Capítulo 9 #4
“¿A qué hora debo hacerlo?” La respuesta vino sola, como si siempre hubiera estado en su mente.
Tendría que ser a las tres de la mañana.
Esa hora tenía un poder especial sobre ella, una conexión inexplicable con Erevan, sus sueños y las sombras.
Era la hora en que todo sucedía, el punto en el que sus mundos se tocaban con más fuerza.
Mientras comía algo simple —solo un café y una tostada—, su mente continuaba llenándose de recuerdos y fragmentos de información.
La noche anterior, la presencia de Erevan, la oscuridad que los rodeaba, todo indicaba que el momento se acercaba.
Pero ahora, sabía que esta vez no sería solo un sueño.
Esta vez, la realidad se rompería por completo.
Elena se obligó a mantenerse tranquila. Tenía que prepararse para esa noche, pero la espera era lo más difícil.
Las horas pasaban lentas mientras ella trataba de elaborar un plan, y cada minuto la acercaba más al momento crucial.
Recorrió su pequeña sala, revisando una y otra vez los objetos que creía necesitar.
Y a medida que el día avanzaba, comenzó a oscurecer.
La ciudad vibraba con su energía habitual, pero para Elena, el mundo parecía estar en pausa, como si solo ella estuviera consciente de lo que realmente sucedería esa noche.
El reloj marcaba las 11 de la noche. El tiempo se acortaba.
La ansiedad latía en su interior, pero junto a ella, la emoción de lo que estaba por suceder también la impulsaba.
Cuando el reloj se acercó a la 1 de la madrugada, Elena se puso en marcha.
Sabía que debía estar lista para las tres de la mañana, el momento exacto en que los dos mundos se encontrarían, y el portal finalmente se abriría.
Cada paso que daba en dirección al puente del obispo la acercaba a su destino. ¿Estaba lista para lo que iba a suceder? ¿Realmente podría manejarlo? No había tiempo para dudar. Esta noche, lo descubriría.
Elena caminaba por las calles desiertas de Barcelona, su corazón latiendo con fuerza en el silencio de la madrugada. El aire estaba frío y denso, como si la ciudad misma supiera que algo inusual estaba a punto de suceder.
A lo lejos, las campanadas de una iglesia marcaron las 2:30 de la mañana.
El tiempo estaba corriendo, y cada paso que daba la acercaba más al puente, al momento en que todo cambiaría.
El sonido de pasos la sacó de sus pensamientos.
Dos guardias aparecieron en el extremo del callejón, sus siluetas recortadas por las luces tenues de las farolas.
Elena sintió cómo el estómago se encogía.
Los guardias la miraron con sorpresa, y uno de ellos se acercó con un gesto de curiosidad en el rostro.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —preguntó el guardia, su voz grave, rompiendo el silencio de la madrugada.
Elena se detuvo por un segundo, sintiendo el pulso en sus oídos. El aire a su alrededor parecía más espeso, cargado con la tensión del momento. Tenía que pensar rápido. La idea de explicar lo que realmente estaba haciendo, era absurda, pero mentir también la ponía en peligro.
—Solo estoy volviendo a casa —respondió con una sonrisa tensa, intentando sonar despreocupada—. Me retrasé un poco.
El segundo guardia se acercó también, observándola con una mirada más inquisitiva.
—¿Sola? A esta hora, no es seguro caminar por aquí —comentó, sin dejar de mirarla con desconfianza—. Podemos acompañarte.
Elena sintió un nudo en la garganta. Si los guardias decidían seguirla, su plan se vendría abajo. El tiempo corría y cada minuto perdido podía significar el fracaso de su misión. La tensión crecía en su pecho, pero no podía mostrarse nerviosa.
—No, gracias —dijo rápidamente—. Vivo muy cerca. Puedo ir sola.
Los guardias se miraron entre sí, evaluando la situación.
Elena podía notar el escepticismo en sus rostros, como si supieran que algo no estaba bien, pero después de unos segundos de incómodo silencio, asintieron.
—Está bien, pero ten cuidado. No es una buena noche para andar por las calles sola —advirtió el primer guardia antes de dar media vuelta, seguido por su compañero.
Elena observó cómo se alejaban lentamente. Había pasado el primer obstáculo; aun así, la sensación de peligro no había desaparecido. Si algo tan simple como encontrarse con un par de guardias la había hecho dudar por un momento, no podía imaginar lo que le esperaría más adelante, bajo el puente.
Cuando los guardias desaparecieron del callejón, Elena tomó aire profundamente y siguió adelante. El silencio volvió a abrazarla, y con él, la creciente tensión del destino que la esperaba.
Llegó al puente del obispo, su estructura medieval imponente bajo la luz débil de las farolas.
El lugar estaba en silencio absoluto, como si fuera un rincón olvidado de la ciudad, atrapado entre el pasado y el presente.
Elena se detuvo debajo del puente, sintiendo una mezcla de temor y anticipación.
Levantó la mirada hacia el techo arqueado, donde la calavera con la daga clavada la observaba desde las sombras.
Era el símbolo del portal, la llave que separaba su mundo del de Erevan.
Elena frunció el ceño, aunque ya sabía lo que debía hacer.
