Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

EL DESPERTAR DE LA VERDAD



Elena cruzó la estación de tren en Bellaterra, sintiendo el aire fresco de la noche mientras caminaba hacia su departamento.

El crujir de las hojas bajo sus pies y la calma del bosque que la rodeaba deberían haberla tranquilizado, pero su mente era un torbellino de pensamientos.

La imagen de la anciana, ahuyentando al demonio con un símbolo luminoso, seguía invadiendo sus pensamientos.

El desprecio en su mirada, la advertencia que le había lanzado, todo se sentía como una amenaza inminente que no podía ignorar.

Intentaba juntar las piezas de todo lo que había vivido, pero las piezas del rompecabezas se dispersaban cada vez más.

¿Qué papel jugaba la anciana en todo esto?

¿Por qué Erevan se mostraba tan preocupado por los seres que habían visto en el laberinto?

Y lo más importante, ¿qué significaba todo esto para ella?

Mientras más trataba de entender, más profundas parecían las sombras que la envolvían.

Al llegar a su edificio, vio una figura en la puerta.

Su corazón dio un vuelco cuando reconoció la silueta.

Era Erevan. Estaba de pie, esperándola, pero algo en él no estaba bien.

Su piel, siempre pálida, ahora parecía casi translúcida, y su postura era tensa, como si le costara mantenerse en pie. Se acercó rápidamente, preocupada.

—Erevan, ¿estás bien? ¿Qué te pasa? —preguntó, su voz cargada de inquietud.

Erevan levantó la mirada hacia ella, sus ojos oscuros, opacos, con una mezcla de agotamiento y dolor. Apenas sonrió, una mueca débil que no alcanzaba a borrar la sombra de preocupación en su rostro.

—Estoy… bien —murmuró, pero su voz carecía de la firmeza habitual.

Elena no le creyó ni por un segundo. Se acercó más, tomando su rostro entre sus manos. Sentía el frío de su piel, más helado que de costumbre. Su pulso, si es que lo tenía, parecía apagado.

—No, no lo estás —insistió ella, sin permitir que Erevan se deshiciera de la conversación. Tomó su mano, sintiendo la frialdad recorrer sus dedos, y con un tirón firme lo guio hacia dentro del departamento. Aunque Erevan intentó resistirse al principio, la determinación de Elena era implacable.

Cerró la puerta tras ellos, y con cuidado lo condujo hacia la pequeña habitación. Cada paso que daba Erevan parecía pesarle más, su fuerza menguando con cada segundo que pasaba. Elena lo miraba con preocupación creciente, sabiendo que necesitaba descansar.

—Vamos, siéntate aquí —le dijo, ayudándolo a sentarse en la orilla de la cama.

Erevan se dejó caer con suavidad, apoyando los codos sobre sus rodillas mientras respiraba profundamente, como si el simple acto de estar ahí lo consumiera.

Elena permaneció de pie frente a él, observándolo mientras trataba de encontrar la manera de ayudarlo.

Había algo quebradizo en la postura de Erevan, una fragilidad que nunca había percibido.

Erevan suspiró. Bajó la mirada, como si tuviera vergüenza de lo que estaba a punto de confesar.

—Elena, mi energía vital proviene de la oscuridad, de los miedos de los humanos —admitió, finalmente, su voz apenas un murmullo, cargada de pesar—. Es lo que me mantiene fuerte, lo que sostiene mi esencia demoníaca.

Elena frunció el ceño, tratando de comprender. Él continuó, esta vez con más esfuerzo, como si cada palabra lo desgastara.

—Pero… desde que estoy contigo, he rechazado alimentarme de ellos.

No puedo causarte más daño del que ya te rodea.

—Se quedó en silencio por un momento, su pecho subiendo y bajando lentamente, como si cada respiración le costara más—.

Mi cuerpo puede seguir adelante. Comer y beber, como tú.

—Intentó esbozar una sonrisa débil, pero solo consiguió un gesto quebrado, una sombra de lo que solía ser su seguridad—. Pero eso no es suficiente.

Elena observó su rostro, pálido y agotado, mientras las palabras de Erevan resonaban en su mente.

Su cuerpo podía estar nutrido, podía aparentar salud, aun así, había algo fundamental que se estaba quebrando en él, algo que solo los miedos humanos podían alimentar.

Esa oscuridad era parte de él, algo de lo que no podía simplemente desprenderse.

—La oscuridad… los temores, los horrores —continuó Erevan, mirando hacia la nada, sus ojos llenos de una tristeza inexplicable—, son lo que sostiene mi esencia.

Mi cuerpo puede resistir, pero mi esencia…

mi ser verdadero, está debilitándose, Elena.

Y cada día que pasa, siento cómo se desvanece un poco más.

Elena sintió un nudo formarse en su garganta.

Ahora entendía el sacrificio que él estaba haciendo.

No era solo que se negara a alimentarse de la oscuridad; estaba rechazando la única cosa que mantenía viva su verdadera naturaleza, todo para no lastimarla a ella.

A pesar de que físicamente podía aparentar fortaleza, había una batalla interna que lo estaba desgastando más allá de lo que podía expresar con palabras.

Erevan alzó la mirada y sus ojos encontraron los de Elena. En ellos había un reflejo de miedo, pero también algo más, una súplica silenciosa.

