Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 9 #5
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Capítulo 9 #5

Pero el arma parecía resistirse, como si estuviera atada a algo más grande, algo más poderoso.

Tiró con todas sus fuerzas, no obstante la daga no se movió ni un milímetro.

El silencio de la noche fue roto por el repentino sonido de las campanas de una iglesia cercana. El repicar profundo resonó en el aire, sus vibraciones sacudiendo el puente mientras las sombras a su alrededor parecían estremecerse. Eran las tres de la mañana. El momento había llegado.

Elena sintió una oleada de pánico recorrer su cuerpo. Las raíces detrás de la calavera se movían más rápido ahora, sus contornos sinuosos estirándose hacia ella como si la estuvieran observando. El aire se volvió más pesado, y cada campanada parecía intensificar la oscuridad que la rodeaba.

Elena, colgada con una mano en la repisa y los pies apenas apoyados en las piedras de la pared, respiro hondo y tomó con la mano libre la empuñadura de la daga. Con el sonido de la última campanada, aun resonando en sus oídos.

Elena gritó de puro esfuerzo y, con un estallido de hueso y metal, la daga cedió.

Al salir, el cráneo pareció vomitar sombras acumuladas durante eones, una marea de humo que barrió el callejón con la fuerza de un huracán ciego.

El aire se volvió ácido, cargado con el hambre de un mundo que llevaba milenios esperando a que una mano humana cometiera el error de invitarlo a pasar.

Elena casi cayó, apenas manteniendo su equilibrio sobre la repisa.

Justo cuando pensaba que podía respirar, vio cómo el cráneo, ahora libre de la daga, comenzaba a cambiar.

Pequeños cuernos demoníacos empezaron a surgir lentamente de la frente de la calavera, creciendo con un crujido siniestro.

Los ojos vacíos del cráneo empezaron a brillar con una luz rojiza, como si algo dentro de él estuviera despertando de un largo letargo.

Las raíces detrás del sello comenzaron a moverse frenéticamente, retorciéndose en todas direcciones.

Elena observaba con el corazón acelerado mientras el cráneo tomaba vida ante sus ojos.

La oscuridad que se colaba por detrás del sello, era como si hubiera estado esperando ese momento durante siglos.

En ese momento se preguntó si había hecho bien en quitar la daga y abrir el portal.

La sensación de terror se intensificaba dentro de ella, y, en lo profundo de su ser, sentía la energía del portal abriéndose lentamente.

Sabía que había roto el equilibrio entre los mundos.

Y ahora, lo que sea que estuviera sellado, estaba comenzando a cruzar al suyo.

Las sombras no solo emergían, se retorcían con hambre, como si hubieran estado aprisionadas durante siglos, listas para devorar todo a su paso.

Eran un torrente oscuro, formas amorfas y humo denso que parecía absorber la misma luz de las farolas, apagándolas una a una.

Elena sintió cómo su energía escapaba poco a poco de su cuerpo, como si las sombras se alimentaran de su miedo.

Cada paso que retrocedía aumentaba su terror, y en el fondo de su mente, comprendía: Erevan estaba conectado a ellas. Su energía, su oscuridad, era un reflejo de sus pesadillas. Cada sombra representaba un fragmento del mundo que él habitaba, alimentándose de la oscuridad en su interior.

Sabía que desataría algo al retirar la daga, pero no estaba preparada para la magnitud de lo que ahora enfrentaba.

La oscuridad era como una marea imparable, y aunque lo había causado, el control se le escapaba entre los dedos.

Algunas de esas sombras más pequeñas se dispersaron de inmediato, deslizándose por los callejones y desapareciendo en la profundidad de la noche.

Elena estaba aterrada. Sabía que algo había hecho mal, había algo que estaba mucho más allá de su control, y ahora, no podía detenerlo.

Sus piernas temblaban, el aire se volvía denso, casi insoportable.