El desafío de escalar hasta la calavera la hacía sentir nervios.
Había traído una cuerda y unos guantes para ayudarse a subir, pero la altura seguía siendo intimidante.
La calavera estaba justo en el centro del arco, a varios metros de altura, y aunque no había escaleras visibles, había estudiado el puente antes.
Sabía que debía llegar a la daga antes de las tres de la mañana.
Su respiración se volvió más pesada mientras su mirada recorría las paredes de piedra desgastada.
La superficie rugosa estaba cubierta de musgo y humedad, pero también parecía ofrecer algunos puntos de apoyo.
Había una repisa a la que podría llegar trepando.
No había otra opción. Tendría que escalar.
Elena se acercó al muro, dejó su mochila en la base, con sus dedos tocando la piedra fría.
Inspiró profundamente y comenzó a trepar.
Al principio, sus movimientos eran rápidos y ágiles, pero pronto se dio cuenta de que las piedras eran más resbaladizas de lo que parecían.
El musgo hacía que sus manos y pies patinaran, y por un momento, perdió el equilibrio.
Su cuerpo se tambaleó en el aire, pero logró aferrarse con fuerza a una grieta en la pared.
Su respiración era errática, y el miedo se enroscaba en su estómago.
Las sombras a su alrededor parecían moverse, como si la oscuridad del puente se intensificara con cada segundo que pasaba.
Miró hacia arriba. La calavera con la daga parecía más lejos que nunca, casi inalcanzable.
El reloj seguía corriendo, y el tiempo se agotaba rápidamente.
Elena siguió subiendo, sus músculos se tensaban con cada esfuerzo.
Las piedras la cortaban levemente en las palmas de las manos, y sus dedos comenzaban a perder fuerza.
Cuando parecía que estaba a punto de rendirse, miró de nuevo hacia la calavera.
El brillo de la daga, tenue, pero inconfundible, la llamaba. No podía detenerse ahora.
Finalmente, después de lo que le pareció una eternidad, Elena llegó a la repisa estrecha que la dejó a escasos centímetros de la calavera.
Sus manos temblaban mientras alargaba un brazo para intentar tocar la daga, pero aún no lograba alcanzarla.
Desde abajo la distancia entre la repisa y la calavera había parecido mas corta.
La frustración crecía en su pecho, junto con el temor de que no lo lograría a tiempo.
Su mente estaba acelerada, su cuerpo agotado, pero su determinación seguía intacta.
—Vamos… —murmuró para sí misma, mientras extendía su mano lo más lejos que podía.
Con un gran esfuerzo, sus dedos rozaron la daga.
El frío no fue una temperatura, sino una descarga de amnesia gélida que le trepó por el brazo, intentando borrar su humanidad.
Al contacto, el cráneo exhaló una onda de negrura sólida, una pulsación que hizo que el aire se sintiera espeso como brea, mientras el puente vibraba con un gemido de piedra herida.
La piedra bajo sus pies pareció temblar, y un zumbido bajo resonó a través del puente.
Las sombras a su alrededor se profundizaron, casi palpables, mientras la energía oscura se extendía como una marea invisible.
Elena retrocedió un poco, sintiendo cómo la oscuridad se aferraba a su piel, envolviéndola como una segunda sombra.
Pero no podía detenerse. Ahora estaba segura de que este era el umbral entre los dos mundos, el primer paso para abrir el portal era llegar a él.
Aún no había sacado la daga, pero ya podía sentir el poder que albergaba.
El silencio de la noche se volvió pesado, cargado con algo más profundo, algo antiguo.
Elena se aferró al borde de la repisa, su cuerpo temblaba; no solo por el esfuerzo físico de la escalada, sino debido a la tensión que llenaba el aire a su alrededor.
La calavera la observaba desde lo alto del puente, con la daga firmemente incrustada en su centro. La luz tenue de las farolas hacía que las sombras parecieran alargarse y serpentear, y algo en el ambiente se sentía inminente, cargado de poder oscuro.
Elena acercó su mano lentamente hacia la calavera, observando el intrincado trabajo en la empuñadura de la daga.
Era una obra maestra antigua, hecha de acero poderoso, con incrustaciones de piedras preciosas que relucían de manera apagada debido al óxido que se generó por el paso del tiempo.
Detrás de la calavera, una especie de raíces oscuras y retorcidas salían del muro de piedra, casi imperceptibles al principio, pero si uno observaba con detenimiento, podía ver cómo se movían de manera lenta, como si estuvieran vivas.
Las raíces parecían conectadas directamente al cráneo, como si fueran las venas de un ser que aguardaba a ser despertado.
Elena tragó saliva, sintiendo cómo la ansiedad se arremolinaba en su pecho. Sabía que algo estaba mal. Estas raíces… esta oscuridad palpable… todo apuntaba a una presencia demoníaca que había estado sellada durante siglos. Pero había venido hasta aquí con un propósito, y no podía detenerse ahora.
Con una mano, Elena agarró la empuñadura de la daga.
El metal frío mordió su piel mientras la fuerza oscura pulsaba a través de la hoja.
Cerró los ojos, concentrando toda su fuerza en tirar de la daga.