Capítulo 10 #2
Todo en su apariencia, desde su postura hasta la forma en que sus dedos descansaban ligeramente sobre su costado, transmitía una confianza tranquila y controlada, casi antihumana, pero sin evocar miedo.
Erevan habitaba su nuevo cuerpo con una precisión geométrica.
No era solo elegancia; era la quietud de un depredador que ha decidido transformarse en refugio.
Sus movimientos no tenían el ruido de la carne; se desplazaba con la fluidez del mercurio, como si sus músculos fueran fibras de noche tejidas bajo una piel de porcelana fría, haciendo que la realidad a su alrededor se sintiera, por contraste, frágil y descolorida.
Elena estaba inmóvil. La presencia de Erevan, aunque imponente, no era la misma amenaza que había sentido en sus pesadillas. No había sombras ni humo negro a su alrededor, en sus ojos ya no había rastro de furia, solo preocupación.
Erevan la observó en silencio por un momento más, sus ojos oscuros, buscando algo en los de ella, antes de hablar de nuevo, sacándola de ese trance en el que parecía haberse sumergido.
—¿Recuerdas algo, Elena? Lo que sucedió anoche… —Su voz, aunque baja, tenía un peso que la hizo temblar por dentro—. Las sombras, el portal… —hizo una breve pausa, sus ojos profundos ahora brillando con una mezcla de preocupación y urgencia—. Necesito saber qué sentiste.
Elena parpadeó, como si su mente hubiera estado bajo el agua todo este tiempo, emergiendo lentamente al sonido de sus palabras.
Las sombras. El portal. Todo aquello que había ocurrido la noche anterior volvió a su mente de golpe, pero en este instante, lo único que importaba era que él estaba allí, frente a ella, esperando una respuesta que ni siquiera sabía si podía dar.
—¿Qué sentí? —preguntó Elena sin poder despegar la vista de cada detalle de Erevan—. ¿Fuiste tú quien… me trajo aquí?
Erevan asintió lentamente, pero su mirada se desvió, como si no estuviera seguro de cómo explicar todo lo que había sucedido.
Bajó la mirada por un momento, como si las palabras fueran más difíciles de lo que imaginaba. Finalmente, levantó los ojos y habló, su voz, ahora más grave, llena de sombras.
—Cuando el portal comenzó a abrirse, lo sentí antes de verlo.
Desde mi mundo, las sombras comenzaron a moverse, inquietas, como si algo estuviera rompiendo la barrera entre nuestros mundos.
Al principio, pensé que había algo más cruzando, algo que no debería.
Pero cuando vi la grieta abrirse completamente, supe que eras tú.
Habías logrado hacer lo que nadie más había intentado.
Erevan hizo una pausa, su mirada se endureció al recordar.
—No fui el único que lo sintió. Las sombras comenzaron a perseguirme.
No querían que cruzara, querían detenerme y mantenerme atrapado allí.
Pero una vez que vi el portal, supe que esa era mi única oportunidad.
Las sombras me acechaban, se aferraban a mí, pero logré escapar justo a tiempo.
Cruzar fue… —Su voz se apagó un instante, como si los recuerdos lo invadieran—.
No fue fácil. Sentí como si me estuviera desmembrando, dejando una parte de mí en aquel lugar; sin embargo, al cruzar, me materialicé en este cuerpo, el que ahora ves.
Elena escuchaba con atención, sus ojos fijos en él. Era difícil imaginar todo lo que él había vivido, lo que había dejado atrás.
—Pero lo más difícil fue verte a ti —continuó, su voz volviéndose más suave—.
Cuando llegué a este mundo, te vi enfrentándote a ese demonio; pude notarlo casi arrastrándote hacia el portal.
Te gritaba, pero no parecías escucharme.
Te dije que lo cerraras, una y otra vez, pero el caos a tu alrededor era demasiado.
Entonces, te vi caer y desvanecerte. Por un momento pensé que te había perdido.
Erevan dio un paso hacia ella, aunque aún mantenía cierta distancia, con su mirada llena de emoción.
—No podía dejarte allí. Recordé tus sueños, tus pensamientos… Intuición y conexión me guiaron hasta este lugar, hacia tí. Necesitaba asegurarme de que estabas bien. Ahora estás aquí, estoy aquí…
Erevan dio otro paso más hacia ella, el espacio entre ambos se desvanecía lentamente, y la intensidad en su mirada se profundizó. Extendió su mano, acercándola con cuidado a su rostro, como si temiera romper ese momento frágil.
Cuando sus dedos tocaron la mejilla de Elena, la frontera entre los mundos terminó de colapsar.
No fue un roce humano; fue el impacto de una corriente eléctrica milenaria que le quemó los sentidos.
El contacto sabía a ozono y a lluvia antes de la tormenta, una sensación que le cosió el alma a esa mano de nieve y sombra, despertando en ella una voracidad que ya no era solo suya, sino el eco del hambre de Erevan transformado en devoción.
Elena respiró hondo, su pecho se expandió y sus músculos se tensaron de inmediato, pero no por miedo, sino por algo más profundo, más visceral.
Cada fibra de su ser respondía al toque de Erevan, un fuego que se encendía en su interior y la dejaba casi paralizada por la intensidad del momento.
El mundo alrededor de ella pareció detenerse por completo.
