Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Las sombras se cernían sobre ella, creciendo en tamaño, volviéndose más densas, más amenazantes. Sabía que algo no estaba bien, que estaba siendo observada. Justo cuando estaba a punto de correr, una figura emergió de entre las sombras al final del túnel de la estación.

Era una sombra más oscura que la misma noche, con una presencia que parecía absorber toda la luz a su alrededor.

Lo que emergió no era una sombra, sino una excreción del abismo.

El demonio era una masa de humo que parecía masticar la luz del túnel para dar volumen a su anatomía corrupta.

De su torso brotaban lianas de brea viva que latían con una inteligencia maligna.

Sus ojos no brillaban; eran dos heridas abiertas de fuego sulfúrico que supuraban odio.

Sus garras, al rozar el concreto, no hacían ruido, sino que desintegraban la materia, dejando un rastro de hollín frío y pegajoso que olía a siglos de entierro.

Sus ojos rojos brillaban con una intensidad feroz, perforando la penumbra con un resplandor ardiente que parecía brotar desde el mismo abismo.

No eran solo ojos; eran pozos de odio y malicia pura, como si reflejaran siglos de sufrimiento y caos.

A su alrededor, el aire vibraba con una energía que hacía temblar la piel de Elena, como si estuviera presenciando algo mucho más allá de lo que su mente humana podía comprender.

El demonio no tenía una forma definida como un humano, pero sus contornos insinuaban algo más grande, más antiguo y malévolo que cualquier otra entidad con la que Elena hubiera lidiado.

Sus cuernos, retorcidos como ramas muertas, sobresalían de su cabeza como coronas de sombras, proyectando una silueta grotesca.

Las manos, si es que podían llamarse manos, eran garras afiladas, cubiertas de una neblina oscura que goteaba una sustancia pegajosa que desaparecía al tocar el suelo.

Cada paso que daba hacia Elena parecía hundir la realidad a su alrededor, haciendo que el espacio mismo se distorsionara.

El demonio recordaba al guardián del portal, pero más poderoso, más antiguo, una entidad que parecía haber sido forjada en los fuegos del mismísimo inframundo, con la única intención de proteger lo que yacía al otro lado de los portales, y de castigar a quienes osaran abrirlos.

Elena podía sentir su corazón latir con fuerza, como si su cuerpo supiera que estaba frente a algo que no debería existir en este mundo.

Más allá del miedo paralizante que comenzaba a dominar su cuerpo, había una sensación abrumadora de que el demonio estaba allí por ella, como si su presencia hubiera roto algún tipo de equilibrio.

El demonio seguía avanzando lentamente, sus ojos rojos clavados en Elena, que permanecía congelada, atrapada entre la realidad y el miedo que la rodeaba, las garras chirriando entre el concreto de la pared del túnel.

La sombra oscura que lo rodeaba parecía pulsar con vida propia, acercándose más y más, como si fuera una serpiente que se enrollaba a su alrededor, sofocando el aire y la luz.

De pronto, una luz intensa que venía de detrás de Elena rompió la oscuridad, desbordando de repente la escena.

Elena parpadeó, cegada por el resplandor, y cuando sus ojos se ajustaron, vio a la anciana de semanas atrás, la misma que había aparecido en la cervecería con su amuleto.

Esta vez, sin embargo, no había nada de fragilidad en ella.

La vio pasar a su lado, en su mano extendida sostenía el símbolo que Elena había visto colgar de su cuello antes, pero ahora emanaba una luz tan fuerte que parecía quemar la misma oscuridad.

El demonio se retorció y emitió un gruñido profundo, lleno de ira y dolor. Sus garras trataron de avanzar, pero la luz lo detenía, repeliéndolo como si fuera una barrera impenetrable. Las sombras que lo rodeaban comenzaron a retroceder, desintegrándose en el aire.

El demonio emitía un chillido estremecedor. Elena pudo sentir cómo la presión en el aire se aliviaba, y el demonio, aunque poderoso, comenzó a desaparecer, como si la luz lo estuviera desterrando a su propia dimensión.

La anciana, con una postura firme y casi juvenil, caminaba hacia él, cada paso que daba fortalecía el símbolo, y con un movimiento final, levantó su mano en alto, dejando que la luz se extendiera por todo el lugar.

Con un último rugido, el demonio se desintegró por completo, desapareciendo en un susurro de sombras y viento, como si nunca hubiera estado allí.

Elena, temblorosa, dejó escapar el aliento que no sabía que había estado conteniendo. Sus ojos se fijaron en la anciana, que ahora parecía una figura de otro mundo, poderosa y firme, tan diferente de la mujer frágil que había conocido.

—¡Espera! —llamó Elena, su voz entrecortada por el shock—. ¡Tú me salvaste!

La anciana se detuvo por un momento, su mirada dura y llena de desdén. Lentamente, se giró hacia Elena, sus ojos brillando con una intensidad que no había mostrado antes.

—Te lo advertí, niña —dijo con una voz firme y llena de reproche, sus palabras cortantes como un cuchillo—. Te advertí que tu curiosidad te traería problemas, nos traería problemas.

Y, sin más, la anciana se volvió y comenzó a alejarse, camino ágilmente hacia el andén arriba del túnel, Elena intentó seguirla con la mirada, pero pronto se perdió, desapareciendo sin dejar rastro.