Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Elena, sin embargo, no podía dejar de preguntarse cuánto tiempo podría mantener esa cuerda floja sin que se rompiera.

Hizo su mejor esfuerzo por mantener la conversación fluida mientras Valeria y Hannia continuaban con sus preguntas.

El almuerzo transcurrió entre risas y comentarios ligeros, aunque Elena notaba cómo Erevan mantenía su distancia emocional, respondiendo solo lo necesario, casi como si estuviera midiendo cada palabra.

—Así que, ¿a qué te dedicas, Erevan? —preguntó Hannia, jugando con su tenedor mientras clavaba la mirada en él, esperando una respuesta.

—Trabajo… con cosas complicadas —respondió Erevan, con una sonrisa que intentaba ser amigable, aunque a Elena le pareció ligeramente tensa—. Nada que valga la pena explicar en detalle.

Valeria lanzó una carcajada mientras se inclinaba hacia Elena.

—¡Ah, el tipo misterioso! —dijo, dando un pequeño codazo a su amiga—. Me gusta. Mantiene las cosas interesantes, ¿verdad?

Elena sonrió, aunque notó que su respiración se aceleraba ligeramente.

Cada vez que Erevan hablaba, la posibilidad de que algo saliera mal flotaba en su mente.

Sabía que sus amigas no sospechaban nada, pero también era consciente de que cualquier descuido podía ponerlas en peligro, incluso si no entendían por completo lo que estaba sucediendo.

Finalmente, cuando terminaron de comer, Valeria y Hannia parecieron relajarse un poco, aunque las preguntas no cesaron del todo.

—Bueno, fue genial conocerte, Erevan —dijo Valeria mientras se levantaba—. Espero que te quedes por aquí un tiempo más. Nos caes bien.

Erevan asintió cortésmente, y Elena sintió un ligero alivio al ver que las chicas estaban satisfechas con las respuestas vagas que él había dado.

—Nos veremos pronto —añadió Hannia, despidiéndose de él con una sonrisa antes de volverse hacia Elena—. No te desaparezcas, ¿sí? Todavía tenemos que planear algo para el fin de semana. Lo prometiste.

Elena asintió mientras las despedía, sintiendo el peso de las miradas de sus amigas en su espalda. Valeria, en particular, se giró hacia ella con una expresión cómplice, haciéndole gestos y levantando el pulgar en señal de aprobación mientras sonreía de oreja a oreja.

—¡Vaya, vaya, Elena! —le gritó Valeria en broma mientras se alejaba—. ¡Nos debes una buena charla la próxima vez!

Elena se ruborizó ligeramente y agitó la mano, despidiéndose de las chicas mientras veía cómo se alejaban. Luego, sintió el peso de la presencia de Erevan a su lado, siempre tan firme y constante, pero con esa oscuridad latente que solo ella parecía percibir.

—Tus amigas parecen agradables —comentó Erevan cuando se quedaron solos, su voz tranquila, aunque había un matiz de cautela en ella.

—Lo son —respondió Elena, tratando de ignorar la tensión que había permanecido durante todo el almuerzo—. Lo siento si te hicieron sentir incómodo. Pueden ser bastante curiosas a veces.

—No es nada que no esperara —dijo Erevan, con una leve sonrisa que apenas se formó en sus labios—. Solo me sorprende lo fácil que es… pasar desapercibido aquí.

Elena se quedó en silencio por un momento, preguntándose cómo sería para Erevan caminar entre los humanos, fingiendo ser uno de ellos cuando, en realidad, era todo lo contrario.

Mientras se alejaban de la cafetería, comenzaron a caminar en silencio por las calles de la ciudad.

El sol comenzaba a descender, y la luz del atardecer teñía el cielo de tonos dorados y rosados.

Elena se encontraba perdida en sus pensamientos, preguntándose cómo había llegado a este punto: caminando al lado de un demonio liberado de un portal, sabiendo que su vida nunca volvería a ser la misma.

Erevan caminaba a su lado con su habitual serenidad, como si la idea de estar en un mundo diferente no lo perturbara en absoluto.

De vez en cuando, sus miradas se cruzaban, pero el silencio entre ellos no era incómodo, sino más bien una tregua temporal, una pausa antes de las inevitables conversaciones que ambos sabían que tendrían que tener.

Finalmente, Elena decidió romper el silencio.

—¿Qué significa todo esto para nosotros?

—preguntó, su voz, apenas un susurro en medio del bullicio de la ciudad.

Barcelona, con su caos de sonidos y luces, parecía el lugar menos adecuado para una conversación tan íntima, pero Elena sentía que ya no podía esperar más. Demasiadas preguntas la atormentaban.

Erevan no respondió de inmediato. Sus pasos se ralentizaron un poco, como si estuviera pensando detenidamente en sus palabras.

—Significa que nuestras vidas están entrelazadas de una forma que nunca imaginé —respondió, finalmente, su tono grave y bajo, como si estuviera hablando más para sí mismo que para ella—. Pero también significa que no podemos permitirnos el lujo de ser descuidados.

Elena se detuvo un instante, girando para enfrentarlo. Las luces de la ciudad brillaban a su alrededor, pero su atención estaba completamente en él.

—No puedo seguir viviendo con miedo, Erevan —dijo, su voz temblando ligeramente, aunque había firmeza en ella—. No quiero seguir huyendo de lo que sea que esté al acecho. Quiero saber todo. Necesito entender qué está pasando realmente. No puedo seguir en la oscuridad.

Erevan la observó en silencio por un momento, sus ojos oscuros brillando con una intensidad que la dejó sin aliento. Había algo en su mirada, una mezcla de emoción reprimida y un conocimiento profundo que le hacía sentir que apenas había rozado la superficie de lo que él era.

—Te diré lo que pueda —respondió finalmente, con una calma que ocultaba las tensiones internas que él mismo enfrentaba—. Pero hay cosas que ni siquiera yo sé aún. Nuestro mundo y el tuyo… están cambiando. El equilibrio entre ambos ha sido perturbado desde que crucé.