Su cuerpo reaccionaba antes que su mente, como si la simple presencia de él, su toque en su mejilla, desencadenara una tormenta de emociones que la desbordaba.
El ambiente estaba cargado de una electricidad que la hacía vibrar.
No podía moverse, no quería moverse. Todo lo que había sentido por él, todos esos sueños, esa atracción inexplicable que había crecido dentro de ella como una obsesión, ahora se materializaba en ese simple roce.
El calor subía por su cuello y sus manos temblaban levemente, intentando contener el torbellino que se desataba en su interior.
Elena sintió cómo el calor la invadía, envolviéndola completamente.
Justo cuando parecía que se rendiría a la intensidad del momento, respiró profundo y cerró los ojos por un instante.
Necesitaba recuperar el control, recordar por qué estaban allí, lo que realmente estaba en juego.
Dejó escapar un suspiro, suave pero decidido, y, con un esfuerzo que le costó más de lo que esperaba, se apartó ligeramente de su toque.
—Erevan… —dijo con la voz apenas quebrada por la mezcla de emociones—, hay muchas cosas que quedan pendientes ahora.
Elena bajó la mirada por un segundo, tratando de despejar su mente y enfocar sus pensamientos en las cuestiones pendientes.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó, forzándose a mantener la calma, aunque su pulso seguía acelerado—. No hemos pensado en todo lo que esto significa. El portal… las sombras… todo esto.
Se apartó completamente, echando su cuerpo hacia atrás, su mirada ahora más firme. Sabía que lo que acababa de suceder entre ellos no podía ser ignorado, pero tampoco podía permitirse dejarse llevar por esas emociones. No cuando el peligro acechaba tan cerca.
—Tenemos que ser realistas. ¿Cómo manejamos esto? —añadió, con una mezcla de preocupación y determinación en la voz.
Elena lo observó, buscando entender más. Sabía que la relación entre ellos era compleja, llena de riesgos desconocidos, pero también sentía una atracción innegable hacia él. Y aunque tenía miedo de lo que implicaba su conexión, no podía ignorar lo que había sucedido.
—¿Y ahora? —preguntó ella, con una mezcla de incertidumbre y determinación—. ¿Qué hacemos? ¿Corremos peligro?
Erevan se sentó en el borde de la cama, su postura aún cautelosa, como si temiera que cualquier movimiento pudiera romper el frágil equilibrio entre ellos.
—Ahora —dijo en voz baja—, tenemos que ser cuidadosos. Los portales no son solo caminos entre mundos; son puertas que pueden atraer cosas peores que yo. Y nuestra conexión no ha pasado desapercibida en ninguno de nuestros mundos.
Elena lo miró, sintiendo una mezcla de emociones en su pecho. Sabía que su relación con Erevan no sería fácil, que las sombras seguirían acechando, pero estaba dispuesta a descubrir hasta dónde podía llevarla ese vínculo, aunque significara enfrentar un peligro que apenas comenzaba a comprender.
Mientras lo observaba parado en su habitación, con su figura completamente humana iluminada por la tenue luz de la lámpara, el shock comenzó a asentarse.
Había tantas preguntas que se arremolinaban en su mente que apenas podía articularlas.
¿Cómo era posible que él estuviera aquí, de carne y hueso?
La naturaleza de su conexión había sido extraña y sobrenatural hasta ahora, pero verlo ahí, tan real, trastornaba su comprensión de todo lo que creía saber.
Su boca se abrió, pero no emitió ningún sonido.
Erevan estaba frente a ella, un ser que había conocido como una sombra, una entidad difusa entre el miedo y el deseo.
Ahora, en su habitación, era tangible, con un cuerpo físico que no solo existía en el mundo de los sueños, sino también en el suyo.
¿Qué haría él aquí? ¿Cómo podría encajar en su vida cotidiana?
Elena comenzó a imaginar las preguntas más mundanas, como flashes caóticos en su mente: ¿Dónde dormiría Erevan?
¿Cómo podría integrarse a la vida humana?
¿Comía, bebía? ¿Sentía frío o calor? La mera idea de que Erevan pudiera sentarse a la mesa y compartir una comida le parecía casi absurda, pero ahora, esa era su realidad.
Al estar en presencia de Erevan, su mente intentaba buscar respuestas que solo complicaban más sus pensamientos.
—¿Cómo… cómo es posible que estés aquí? —preguntó, finalmente, su voz temblorosa, sintiendo el peso de sus propias palabras.
Erevan la miró con una expresión que denotaba una mezcla de paciencia y algo más, algo insondable. Se acercó un poco más a ella, manteniendo siempre esa calma casi sobrenatural.
—La esencia de lo que soy cambió justo al cruzar al mundo humano —explicó con voz suave, pero con un matiz serio—. Aquí, mi forma ha adoptado las características que reconoces como humanas. Pero en mi interior sigo siendo lo que soy. No pertenezco a este mundo, aunque ahora estoy dentro de él.
Elena se quedó en silencio, procesando sus palabras. La situación la abrumaba, había algo reconfortante en la manera en que Erevan hablaba, algo que hacía que sus preocupaciones se suavizaran, aunque no desaparecieran por completo.
—¿Y… cómo te sientes? —preguntó, su voz, casi un susurro, como si temiera la respuesta.