Capítulo 9 #6
su propia mente. Los pensamientos se agolpaban en su cabeza.
¿Había cometido un error? ¿Era esto el fin?
Cada tirón de las raíces parecía más fuerte, y el terror paralizaba sus manos.
Su cuerpo reaccionaba por instinto, pero su mente se debatía entre el pánico y la incredulidad.
El sello se rompía frente a ella, y con él, la barrera entre los mundos.
Sin embargo, mientras luchaba con las sombras que la asfixiaban, la presencia de Erevan crecía en su interior, empujándola a continuar.
El ambiente temblaba levemente al rededor de ella, y cada segundo se sentía como una eternidad.
Apretó los dientes, esforzándose por liberar sus manos mientras las raíces apretaban cada vez más. Su respiración era rápida, descontrolada, mientras intentaba encontrar una salida.
En un momento de desesperación, tiró con todas sus fuerzas, logrando al fin liberarse de las raíces que habían atrapado sus manos.
El dolor pulsaba en sus muñecas, pero no tuvo tiempo de pensar en ello.
Justo entonces, una voz profunda resonó a través de la penumbra.
Era grave, poderosa, y parecía provenir de todas partes, envolviéndola con su peso.
—¡Ciérralo! —rugió la voz, cortando el aire con una fuerza que hizo que el corazón de Elena se detuviera por un instante.
Era la voz de Erevan, inconfundible, llenando su mente con una mezcla de poder y miedo. Sus palabras la sacudieron de su aturdimiento. Con las sombras desatadas a su alrededor, el portal abierto y Erevan en peligro, no había tiempo que perder.
Elena miró hacia arriba, hacia el cráneo demoníaco que ahora había cobrado vida, sus cuernos cada vez más pronunciados y sus ojos brillando con una luz intensa y maligna.
Las raíces que antes se movían lentamente, ahora estaban retorciéndose y extendiéndose hacia ella como si quisieran detenerla.
Ese cráneo, ahora, era un ser viviente, un guardián oscuro que protegía el portal a cualquier costo.
Respirando con dificultad, Elena recordó lo que Erevan le había dicho: la daga no solo abría el portal, sino también era la llave para cerrarlo.
Con el tiempo en su contra y las sombras cada vez más cerca de escapar, no había otra opción.
Se aferró a la daga con determinación y la dirigió hacia el cráneo demoníaco, consciente de que esto podría ser su única oportunidad para restaurar el equilibrio.
El cráneo, ahora imbuido de vida propia, se movió hacia delante… Un gruñido bajo resonaba desde su interior, advirtiéndole de que cualquier intento de sellarlo sería en vano.
—¡Déjame hacer esto! —gritó Elena, luchando por liberar su brazo de las raíces. Pero la calavera no la dejaría. Las raíces se aferraban con más fuerza, y el aire alrededor se tornaba más denso, más oscuro, como si estuviera siendo absorbido hacia el portal.
Desesperada, Elena reunió toda su fuerza y, en un acto impulsivo, saltó desde la cornisa, con ambas manos, sujetando firmemente la daga.
El impacto del salto la empujó hacia delante con más fuerza de la que jamás había imaginado.
La daga, resplandeciendo con una luz antigua, atravesó las raíces con un crujido y se hundió en la frente del cráneo demoníaco.
El momento en que la hoja atravesó el cráneo fue como una explosión silenciosa.
Una onda expansiva de energía oscura se desató, envolviendo a Elena y lanzándola hacia atrás.
Las sombras que habían salido del portal chillaron mientras eran absorbidas de nuevo hacia la grieta, arrastradas hacia su mundo.
El portal comenzó a cerrarse de inmediato, las raíces se detuvieron en seco, su fuerza desapareció. El cráneo dejó de moverse y los cuernos que habían comenzado a crecer se desvanecieron en humo, aunque la presencia demoníaca aún se sentía latente en el aire.
Elena cayó al suelo de un golpe, sintiendo que la energía de la noche había sido drenada por completo.
La calma volvió, pero el aire estaba cargado con un peso invisible, como si la oscuridad estuviera contenida pero no completamente erradicada.
Elena, jadeando y con las manos temblorosas, miró hacia el cráneo que ahora había vuelto a su estado inerte, con la daga firmemente clavada en su frente, sellando el portal de nuevo.
—Lo logré —susurró para sí misma, su voz apenas un susurro en la noche tranquila.
Su cuerpo, exhausto y debilitado por el esfuerzo físico y mental, comenzó a ceder ante el peso de la oscuridad que aún latía suavemente en el aire.
Sentía cómo su conciencia se desvanecía, pero no del todo.
En algún lugar, entre el sueño y la vigilia, sus párpados pesados comenzaron a cerrarse, y la oscuridad comenzó a reclamarla.
Justo antes de que su mente se sumergiera por completo en la inconsciencia, entre sus ojos entrecerrados, vio algo.
Una figura humana. Se movía con una calma antinatural, acercándose a ella.
La silueta era difusa, pero había algo familiar en su porte, en la forma en que sus pasos resonaban en las piedras mojadas.
Intentó enfocar la vista, pero su cuerpo no respondía. Una brisa fría rozó su piel y su conciencia se desvaneció por completo. El mundo se apagó en un vacío oscuro, silenciado únicamente por las campanas de una iglesia lejana.