Capítulo 11
SOMbrAS Y LUCES

Elena y Erevan caminaban por las calles de Barcelona al amanecer, el aire fresco suavizaba el calor remanente de la ciudad.
La luz del sol empezaba a teñir los edificios de tonos dorados y rosados, pero la ciudad aún no se había despertado del todo.
Solo unos pocos madrugadores paseaban cerca de la Rambla, y el sosiego los envolvía, marcando un contraste con la tormenta de emociones que se gestaba entre ellos.
—Me resulta extraño —dijo Erevan, rompiendo el silencio, su voz baja y reflexiva—. Estar aquí, en este mundo. Es tan… distinto.
Elena lo miró de reojo, notando cómo su mirada recorría los edificios, los árboles, las personas que pasaban. Era como si cada detalle del mundo humano lo sorprendiera y lo perturbara al mismo tiempo.
—¿En qué sentido? —preguntó ella, sinceramente interesada en su perspectiva.
Erevan se detuvo por un momento, observando una tienda de antigüedades con la vitrina llena de relojes antiguos, estatuillas y pequeños amuletos. Sus ojos se entrecerraron, como si buscara algo familiar entre los objetos.
—Todo parece estar vivo de una manera que no entiendo —dijo finalmente—.
Este mundo es una herida abierta que se niega a cicatrizar —dijo Erevan, deteniéndose frente a la vitrina—.
Todo aquí tiene un metabolismo frenético; la luz no solo ilumina, muerde la materia, y el tiempo corre como sangre caliente por las calles.
En mi reino, la existencia es un fósil de sombra, estático y eterno.
Aquí, hasta el aire parece tener hambre de ser vivido.
Elena se sorprendió reflexionando sobre sus palabras. A menudo, ella misma se daba cuenta de las pequeñas maravillas del mundo, pero escucharlo desde la perspectiva de alguien como Erevan, alguien que provenía de una dimensión tan diferente, le daba un significado completamente nuevo.
—Es como si todo aquí tuviera un propósito —continuó él, mientras caminaban lentamente hacia la Plaça Sant Jaume—. Pero hay algo más. Algo que no logro entender del todo. Es como si este lugar estuviera envuelto en algo más antiguo, algo que aún no ha sido desenterrado.
Elena lo miró, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y emoción.
—Bueno, Barcelona tiene sus secretos. Muchas de las historias que han quedado enterradas en el tiempo tienen raíces en lugares como este.
Llegaron a la Plaça Sant Jaume, un sitio donde las huellas del pasado romano y medieval se entrelazaban con la vida moderna. El espacio estaba casi vacío a esa hora, lo que le daba un aire solemne, casi místico.
—Aquí, por ejemplo, —dijo Elena, señalando alrededor—, la tradición sostiene que esta plaza fue testigo de rituales antiguos, muchos de ellos para proteger a la ciudad de las fuerzas oscuras.
Erevan inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos recorriendo el pavimento bajo sus pies.
—Puedo sentirlo —susurró—. Hay una energía aquí, algo que permanece oculto bajo la superficie. Como una red invisible que mantiene el equilibrio.
Elena se sorprendió de cuán sensible Erevan era a esas energías.
Aunque su mundo estaba hecho de oscuridad, él era capaz de sentir los ecos de los antiguos rituales de protección que todavía vibraban en la ciudad.
Quizá su conexión con la oscuridad le daba una percepción más aguda de lo que acechaba en los rincones más ocultos de la realidad.
—Te mostraré otro lugar —dijo ella, con una sonrisa en los labios—. Creo que te gustará.
Se dirigieron hacia el barrio del Raval, donde las calles estrechas y enrevesadas parecían abrazar los secretos del pasado.
El lugar tenía una atmósfera enérgica, mística, pero con un trasfondo oscuro, como si cada rincón pudiera contar una historia de tiempos más siniestros.
Las fachadas de los edificios mostraban cicatrices del tiempo, algunas decoradas con grafitis coloridos que contrastaban con las sombras que caían entre los callejones.
A medida que avanzaban, el bullicio de la ciudad se mezclaba con un sonido lejano de tambores y el crepitar de fuego.
—¿Qué es ese ruido? —preguntó Erevan, frunciendo el ceño, claramente intrigado por lo que escuchaba.
Elena sonrió, reconociendo de inmediato lo que estaba sucediendo.
—Es el Correfoc —dijo Elena—. Una tradición catalana, donde los dragones y diablos desfilan por las calles lanzando chispas y fuegos artificiales. Es una especie de danza con el fuego, representando la lucha entre el bien y el mal. La gente se une a los demonios en un espectáculo impresionante.
Erevan se sobresaltó ligeramente, sus ojos se oscurecieron por un momento, mientras su cuerpo se tensaba. —¿Demonios? ¿Aquí? —preguntó, su voz baja y alerta, como si estuviera preparado para enfrentar una amenaza inminente.
Elena lo miró, sorprendida por su reacción, y luego soltó una risa suave. —No, no son reales —explicó, con una sonrisa tranquilizadora—. Es solo una representación, una tradición festiva. Los “diablos” son solo personas disfrazadas; no tienen nada que ver con demonios reales.
