Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

AL ACECHO



Elena no podía evitar la sensación de que, desde que Erevan había cruzado al mundo humano, algo profundo había cambiado entre ambos. La relación que antes estaba construida en fragmentos de sueños y sombras ahora parecía tangible, real. Sin embargo,

con esa realidad venían también los peligros que ambos sabían que los acechaban.

Caminaban por las calles de Barcelona, como dos figuras anónimas en medio del bullicio de la ciudad.

Sin embargo, todo parecía diferente. La mano de Erevan no era solo carne; se sentía como noche compactada bajo una fina capa de calidez artificial.

Al sujetarla, Elena no percibía el flujo de la sangre, sino el latido de un motor de sombras, un peso mineral que parecía anclarla a un suelo que no pertenecía a Barcelona, como si él fuera el único punto sólido en un mundo que empezaba a volverse de papel.

De vez en cuando, sus dedos rozaban los de Elena, y una descarga eléctrica pasaba entre ellos.

No era doloroso, pero siempre la tomaba por sorpresa.

Era como si las energías de ambos mundos se estuvieran ajustando, intentando coexistir en un delicado equilibrio.

Aunque su conexión emocional era cada vez más fuerte, había algo en Erevan que siempre le recordaba que no era del todo humano.

Esa frontera entre lo que él era y lo que ella representaba se hacía cada vez más difusa.

—Es extraño —dijo Elena en voz baja, observando cómo la gente a su alrededor seguía con su vida, completamente ajenos a la presencia de Erevan—. A veces olvido lo que eres… hasta que algo como esto sucede.

Erevan la miró, sus ojos oscuros, reflejando una mezcla de emociones que no lograba descifrar del todo.

—Lo que soy es algo que no debes olvidar —respondió con suavidad, pero con una nota de advertencia en su voz—. Y aunque lo intentes, el mundo en el que vivo no dejará que lo olvides.

Una punzada fría atravesó su espalda, dejándola inquieta.

Lo sabía. Sabía que había algo más allá de las palabras que él le había dicho, algo que ambos estaban esquivando, pero que eventualmente tendrían que enfrentar.

Pero por ahora, no quería pensar en eso.

No quería que las sombras los alcanzaran aún.

Caminaron en silencio durante un rato, sumergidos en sus propios pensamientos. Cada paso que daban juntos parecía acercarlos más, pero también aumentar la distancia entre Elena y su antigua vida.

Al pasar cerca del parque de la Ciutadella, vieron un grupo de niños corriendo y riendo bajo la luz tenue del atardecer. Elena se detuvo un momento para observarlos, pensando en lo lejos que se sentía de esa despreocupación.

—A veces siento que estoy perdiendo todo lo que solía ser —confesó en voz baja—. Valeria, Hannia… todo parece tan lejano ahora.

Erevan se detuvo a su lado, observando a los niños desde una distancia prudente. Su rostro mostraba una mezcla de comprensión y algo más oscuro, algo que Elena no lograba identificar del todo.

—Eso es lo que ocurre cuando te acercas a las sombras —dijo, su voz ronca—. Empiezas a ver el mundo de manera diferente, y a veces pierdes cosas en el proceso.

Elena lo miró, sintiendo una punzada en el pecho. No quería perderse a sí misma, ni a las personas que la rodeaban, pero sabía qué estaba ocurriendo. Y lo peor de todo era que no sabía cómo detenerlo.

—No quiero que esto me aleje de ellas, Erevan —dijo con sinceridad, su voz apenas un susurro—. Pero tampoco quiero perderte a ti.

El silencio entre ellos se alargó, mientras el viento de la tarde hacía que las hojas de los árboles susurraran a su alrededor. Erevan levantó la mano y tocó suavemente la mejilla de Elena, su toque cálido y firme.

—No puedo prometerte que no perderás cosas —admitió—. Lo que te puedo prometer es que, mientras esté aquí, haré lo posible por protegerte de lo que venga. Pero el precio de estar aquí… no es algo que se pueda evitar.

Elena cerró los ojos por un momento, dejando que las palabras de Erevan se asentaran en su mente. Sabía que él tenía razón. Nada de esto sería fácil, pero no podía dar marcha atrás. La conexión entre ellos era algo que no podía romper, ni siquiera si lo intentara.

Sin embargo, conforme avanzaban, la sensación de ser observada no se desvanecía.

Y no era solo porque estuvieran juntos. Había algo más, algo en las sombras que seguía moviéndose en los márgenes de su visión.

Algo que la hacía sentir inquieta, como si hubiera un tercer ojo observándolos desde la oscuridad.

Esa sensación se intensificó cuando, al doblar una esquina, vieron una figura solitaria de pie bajo un farol, como si los estuviera esperando. Al principio, Elena pensó que podría ser una coincidencia, pero cuanto más se acercaban, más claro era que esa persona los observaba con fijeza.

Elena sintió cómo el corazón comenzaba a latir más rápido, una mezcla de temor y curiosidad que no podía ignorar.

Erevan, a su lado, no hizo ningún movimiento para acelerar el paso ni para detenerse.

