Capítulo 10
ENTRE MUNDOS

Elena corría, pero el suelo bajo sus pies era como una neblina espesa que no la dejaba avanzar.
A su alrededor, sombras se alargaban y retorcían como seres vivos, susurrándole cosas que no entendía, pero cuyo tono estaba cargado de malignidad.
El aire era denso y pesado, como si estuviera llena de ceniza y humo.
A lo lejos, figuras oscuras se acercaban lentamente, mientras un sonido bajo y constante, como un latido, resonaba en su mente, acelerando con cada paso que daba.
Su corazón latía descontrolado, y aunque intentaba correr, sus piernas se movían con una lentitud exasperante, como si estuviera atrapada en arenas movedizas.
Podía sentir la presencia de algo detrás de ella, una energía oscura, una fuerza que la envolvía, cada vez más cercana.
El miedo la invadía completamente, como si todo su ser estuviera hecho de puro pánico.
Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su garganta.
Estaba atrapada en una pesadilla sin fin, rodeada de sombras que parecían crecer a su alrededor, acercándose cada vez más.
La figura que emergió no era una sombra, sino una extirpación de la luz.
El Guardián no caminaba; su presencia era una hemorragia de oscuridad que infectaba el aire.
Sus ojos no brillaban, eran dos pozos de azufre incandescente que calcinaban la voluntad de Elena, mientras sus cuernos se retorcían hacia el techo como astillas de obsidiana viva, reclamando el espacio con una autoridad necrótica.
No había calma en su mirada, solo una amenaza palpable, como si el aire mismo temblara bajo su poder.
Las sombras a su alrededor parecían cobrar vida, ondulando y retorciéndose hacia Elena, como si estuvieran intentando atraparla, arrastrándola hacia la oscuridad eterna que él protegía celosamente.
Elena intentó retroceder, pero tropezó, cayendo al suelo. Las sombras la alcanzaron, rodeándola, susurrando en su oído cosas que no comprendía. Tenía la respiración acelerada, la piel erizada, mientras el miedo la atrapaba.
Entonces, justo cuando las sombras parecían tragársela por completo, abrió los ojos de golpe.
Elena despertó con un jadeo violento, empapada en sudor, su corazón latiendo a mil por hora.
Sus manos temblaban, y su respiración era errática.
La sensación de pánico aún la envolvía, como si no hubiera escapado del todo de la pesadilla.
Se llevó las manos a la cara, tratando de calmarse, de convencer a su mente de que estaba a salvo en su habitación.
Una duda la atravesó como un rayo. ¿Cómo llegué aquí? —se preguntó, desconcertada—. Estaba en el puente… ¿Cómo es posible que ahora esté en mi cama?
Sintió una presencia al pie de su cama. El terror regresó instantáneamente.
Su cuerpo se tensó, y, sin pensarlo, comenzó a moverse bruscamente hacia el otro lado de la cama, buscando alejarse de lo que fuera que estuviera allí.
La habitación estaba en penumbra, y la sensación de que algo o alguien la observaba era demasiado intensa para ignorarla.
Su mente corría a mil por hora, recordando las sombras de su pesadilla.
¿Había cruzado algo más con Erevan? ¿Había dejado abierto el portal?
Elena estaba a punto de saltar de la cama cuando una voz resonó suavemente en la oscuridad.
—Elena… —La voz no vibró en el aire, sino que arañó el silencio de la habitación.
Tenía la textura de la seda arrastrándose sobre tumbas, un sonido que no parecía viajar por el oxígeno, sino por un hilo invisible conectado directamente a la médula de Elena.
Era una voz que conservaba el frío del vacío, pero que ahora intentaba desesperadamente aprender la calidez de un pulmón humano.
Reconoció al instante esa voz. Era Erevan.
Su respiración comenzó a calmarse al mismo tiempo que su corazón latía con más fuerza, como si el reconocimiento de la voz de Erevan hubiera desatado una nueva ola de emociones. Sus manos aún temblaban.
Elena sintió una energía electrizante recorrer cada fibra de su ser.
Su respiración, aunque más lenta, no traía alivio; al contrario, cada inhalación parecía llenar su pecho de una mezcla intensa de temor y deseo.
Su corazón palpitaba con tanta fuerza que sentía que podría oírse en la quietud opresiva de la habitación.
La presencia al pie de su cama era innegable.
Él estaba allí. Por fin. Después de noches enteras, atrapada en el velo de las sombras, soñando, deseando, temiendo…
ahora él estaba en su mundo. La sombra que había visto tantas veces en sus sueños, formada por humo ondulante y sombras densas, estaba ante ella en carne y hueso, aunque el velo de la oscuridad lo seguía envolviendo.
Aun así, Elena no podía apartar la mirada, incapaz de ignorar la gravedad que él ejercía sobre cada uno de sus sentidos.
El terror que había sentido hace apenas segundos ahora se desvanecía, dejando un vacío que rápidamente se llenaba de algo mucho más profundo, más visceral.
Su obsesión, esa llama que había ardido dentro de ella desde la primera vez que lo sintió en sus sueños, se avivaba con cada segundo que pasaba en su presencia.