Erevan relajó los hombros, pero aún parecía fascinado por la idea. —Interesante —murmuró, aun observando las figuras demoníacas, danzando en la distancia, lanzando chispas en el aire—. Los humanos juegan con el fuego de formas inesperadas.
A medida que avanzaban hacia la fuente del sonido, el aire se llenaba de humo y chispas.
Las calles estaban repletas de personas corriendo bajo las llamas, mientras figuras demoníacas danzaban en una coreografía caótica, haciendo girar sus antorchas encendidas.
Erevan observaba todo con una mezcla de curiosidad y cautela, como si todavía no estuviera del todo convencido de que esos “diablos” no fueran una amenaza.
Elena se detuvo en una esquina, mirando cómo los demonios del Correfoc avanzaban entre la multitud, sus trajes de cuernos y fuego, recordándole vagamente a Erevan. Era como si las leyendas de siglos atrás se hubieran fusionado con la realidad, trayendo a la vida esos antiguos temores.
—Es curioso —murmuró Elena, volviendo la vista hacia Erevan—, ver cómo la gente celebra y juega con aquello que, en otro contexto, les aterrorizaría.
Erevan observó la escena con atención, su mirada fija en las figuras que se movían entre la multitud.
—Tal vez en el fondo de sus corazones saben que las sombras siempre han estado cerca de ellos —respondió, su voz grave, pero sin malicia—. Esta es su forma de enfrentarse a lo que no entienden, de encontrar poder en aquello que les asusta.
Erevan miró a lo lejos, su rostro se oscureció mientras las llamas del Correfoc iluminaban las esquinas de su semblante. Parecía que las luces y los sonidos del festival despertaban antiguos recuerdos en su mente, relatos de tiempos más oscuros que aún resonaban en el presente.
—Lo que representan no es solo un mito, Elena —continuó, su voz ahora más baja y cargada de gravedad—.
Hace siglos, cuando esta ciudad no era más que una colonia romana, las sombras no eran solo figuras de celebraciones.
Los demonios caminaban entre los hombres, no como cuentos de terror, sino como fuerzas reales que sembraban el caos.
Erevan hizo una pausa, sus ojos se enfocaron en la distancia como si pudiera ver a través del tiempo.
—Barcino fue una vez un lugar de poder, donde los portales entre nuestro mundo y el tuyo eran numerosos.
Los demonios, como yo, no estaban confinados a los sueños o a las sombras, sino que podían manifestarse plenamente en tu mundo.
Fue una época de destrucción y horror. Los hombres y mujeres de esta ciudad vivieron bajo el constante temor de nuestra presencia.
—Hizo una pausa antes de continuar, como si seleccionara cuidadosamente las palabras—.
Los más poderosos entre nosotros no solo se alimentaban del miedo, No éramos visitantes, Elena; éramos una plaga de humo y colmillos.
Los cielos de Barcino no conocían el azul, sino el gris de los incendios que alimentábamos con la desesperación de los vivos.
La ciudad no era piedra, era un matadero de almas donde el miedo fluía tan denso que podías beberlo en cada rincón.
Caminábamos por estas mismas calles como dueños de una arquitectura de agonía.
Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras escuchaba. La idea de que los demonios habían caminado por las mismas calles que ahora recorrían, causaba una mezcla de asombro y terror.
—Los líderes humanos de aquel tiempo —prosiguió Erevan— se dieron cuenta de que no podían enfrentarse a nuestras fuerzas solo con espadas y escudos.
Buscaron ayuda en la magia y las religiones antiguas.
Recurrieron a rituales olvidados para intentar sellar los portales y contenernos; sin embargo, para lograrlo, sacrificaron mucho.
La ciudad quedó marcada por un pacto que sellaría el destino de ambos mundos.
Erevan se detuvo y miró a Elena directamente a los ojos, sus palabras cobraron una solemnidad inusitada.
—El puente que viste antes —dijo, como si sus propias palabras pesaran con el peso del recuerdo—, con la calavera atravesada por la daga. Sabes tan bien como yo que ese no es un lugar cualquiera. Es donde se selló el portal principal, el último que quedaba abierto en Barcino.
Erevan hizo una pausa, midiendo sus palabras antes de continuar.
—Aquel puente no es arquitectura; es una mordaza de piedra.
Los humanos no solo cerraron una puerta, empalaron la esencia de un soberano del vacío.
La daga no es metal, es una astilla de odio sagrado que mantiene el cráneo del demonio como una sutura infectada entre nuestras realidades.
Lo que tú tocaste fue el latido contenido de un dios encadenado, esa daga fue forjada con acero demoniaco y engarzada con piedras que canalizan la magia antigua.
Ese poder fue suficiente para cerrar el portal y detener la invasión, pero también dejó una cicatriz en el tejido que separa nuestros mundos.
Y ambos sabemos que esa cicatriz nunca se ha cerrado por completo.
Elena imaginó los horrores que Barcino debió haber vivido en aquellos tiempos. La destrucción, el caos, los demonios caminando por las calles como si fueran dioses furiosos. No eran solo mitos, sino una historia oculta bajo la superficie de la leyenda.