Capítulo 10 #3
Erevan hizo una pausa, inclinando ligeramente la cabeza, como si estuviera considerando su propio estado. Sus ojos, que antes parecían tan insondables, ahora mostraban un destello de vulnerabilidad que no había visto antes.
—Es extraño —dijo con sinceridad—. Sentir el peso de este cuerpo, las limitaciones físicas… En mi mundo, soy libre de las restricciones de la carne. Aquí, estoy atado a esta forma, pero no me disgusta… del todo. —Esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
Elena se sorprendió al notar que, a pesar de todo, Erevan parecía adaptarse sorprendentemente bien. Pero eso solo añadía a su creciente incertidumbre. ¿Qué significaba todo esto para ellos? ¿Qué tipo de vida podrían construir cuando las sombras aún los acechaban desde el otro lado?
Erevan la observó en silencio, sus ojos fijos en ella, mientras Elena trataba de encontrar algo que decir. Las preguntas seguían acumulándose en su mente.
—¿Tienes hambre? —preguntó, finalmente, con una pequeña sonrisa, aunque no estaba del todo segura de la respuesta que recibiría.
Erevan la miró con cierta confusión antes de bajar la mirada hacia su abdomen. Colocó una mano sobre su estómago, como si estuviera intentando comprender una sensación desconocida.
—Siento algo extraño aquí —admitió, señalando su estómago—. Un vacío que arde. No estoy seguro de qué es.
Elena rio entre dientes, aún desconcertada por la normalidad de la situación. Erevan, el demonio que había habitado en sus sueños y cuyas sombras habían acechado su mente, estaba ahora en su pequeño apartamento, hablando como si fuera cualquier otro ser humano.
—Dame un momento para ducharme y cambiarme —dijo Elena, señalando el baño—. Luego, podemos ir a buscar algo de comer.
Erevan asintió, aunque su rostro mostraba una leve curiosidad. Elena, por su parte, se sintió extrañamente incómoda. No estaba acostumbrada a tener a alguien en su departamento, y mucho menos a alguien como Erevan, cuya presencia física aún la desconcertaba.
Tomó su ropa y se dirigió al baño, cerrando la puerta detrás de ella con un suspiro.
El sonido del agua de la ducha llenó el pequeño espacio, dándole un respiro momentáneo de la tensión que sentía.
Mientras el agua caliente caía sobre su piel, intentó ordenar sus pensamientos.
Esto no era solo una extraña nueva realidad que debía aceptar, sino también un recordatorio de cuán lejos había llegado desde que Erevan había aparecido en su vida.
Elena se quedó un buen rato bajo el agua caliente, intentando despejar su mente.
Sin embargo, a pesar del calor relajante, sus pensamientos seguían desordenados.
No podía dejar de pensar en lo surrealista que era todo.
Estaba en su pequeño apartamento, preparándose para salir a comer con un demonio que había cruzado del mundo de las sombras al mundo de los humanos.
Algo que solo meses atrás hubiera sido impensable.
Cerró la llave del agua y se quedó mirando su reflejo en el espejo empañado.
Tomó una toalla y la usó para despejar la niebla del espejo.
Se observó detenidamente, notando cómo sus rasgos parecían más despiertos, más vivos, a pesar de todo lo que había vivido en los últimos días.
Con un leve suspiro, tomó un peine y comenzó a arreglarse el cabello, dedicándole más tiempo del habitual.
Mientras lo hacía, una pequeña parte de ella se preguntaba por qué se estaba esmerando tanto.
Quizás fuera el hecho de que, aunque Erevan no fuera humano, seguía siendo alguien que la atraía profundamente.
Se aseguró de que cada mechón de su cabello cayera en el lugar correcto antes de finalmente vestirse. Se colocó una camiseta sencilla y unos jeans, algo cómodo, pero que no dejaba de verse bien. Dio un último vistazo al espejo y, satisfecha con su apariencia, salió del baño.
Lo primero que vio fue a Erevan de espaldas a ella, de pie junto a su escritorio. Estaba mirando su laptop cerrada, con una expresión de curiosidad contenida. Parecía fascinado por el objeto, pero también desconcertado.
—¿Qué es esto? —preguntó Erevan sin girarse del todo, su tono neutral, pero con un matiz de genuina extrañeza.
Elena esbozó una pequeña sonrisa al verlo así, casi como si fuera un niño descubriendo algo nuevo por primera vez.
—Es mi laptop —respondió mientras se acercaba lentamente a él—. Es… de dónde obtengo la información, ya sabes, para investigar y aprender cosas.
Erevan finalmente se giró hacia ella, sus ojos oscuros y penetrantes aún fijos en el aparato.
—Un libro de luz —dijo, como si tratara de darle sentido a lo que veía—. Nunca había visto algo así. En mi mundo, los libros son físicos, palpables, escritos en piel o piedra, pero esto… parece guardar todo dentro, sin páginas.
Elena sonrió suavemente. La idea de explicar la tecnología moderna a un demonio la hizo sentir algo ligera, incluso en medio de toda la tensión.
—Es una especie de libro, supongo —dijo—. Pero no tiene páginas. Todo está almacenado en su interior. Y puedes acceder a lo que quieras con solo escribir las palabras correctas.
Erevan asintió lentamente, como si intentara procesar lo que ella decía.