Simplemente, caminaba con la misma calma que siempre lo caracterizaba, pero Elena sabía que él también había notado la presencia.

Al llegar a la intersección donde estaba la figura, pudieron verla con más claridad.

Era un hombre mayor, su rostro parcialmente oculto bajo una capucha oscura.

No tenía la apariencia de alguien peligroso, pero había algo en su postura, en la forma en que los miraba, que hacía que los pelos de la nuca de Elena se erizaran.

Erevan se detuvo unos pasos antes de llegar donde estaba el hombre, como si estuviera midiendo cada movimiento. El hombre los observó en silencio durante unos segundos más, antes de dar un paso hacia delante.

—El tiempo corre, las sombras y luz siempre se entrelazan —murmuró, su voz ronca, pero clara en la quietud del atardecer—. No pueden existir el uno sin el otro; sin embargo, cuando se mezclan, el equilibrio se rompe.

Elena lo miró confundida, sin entender del todo lo que estaba diciendo. Erevan, en cambio, frunció levemente el ceño, como si las palabras del hombre despertaran algo en su interior.

—¿Quién eres? —preguntó Erevan, su voz firme pero controlada.

El hombre esbozó una sonrisa amarga, mostrando unos dientes amarillentos y desgastados.

Dio un paso hacia ellos; sin embargo, Erevan lo detuvo con un gesto de su mano.

El aire alrededor de ellos parecía volverse más denso, como si el ambiente reconociera la tensión entre las fuerzas que los rodeaban.

—Soy solo un testigo —dijo el hombre—. Un observador de cómo los mundos chocan. Y te lo advierto… las sombras no son las únicas que te buscan. Hay otros que no se quedarán quietos mientras sigues cruzando estas fronteras.

Elena sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Las palabras del hombre eran vagas, pero resonaban con una verdad que no podía ignorar. Erevan no dijo nada durante un momento, como si estuviera considerando la amenaza implícita.

Finalmente, el hombre dio un paso hacia atrás, aún sonriendo.

—Debes tener cuidado, muchacha —dijo, dirigiéndose a Ella—. Estás jugando con fuerzas que no puedes entender. No todo lo que brilla es luz, ni todo lo que es oscuro es maldad.

Con esas últimas palabras, el hombre se giró y desapareció entre las sombras de las calles, dejándolos solos bajo el farol parpadeante.

Elena miró a Erevan, buscando respuestas en sus ojos, pero él seguía observando el lugar donde el hombre había desaparecido, con una expresión de preocupación que rara vez dejaba ver.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Elena, sintiendo la urgencia en su propia voz—.¿De qué estaba hablando?

Erevan suspiró, volviendo su atención hacia ella. Sus ojos brillaban con una mezcla de emociones que ella no lograba descifrar del todo.

—Hay muchas fuerzas en juego, Elena —respondió en voz baja—.

No solo sombras, sino también aquellos que protegen el equilibrio.

Hay entes por todos lados. No son todos humanos, al menos no en la forma en que los conoces.

Son antiguos, como yo, algunos tienen la misión de detener a seres como nosotros, otros buscan poder, y algunos simplemente coexisten.

Elena sintió un nudo formarse en su estómago. Sabía que había peligro, pero hasta ese momento no había comprendido la magnitud de lo que estaban enfrentando.

—¿Y ahora qué? —preguntó, sintiendo que las sombras se caían sobre ellos, incluso en ese momento de calma.

Erevan la miró fijamente con su mirada intensa y protectora.

—Ahora… tenemos que movernos con cuidado. Están observando, y no solo ellos. Algo más se avecina, algo que ha sido despertado por nuestra conexión. No sé cuánto tiempo podremos mantenernos ocultos, pero sé que lo que viene no será fácil.

Elena asintió lentamente, sintiendo el peso de sus palabras. Sabía que su vida nunca volvería a ser la misma, pero también sabía que no podía volver atrás. No cuando ya estaba tan profundamente entrelazada con Erevan y el mundo que él representaba.

Caminaban de regreso, con el aire frío de la noche envolviéndolos, pero el silencio entre ellos ya no era cómodo. Las sombras no solo acechaban en sus sueños, sino que ahora parecían seguirlos en cada paso que daban.

Elena miró a Erevan de reojo. Sabía que él estaba preocupado, aunque intentaba no mostrarlo. La amenaza que el hombre había dejado colgando sobre ellos era real, y no podían ignorarla por más tiempo.

—¿Qué piensas que harán los tipos raros de sombreros puntiagudos? —preguntó Elena finalmente, rompiendo el silencio mientras se adentraban en las calles cada vez más desiertas.

Erevan apretó los labios, como si estuviera evaluando cuidadosamente sus palabras.

—No lo sé exactamente —admitió—. Pero ellos no permitirán que esté aquí. Intentarán detenerme, o detenernos.

Elena sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Las sombras, los guardianes, entes desconocidos, todos en una guerra que ella apenas comenzaba a entender. Pero, por encima de todo, estaba Erevan, el demonio que había cruzado al mundo humano por ella.

—Enfrentaremos esto, Erevan —dijo en voz baja, su mano alcanzando la suya—. Vamos a enfrentarlo juntos.