Capítulo 11 #2
—¿Y tú? —preguntó finalmente, mirando a Erevan con una mezcla de fascinación y temor—. ¿Estuviste aquí? ¿Fuiste parte de esa destrucción?
Erevan bajó la mirada por un momento, antes de volver a levantarla con una expresión de sincera introspección.
—Fui testigo —admitió en voz baja—. Pero no participé de la manera en que otros lo hicieron.
Siempre he sido diferente, más atraído por lo que no podía entender de los humanos.
Pero, sí… Yo estaba aquí, caminando entre las sombras de esta ciudad.
Y aunque han pasado siglos, algunas de esas cicatrices, tanto en tu mundo como en el mío, nunca han sanado del todo.
Elena lo observó en silencio, comprendiendo que las historias que escuchaba no eran solo relatos antiguos, sino parte de la realidad en la que ahora vivía.
—Bien, bien, basta de esto. —Vamos al Palau Güell —dijo Elena mientras caminaban por las calles adoquinadas—. Es un lugar famoso por su arquitectura, pero también está impregnado de simbolismo y misterio.
Erevan la siguió, manteniendo la mirada atenta en cada esquina, como si estuviera buscando algo en los detalles que los rodeaban.
Elena podía sentir su inquietud, pero también una fascinación creciente.
Todo en su mundo era nuevo para él, y aunque sentía peligro en cada esquina, también había un misterio que ambos querían desentrañar.
Al llegar al Palau Güell, la impresionante estructura de Antoni Gaudí se alzaba ante ellos. Las puertas de hierro forjado, adornadas con símbolos góticos y orgánicos, parecían vigilar la entrada como guardianes de un secreto bien guardado.
—Gaudí era un genio —dijo Elena, mirándolo con admiración—. Se decía que conocía los secretos de las antiguas órdenes. Mira estos detalles —señaló hacia las figuras de hierro—, son más que decoraciones. Cada una de ellas representa algo, una pieza de un rompecabezas que aún nadie logra descifrar.
Erevan se acercó a las puertas, pasando las yemas de sus dedos por las figuras metálicas, como si pudiera sentir su historia a través del contacto.
—Hay poder en esto —dijo, casi en un susurro—. Pero no es como el que conozco. Es más antiguo, más complejo.
Elena lo miró, fascinada por cómo la historia y la arquitectura que había pasado por alto durante tanto tiempo ahora adquirían un significado completamente nuevo gracias a la presencia de Erevan.
Después de un rato, decidieron continuar su paseo.
Siguieron caminando, explorando los rincones menos conocidos de la ciudad.
La tarde empezaba a caer, y el cielo sobre Barcelona se teñía de un azul profundo.
Era el tipo de momento que Elena habría disfrutado como cualquier otra joven, pero esta vez, todo tenía una intensidad diferente.
Conforme caminaban por las calles de Barcelona, Elena nuevamente notó cómo la gente a su alrededor reaccionaba instintivamente a Erevan.
Las personas lo miraban, algunas con una curiosidad sutil, otras con una incomodidad palpable.
Había algo en su presencia que atraía, pero también que inquietaba a quienes se cruzaban en su camino.
Las chicas murmuraban a su paso, y aunque Erevan no parecía notarlo, Elena sentía cómo el mundo a su alrededor reaccionaba a él.
—Parece que llamas la atención —comentó Elena con una sonrisa.
Erevan la miró, desconcertado.
—¿Qué quieres decir?
—Las chicas te miran, los chicos se apartan —dijo ella, divertida—. Hay algo en ti que no pasa desapercibido.
Erevan se encogió de hombros.
—Es probable que perciban algo, aunque no sepan qué es. Mi naturaleza es distinta, aunque en este mundo esté limitado por las reglas humanas, sigo siendo un demonio.
Elena asintió, comprendiendo. La esencia de Erevan estaba ligada a la oscuridad, a un poder que era difícil de ocultar por completo. Y aunque él pareciera humano a simple vista, había algo en su presencia que rompía la normalidad del mundo que lo rodeaba.
Llegaron al parque del Laberinto d'Horta, un lugar donde las sombras y la luz jugaban entre los setos altos y bien cuidados. Elena se detuvo un momento para admirar el entorno, mientras Erevan caminaba lentamente a su lado.
—Este lugar… es como una metáfora de nuestra situación —dijo Erevan, mientras miraba el laberinto frente a ellos—. Cada camino parece llevarnos a una salida, pero también puede perderte en los giros equivocados.
Elena lo miró con una mezcla de admiración y preocupación. Sabía que estaban entrando en territorio desconocido, no solo en su relación, sino también en lo que ambos representaban para sus respectivos mundos.
—Lo importante es que no estamos solos en este laberinto —respondió Elena, con una determinación que la sorprendió a sí misma—. Encontraremos el camino, juntos.
Erevan sonrió, levemente, un gesto raro, pero lleno de significado. Era como si, por un momento, se permitiera creer en algo más allá de las sombras que habían marcado su existencia durante tanto tiempo.
Elena sintió una calidez inesperada al tomar la mano de Erevan.
Era como si, por un momento, las sombras que los rodeaban se disiparan, permitiéndole sentir algo profundamente humano en su toque.
Su piel era firme, pero cálida, una contradicción con la frialdad que representaba su naturaleza.
El contacto entre ellos no solo llevaba una corriente de electricidad emocional, sino también una especie de ancla, un recordatorio de que, a pesar de todo, no estaban solos en medio del caos.
Elena cerró los ojos por un segundo, dejando que esa conexión la inundara, permitiendo que una chispa de romance se entrelazara con la adrenalina del peligro constante.
Su corazón latía con fuerza; no era solo el temor lo que la hacía sentir tan viva, sino la cercanía de Erevan, el tirón magnético entre ellos que iba más allá de lo físico.
Era como si su unión estuviera destinada a desafiar las leyes de ambos mundos, empujándolos a caminar por un camino desconocido y lleno de sombras.
Mientras avanzaban por el laberinto de setos, sus pasos resonaban contra el suelo de tierra, creando ecos que parecían rebotar a su alrededor.
El aire estaba cargado, pesado, como si algo invisible los estuviera observando desde las esquinas oscuras.
Las farolas antiguas lanzaban tenues luces amarillas que apenas iluminaban su camino, dejando el resto del lugar sumido en una penumbra inquietante.
Elena podía sentir la tensión en el aire, aunque el silencio entre ellos no era incómodo. Había algo más, algo que no podían ver, pero que sentían profundamente. Erevan mantenía su mirada alerta; aunque su rostro estaba tranquilo, ella sabía que sus pensamientos estaban llenos de precaución.
A pesar de todo, había una paz temporal en su caminar, un equilibrio frágil entre el romance que surgía entre ellos y el peligro que acechaba en cada rincón.
Ese equilibrio pronto se rompió al llegar a un espacio más abierto entre los jardines, Elena sintió cómo Erevan se detenía bruscamente.
Ella también paró en seco, sus ojos recorriendo el entorno en busca de lo que había captado la atención de Erevan.
Al fondo, la oscuridad pareció cuajar en formas humanas.
No eran personas; eran columnas de sombra coronadas por agujas blancas y afiladas que rasgaban el aire nocturno.