóvil pero vivo.

Sus ojos, aunque cerrados, se movían rápidamente bajo los párpados, como si aún estuviera atrapado en una pesadilla de la que no podía escapar.

Gemidos leves salían de su boca entreabierta, pero su cuerpo permanecía en una calma inquietante.

Elena, paralizada por la intensidad de la situación, observaba con horror cómo el cuerpo de Erevan temblaba ligeramente en el suelo.

Su corazón latía con fuerza en sus oídos, su respiración era rápida y superficial mientras su mente trataba de comprender lo que acababa de presenciar.

Pero no podía quedarse de pie, paralizada por el miedo.

No cuando Erevan yacía indefenso frente a ella.

Desesperada, corrió hacia él; su mente era un torbellino de emociones.

Se arrodilló junto a su cuerpo, tomando su rostro entre sus manos.

Estaba frío, más frío de lo que jamás lo había sentido.

Su pálida piel contrastaba con las sombras que antes lo habían envuelto.

No podía creer que este ser tan poderoso y antiguo, que tantas veces había dominado su entorno, estuviera ahora desplomado ante ella, como si la luz lo hubiera destruido desde adentro.

—¡Erevan! —gritó, sacudiéndolo con suavidad pero con una urgencia desesperada—.

Pero no hubo respuesta. El símbolo en la mano de la figura luminosa seguía brillando con intensidad, y aunque la luz no era tan cegadora como antes, aún era poderosa. Elena levantó la vista, buscando alguna señal de misericordia en esa figura imponente.

La figura luminosa se acercó lentamente, su presencia imponiéndose sobre el callejón. Y fue entonces cuando el brillo comenzó a desvanecerse lo suficiente como para revelar una silueta más familiar. Al verla, Elena sintió cómo el corazón se encogía aún más en su pecho.

—No puede ser… —susurró para sí misma, su mente se resistía a lo que sus ojos le estaban mostrando.

La luz continuó desvaneciéndose hasta que la imagen de Hannia quedó completamente visible, parada frente a Elena.

Su rostro, normalmente sereno y alegre, ahora estaba marcado por una mezcla de sorpresa, asombro e incredulidad.

Sus ojos se abrieron de par en par al ver a Elena, y por un momento, las dos se quedaron inmóviles, atrapadas en la tensión de la situación.

La figura luminosa que rodeaba a Hannia parecía haberse disipado por completo, pero un leve destello aún brillaba en su mirada.

—¿Elena? —La voz de Hannia salió entrecortada, como si no pudiera creer lo que veía—. ¿Qué… qué haces aquí? —Su tono era una mezcla de preocupación y confusión.

Elena, aún arrodillada junto a Erevan, miró a su amiga como si también estuviera viendo a un fantasma.

El peso de la incredulidad la golpeó de repente; su amiga, la misma Hannia con la que había pasado incontables momentos compartidos, estaba de pie ante ella, empuñando un poder que jamás habría imaginado.

Su boca se abrió y cerró varias veces antes de poder emitir alguna palabra.