—Los humanos han avanzado más de lo que imaginaba —comentó en voz baja, casi para sí mismo—. No obstante, este avance no cambia las sombras que los acechan.
Elena sintió un escalofrío ante esas palabras, recordando la oscuridad que aún persistía en el borde de sus pensamientos. Intentó apartar la inquietud de su mente mientras miraba a Erevan, quien aún observaba la laptop, fascinado por algo tan común para ella.
Mientras se preparaban para salir, una nueva inquietud se instaló en su pecho.
¿Qué pensaría la gente cuando los vieran juntos?
¿Alguien podría notar que Erevan no era…
completamente humano? Su presencia, aunque tranquila ahora, era poderosa y, de alguna manera, desconcertante.
Había algo en él que no encajaba del todo en este mundo.
Elena y Erevan caminaron hasta una pequeña cafetería cerca de la plaza, un lugar discreto y acogedor con mesas al aire libre.
A medida que avanzaban por las calles, Elena no podía evitar notar cómo la gente a su alrededor parecía apartarse ligeramente de Erevan, casi como si algo en su presencia los incomodara, aunque ninguno parecía ser consciente del motivo.
Había una atmósfera de inquietud que lo rodeaba, y aunque no hacía nada abiertamente extraño, parecía que el aire a su alrededor era más denso, más pesado.
Finalmente, se sentaron en una mesa apartada, bajo una sombrilla, y pidieron algo para almorzar.
Elena, aun acostumbrándose a la idea de estar en público con un demonio, trataba de comportarse con naturalidad.
A su alrededor, algunas chicas murmuraban entre sí, lanzando miradas hacia Erevan y luego susurrando algo a sus amigas.
Erevan, por su parte, parecía ajeno a todo esto, aunque su mirada oscura seguía cada movimiento con una precisión inquietante. Cuando les trajeron el menú, Elena comenzó a explicarle lo que cada plato contenía, consciente de que él no tenía idea de lo que significaban muchas de las palabras.
—Esta es una ensalada —dijo, señalando un plato de hojas verdes—. Verduras y aderezos.
Erevan la observó con curiosidad, como si estudiara la forma en que sus manos se movían por encima del menú.
—Y esto es… pasta —continuó Elena, señalando otro plato—. Es hecho de harina, agua y huevo… más o menos.
Erevan asintió, pero su atención estaba más centrada en la manera en que las personas los miraban de reojo.
Era como si él pudiera sentir la energía que emanaban hacia él, una mezcla de fascinación y temor, algo que siempre había experimentado en su propio mundo, pero que aquí se manifestaba de una forma diferente.
Justo cuando el camarero dejó sus platos en la mesa, Elena escuchó dos voces familiares acercándose.
—¡Elena! —gritó una de las voces, y antes de que pudiera reaccionar, Valeria y Hannia aparecieron a su lado, sonriendo ampliamente.
El mundo se le caía encima, contuvo la respiración y sintió cómo la sangre abandonaba su cuerpo.
Ambas chicas se acercaron a la mesa, y Valeria, con su habitual energía, rodeó la mesa rápidamente, quedándose a espaldas de Erevan mientras le dirigía a Elena una mirada que lo decía todo.
“¿Quién es este tipo guapo?”, decían sus gestos exagerados mientras movía las cejas, claramente impresionada por la apariencia de Erevan.
Elena intentó disimular una sonrisa nerviosa mientras Valeria y Hannia tomaban asiento junto a ellos.
—Chicas, este es Erevan —dijo Elena, tratando de mantener la calma—. Erevan, ellas son Valeria y Hannia, mis mejores amigas.
Las chicas saludaron a Erevan con sonrisas, aunque sus miradas eran inquisitivas. Valeria, siempre directa, fue la primera en romper el hielo.
—¿Y de dónde se conocen? —preguntó con una sonrisa divertida, sus ojos recorriendo a Erevan con curiosidad.
—Nos conocimos… en circunstancias bastante inusuales —respondió Erevan, su voz profunda pero calmada. Parecía que, aunque no estaba acostumbrado a este tipo de interacción social, intentaba adaptarse a la situación.
Hannia, menos directa que Valeria, se inclinó hacia delante con una sonrisa amable.
—¿De dónde eres, Erevan? No pareces de por aquí.
Elena sintió un nudo en el estómago. Sabía que esta pregunta podía ser complicada. Erevan no parecía inmutarse.
—De un lugar muy lejano —respondió con un tono críptico, una ligera sonrisa curvando sus labios. No mentía, pero tampoco revelaba más de lo necesario.
Valeria rio, golpeando ligeramente el brazo de Elena.
—¿Un lugar lejano? —repitió con una sonrisa pícara—. Eso suena misterioso. ¿Viajero del mundo, entonces?
Erevan la miró directamente, su expresión casi imperceptiblemente divertida.
—Podría decirse que sí —respondió Erevan sin perder esa calma que tanto desconcertaba a Elena.
Las chicas rieron, encantadas por la respuesta enigmática de Erevan, pero Elena, aunque aliviada de que la conversación no hubiera ido demasiado lejos, no podía evitar sentir la tensión en el aire.
Cada respuesta de Erevan era medida, controlada, como si estuviera caminando sobre una cuerda floja entre dos mundos.