Las dudas y los miedos que la habían atormentado durante días se desmoronaban ante la realidad que ahora tenía frente a ella. Erevan estaba aquí.
El eco suave de su nombre en los labios de Erevan fue como un roce en su piel.
—Elena… Esa voz que siempre había sido un susurro lejano, un eco perdido entre sus pesadillas, que sonaba en su mente, ahora resonaba en el aire de manera tangible.
El sonido se deslizó en sus pensamientos, deteniendo el caos en su interior solo para reemplazarlo por un anhelo ardiente.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente, su respiración entrecortada y su pecho subiendo y bajando al compás del latido frenético de su corazón.
Estaba paralizada, pero no por el miedo; era la intensidad del momento lo que la mantenía anclada.
Cada centímetro de ella lo sentía. No podía verlo con claridad, pero la oscuridad que lo rodeaba era como un abrazo que la envolvía también a ella, una presencia que la consumía por completo.
Cada segundo que pasaba, la distancia entre ellos se volvía más irreal, como si el espacio mismo se plegara, acercándolos, aunque aún no se hubieran tocado.
Elena sabía que lo que veía en la penumbra era solo un reflejo de lo que él era, una fracción del ser que la había atormentado y fascinado en igual medida.
Y, aun así, ese simple reflejo era suficiente para hacerla tambalearse, sumida entre la razón y el deseo.
Quería hablar, pero las palabras se le escapaban.
Su mente no podía comprender del todo lo que su cuerpo ya sabía: lo había deseado todo este tiempo, en lo más profundo de su ser.
El sueño de tantas noches de insomnio, el misterio que la había empujado al límite de lo que conocía como realidad, ahora estaba allí, frente a ella.
Y nada, ni la oscuridad ni el peligro que presentaba, podía apartarla de ese instante.
Por primera vez desde que lo conoció, Elena supo que estaba atrapada, no por las sombras que él traía consigo, sino por la fuerza irrefrenable de su atracción. Cada fibra de su ser le rogaba que se acercara, que rompiera esa distancia.
Erevan la observaba, sus ojos invisibles desde la penumbra, ella podía sentir su mirada, profunda e intensa, como si la estuviera descifrando, como si cada respiro de ella fuera una respuesta a una pregunta que él había estado haciéndose durante siglos.
Y entonces lo entendió: él también la había esperado.
Esta conexión que los unía, esta luz y oscuridad que se mezclaban, era más antigua que los sueños en los que lo había encontrado.
Era el destino que finalmente los había reunido.
—Erevan… —murmuró ella, su voz temblorosa, todavía atrapada entre el miedo y el alivio.
Él no se movió, permaneciendo de pie, como si temiera asustarla más si se acercaba. Sus ojos, ahora oscuros y llenos de emociones contenidas, la miraban con una intensidad que casi la hacía olvidar el miedo que había sentido momentos antes.
—Lo siento —dijo él en voz baja—. No quería que te asustaras. Solo… necesitaba asegurarme de que estabas bien.
La voz de Erevan ya no era ese eco profundo y ominoso que antes retumbaba por todo el espacio, envolviendo cada rincón de su mente con temor y desconcierto.
Ahora era más suave, más humana, y el simple hecho de escucharla hacía que las piernas de Elena se debilitaran.
Lo que antes la había aterrado, ahora la envolvía en una calidez desconcertante.
Esa misma voz, que alguna vez había cargado con el peso de lo desconocido, ahora susurraba con una dulzura inesperada, y cada palabra que pronunciaba la atravesaba, derritiendo sus defensas.
Ya no era solo sonido; era una caricia invisible que se deslizaba por su piel, un roce sutil que la hacía olvidar todo, dejándola atrapada en el magnetismo de su presencia.
Elena se llevó una mano al pecho, intentando calmar el latido frenético de su corazón. La realidad de lo que estaba viendo comenzó a asentarse en su mente. Erevan estaba allí, no en un sueño, sino en su habitación.
—Estoy bien… —respondió finalmente, aunque no estaba segura de si lo decía por convicción o por necesidad de creerlo.
Erevan dio un paso hacia ella, la luz de la lámpara de noche lo iluminó por completo: un joven imponente, con un porte que irradiaba una extraña mezcla de peligro y elegancia.
Su cabello era oscuro, casi negro, ligeramente ondulado, cayendo justo por encima de sus cejas, enmarcando un rostro que parecía esculpido con una perfección inquietante.
Tenía una mandíbula fuerte y definida, pero sus rasgos eran suaves en ciertos ángulos, lo que le daba una apariencia que combinaba una galantería clásica con una chispa de misterio.
Sus ojos, de un color negro intenso, brillaban bajo la tenue luz, profundos y con una mirada que parecía capaz de ver más allá de lo visible.
Había algo en su mirada que desarmaba a cualquiera, como si siempre estuviera observando y comprendiendo más de lo que decía.
Su cuerpo era delgado, pero claramente atlético, con músculos bien definidos que se notaban bajo la chaqueta de cuero negro.
Sus pantalones de mezclilla negra caían perfectamente sobre sus caderas, destacando su porte natural.