La incertidumbre se apoderaba de su mente.

No sabía qué esperar. Cada respiración que daba le costaba un gran trabajo, su corazón latía desbocado.

¿Qué estaba pasando? El caos se desataba a su alrededor, y ella no tenía respuestas.

Estaba sola, enfrentándose a lo desconocido.

Sin ella esperarlo, De la grieta de la realidad cayó algo más pesado que el miedo.

Una sombra que no era ausencia de luz, sino una masa de oscuridad mineral y consciente, impactó contra los adoquines con un estruendo que hizo vibrar los cimientos de aquel callejón.

No era un fantasma; era una presencia parasitaria de la realidad, una silueta que parecía beberse las luces de las farolas para dar forma a sus propios bordes.

En ese vacío con forma de hombre, Elena reconoció el latido oscuro que había gobernado sus noches.

Elena se quedó con el cuerpo paralizado entre el miedo y la curiosidad.

Algo en esa sombra la hipnotizaba. Los detalles eran vagos, difusos, pero sus ojos no podían apartarse de ella. Cada movimiento de la sombra parecía lento, calculado, como si estuviera tomando forma deliberadamente frente a ella.

La energía que emanaba esa figura era inconfundible, y aunque todo a su alrededor estaba envuelto en caos, un destello de familiaridad cruzó por su mente, como una chispa de reconocimiento. ¿Era Erevan?

Elena sintió cómo la piel se erizaba, cómo su cuerpo respondía instintivamente a la energía que emanaba ese ser.

La oscuridad que emanaba esa figura parecía abrazarla, envolviéndola en una mezcla de peligro y atracción.

En sus sueños, Erevan siempre había estado al borde, siempre a punto de materializarse, pero esto era diferente.

Esto era real. Cada pulso de energía que sentía ahora la conectaba a esa figura con una intensidad que nunca había experimentado antes.

El miedo la empapaba, pero al mismo tiempo, una fuerza inexplicable la mantenía anclada en el lugar, incapaz de apartar la mirada.

Su respiración era rápida y superficial, pero dentro de ese caos, un solo pensamiento la consumía: Erevan estaba allí, real, más presente que nunca.

Su presencia no solo llenaba sus sueños, ahora también dominaba su realidad, envolviendo cada rincón de su mente, haciéndola olvidar por un momento que el peligro estaba a un paso.

Mientras Elena estaba sumida en sus pensamientos, algo se movió cerca de ella.

Las raíces surgieron detrás del sello como si hubieran estado acechando, esperando el momento perfecto para atacar.

Se abalanzaron sobre Elena, tomándola completamente por sorpresa.

Una de las raíces más gruesas envolvió su pierna con fuerza, casi haciéndola caer al suelo.

Elena jadeó, tambaleándose mientras intentaba liberarse.

Al instante apartó la vista de la sombra que había estado observando y se dio cuenta de lo que ahora tenía frente a ella.

La piedra se transformó en carne petrificada.

Los cuernos brotaron como astillas de obsidiana desgarrando el aire, mientras las cuencas del cráneo se encendían con un fuego sulfúrico.

Las raíces que la atrapaban ya no eran madera; eran nervios expuestos del Umbral, húmedos y hambrientos, que intentaban arrastrarla hacia una fauces de sombra eterna.

Los ojos vacíos de la calavera la miraban directamente, como si hubieran estado esperando este momento.

El terror la invadió, sus facciones eran más definidas, su presencia más amenazante.

El cráneo ya no era solo un sello inerte: se había transformado en algo vivo y espeluznante, con un propósito siniestro.

El pánico se apoderó de su mente. Las raíces se enroscaban en sus piernas y brazos, apretándola con una fuerza inhumana, arrastrándola hacia el sello.

Elena jadeaba, cada respiración era un esfuerzo en medio de la oscuridad que la envolvía.

Todo era opresión: el aire, las sombras, las raíces…