Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Erevan apretó su mano suavemente, pero había una sombra de duda en sus ojos. Sabía que las cosas se complicarían aún más, pero en ese momento, mientras caminaban juntos por las calles desiertas de Barcelona, ambos sabían que no se detendrían.

Al día siguiente, Elena y sus amigas habían quedado en encontrarse para almorzar en su lugar habitual cerca de la universidad, un pequeño café con mesas al aire libre en Bellaterra. Hannia y Valeria ya estaban allí cuando Elena llegó, con una ligera demora.

—¡Elena! —gritó Valeria, agitando una mano desde su mesa. Hannia, siempre más tranquila, solo sonrió y levantó su taza de café a modo de saludo.

Elena sonrió de vuelta, pero había algo diferente en su sonrisa.

No era la misma sonrisa despreocupada de siempre, sino una versión más forzada, como si estuviera ausente.

Mientras se acercaba a la mesa, sintió un peso en su pecho, una mezcla de culpa y confusión.

Sabía que algo estaba cambiando, y temía que sus amigas lo notaran.

—Perdón, chicas —dijo al sentarse—. Estaba… ocupada con algunas cosas.

—No te preocupes, aunque ya sabes que Valeria no puede vivir sin dramatizar tu ausencia —bromeó Hannia, ganándose un empujón amistoso de Valeria.

—¿Y esas “cosas” es el chico guapo llamado Erevan? —agregó Valeria con una sonrisa pícara, mirando directamente a Elena.

Elena se sonrojó al instante, bajando la mirada mientras intentaba ocultar la sonrisa que se asomaba en sus labios. Hannia soltó una risita cómplice y Valeria se limitó a levantar las cejas, divertida por la reacción de su amiga.

—¡Oye! Es solo que te echamos de menos, Elena —replicó Valeria, entre risas—. Últimamente, estás muy ausente, y no solo físicamente. ¿Todo bien?

La pregunta fue directa, casi demasiado directa para el gusto de Elena. Sintió el peso de la mirada de Valeria sobre ella y se agitó incómoda en su asiento.

—Sí, claro, todo bien —respondió rápidamente, evitando los ojos de Valeria—. Solo he estado… distraída, supongo.

—Distraída es quedarse corto —intervino Hannia, con una sonrisa que pretendía aliviar la tensión—. Apenas nos vemos, y cuando lo hacemos, parece que estás en otro mundo.

Elena tragó saliva, sintiendo cómo las palabras de Hannia daban en el clavo. Estaba, de hecho, en otro mundo, o al menos con un pie en él. Intentó desviar la conversación hacia temas más ligeros.

—Lo siento, chicas —dijo con una sonrisa—. He estado lidiando con muchas cosas últimamente. El trabajo, las clases… ya saben.

Pero Valeria no parecía dispuesta a dejarlo pasar tan fácilmente. Se inclinó hacia Elena, apoyando los codos sobre la mesa, mirándola con una mezcla de preocupación y curiosidad.

—¿Es por ese Erevan? —preguntó Valeria, bajando un poco la voz como si fuera a contar un secreto—. Hay algo en él… no sé. Es diferente.

Elena sintió un nudo formarse en su estómago. Erevan era, en efecto, más que diferente. Pero no podía decirles la verdad, no sin sonar como una completa lunática.

—Erevan… es complicado —murmuró Elena, tratando de esquivar la conversación. Pero Hannia y Valeria no parecían dispuestas a dejarlo pasar.

—Mira, Elena, no queremos meternos en tu vida —dijo Hannia suavemente—. Pero si algo te está molestando, puedes contar con nosotras. Ya sabes, no tienes que enfrentarlo todo sola.

Elena sintió una punzada de culpa. Sabía que sus amigas estaban intentando ayudar; no obstante, la verdad era demasiado complicada para compartirla.

Se sentía atrapada entre dos mundos: el mundo de sus amigas, normal y predecible, y el mundo oscuro y caótico que Erevan representaba.

—Lo sé, Hannia. Y gracias. Solo necesito tiempo para organizar mis pensamientos —respondió Elena finalmente, con una sonrisa que esperaba fuera convincente.

Valeria y Hannia intercambiaron miradas. Sabían que algo más estaba sucediendo, no obstante respetaron su espacio. Aun así, la preocupación era palpable en el aire.

El almuerzo continuó con conversaciones superficiales y risas nerviosas.

Elena intentaba concentrarse, pero su mente seguía vagando hacia Erevan, hacia las sombras que la acechaban en sueños y, ahora, en su vida diaria.

Notaba pequeños destellos en el rabillo del ojo, sombras que no parecían pertenecer a nada tangible.

La sensación de frío se colaba de manera inesperada, como si las sombras estuvieran siempre cerca, esperando el momento adecuado para atacar.

Cuando el almuerzo terminó y se despidieron, Elena sintió un alivio momentáneo al alejarse.

Mientras caminaba por las calles de Bellaterra, la llenó una sensación de vacío.

Su distancia emocional con Hannia y Valeria crecía, y aunque quería acercarse a ellas, sabía que la verdad de su situación las pondría en peligro.

Y eso era algo que no estaba dispuesta a hacer.

Elena caminó sola por la calle, notando cómo las sombras se alargaban mientras el sol comenzaba a ponerse.

Mientras avanzaba, sentía que el mundo a su alrededor cambiaba, que el límite entre lo real y lo onírico se volvía cada vez más borroso.

Los murmullos en el aire se hacían más audibles, casi como si las sombras estuvieran hablando entre sí, conspirando.

Al llegar a la parte baja de la estación de Bellaterra, Elena se detuvo en seco.

En la pared, justo al lado de ella, había un símbolo.

No lo había visto antes, pero sabía que no era una coincidencia.

Era una marca oscura, tallada en la pared, con formas retorcidas que recordaban a los símbolos que había visto en sus sueños.

Se acercó para observarlo más a detalle. Sentía una energía extraña emanando del símbolo, una energía que le resultaba extrañamente familiar. Fue entonces cuando escuchó una risa suave, apenas un susurro en el viento.

Elena volteó rápidamente, su corazón latiendo desbocado. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Solo sombras, que parecían moverse con una vida propia.