—No quiero ser un monstruo —susurró, la voz quebrada—. Pero si sigo así… temo lo que pueda pasar. Mi esencia se está apagando, y cada día me siento menos yo. No puedo seguir viviendo así, pero tampoco quiero perderme en lo que era antes.

Elena dio un paso hacia él, sintiendo cómo el corazón se le encogía en el pecho.

Por primera vez, entendió realmente lo que significaba ser quien era Erevan, esa lucha constante entre lo que necesitaba y lo que deseaba ser.

La decisión de rechazar aquello que lo mantenía fuerte lo estaba destruyendo lentamente, y, aun así, él había elegido ese camino por ella.

Elena sintió una punzada en el pecho. Erevan estaba debilitándose por su propia voluntad, por negarse a ser el demonio que había sido siempre. Y aunque su sacrificio la conmovía, también la aterrorizaba. Si seguía debilitándose de esta manera, ¿qué le pasaría?

—Erevan… —comenzó a decir, pero las palabras se le escapaban. ¿Qué podía decirle?

Erevan la miró con una mezcla de pesar y determinación, su expresión suavizada por la fatiga que lo consumía.

Se puso de pie con esfuerzo, apoyándose en la pared para mantenerse firme.

—No quiero que me veas así, Elena —susurró, su voz apenas un eco de la fuerza que solía tener—. Tengo que irme por un tiempo.

Elena frunció el ceño, su corazón latía rápidamente. —¿A dónde vas? ¿Qué vas a hacer?

Erevan se acercó a ella, levantando una mano para acariciar suavemente su mejilla, pero su toque fue fugaz, como si incluso ese gesto sencillo le costara demasiado. —Necesito… recuperar fuerzas—. Dijo con firmeza, aunque su tono revelaba su propia lucha interna.

Elena negó con la cabeza, su mirada llena de preocupación. —No puedo dejar que te vayas así. No te voy a dejar solo.

Erevan esbozó una débil sonrisa. —Sabes que no puedes detenerme —dijo suavemente, mientras las sombras comenzaban a rodear sus pies, envolviendo su figura.

Elena intentó acercarse, pero Erevan dio un paso atrás, la distancia entre ellos agrandándose. —Volveré pronto —prometió, retrocediendo y saliendo del departamento, dejándola sola en el silencio de la noche.

Por un momento, Elena permaneció inmóvil, con el corazón acelerado y la mente en caos.

Pero algo en su interior no la dejaba aceptar esa despedida.

Sabía que algo estaba mal, que Erevan no estaba buscando solo descanso.

Sus instintos la empujaban a seguirlo, a no permitir que se perdiera en las sombras para siempre.

Decidida, tomó su chaqueta y salió corriendo tras él.

En el frío aire nocturno, miró a su alrededor buscando algún indicio del rastro de Erevan.

Sabía hacia dónde se dirigía. Sin detenerse, corrió hacia la estación de tren de Bellaterra, su corazón latiendo con fuerza mientras la ansiedad y el miedo se mezclaban en su pecho.

El viaje en tren hacia Barcelona parecía eterno.

El vagón estaba casi vacío a esas horas de la noche, con solo un par de pasajeros adormecidos en sus asientos.

Elena apenas podía permanecer quieta, sus pensamientos centrados en Erevan.

Sabía que estaba a punto de hacer algo desesperado, algo peligroso.

Al llegar a la estación de Catalunya, corrió hacia las calles de la ciudad, su mirada buscando entre las sombras que acechaban en cada esquina.

Las farolas proyectaban luces tenues sobre los adoquines, creando figuras que se movían con la brisa nocturna, y en cada una de ellas, Elena podía sentir la presencia de Erevan.

Lo vio caminado, tambaleándose a lo lejos.

Lo siguió, siempre manteniendo una distancia segura, pero sin perderlo de vista. Mientras él caminaba por las calles, su paso era lento y pesado, como si llevara el peso de dos mundos sobre sus hombros.

Elena sintió cómo su propia desesperación crecía a cada paso, sabiendo que no podía perderlo ahora.

La ciudad estaba extrañamente tranquila, las sombras se alargaban a medida que las farolas parpadeaban, como si la misma Barcelona supiera que algo andaba mal. Finalmente, Erevan llegó a un callejón oscuro y estrecho detrás del Mercado de la Boquería.

Erevan se detuvo de repente al ver a un vagabundo tirado en el suelo, sus ropas raídas y sucias, como un espectro solitario entre las sombras de la ciudad.

Por un momento, la duda se reflejó en sus ojos, pero la necesidad lo estaba consumiendo.

Miró a su alrededor, asegurándose de que nadie lo observaba, mientras su cuerpo comenzaba a vibrar con una energía oscura que parecía imposible de contener.

Con pasos vacilantes, se acercó lentamente al hombre, agachándose frente a él pero sin tocarlo.

Desde su cuerpo, comenzaron a emanar sombras y humo que se arremolinaron alrededor del rostro del vagabundo.

El pobre hombre se retorció de inmediato, su cuerpo sacudido por espasmos mientras sus gemidos ahogados se perdían en la penumbra.

Estaba atrapado en pesadillas, atrapado por los miedos que Erevan proyectaba directamente en su mente.

Erevan no estaba mirando al hombre; estaba bebiendo su pánico.

De su pecho brotaron lianas de oscuridad que se enroscaron en la respiración del vagabundo, extrayendo el sudor gélido de su terror como si fuera néctar.