Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Erevan la miró intensamente, sus palabras ahora cargadas de advertencia:

—Ese amuleto que viste, Elena, es una representación de ese mismo símbolo. Significa que esa anciana, o aquellos a quienes sirve, aún tienen conocimiento de los portales.

Esa mujer no es una simple anciana. Si lleva ese amuleto, tiene un conocimiento que va mucho más allá de lo común. Debes tener cuidado con ella, Elena. Podría ser una amenaza, no solo para mí, sino también para ti.

Elena sintió cómo cada poro de su piel se erizaba. Nunca había pensado que la anciana podría representar un peligro real. Pero ahora, al escuchar la gravedad en la voz de Erevan, supo que no debía tomarla a la ligera.

—¿Qué crees que quiere? —preguntó, su voz bajando a un susurro.

Erevan la observó intensamente, como si intentara descifrar la situación.

—Es difícil saberlo. Si es una guardiana del portal, probablemente sospecha que algo ha cambiado. Mi energía en tu mundo, mi conexión contigo… todo esto va en contra de las reglas de su orden. Es posible que esté vigilándote para detenerme antes de que sea demasiado tarde.

Elena asintió lentamente, procesando toda la información que había recibido. Sentía que, poco a poco, las piezas del rompecabezas se estaban uniendo, pero aún quedaban muchas preguntas sin respuesta.

—¿Y qué pasa si… si tú cruzas a mi mundo?

—preguntó Elena finalmente, su corazón acelerándose ante la sola idea.

No era ella quien quería cruzar al oscuro plano de Erevan, sino traerlo al suyo, donde las sombras no dominaran y donde, tal vez, podrían compartir más que los límites entre sus dos realidades.

Erevan se quedó en silencio, sus ojos oscuros destellando con algo parecido a la sorpresa y luego la duda. Su rostro, o lo que Elena podía percibir como tal, se oscureció mientras consideraba la idea.

—Si cruzo a tu mundo, Elena —dijo finalmente, su voz baja y cautelosa—, sería más complicado de lo que piensas. Nuestro mundo y el tuyo, están diseñados para coexistir aquí en el mundo onírico, en los sueños de los humanos, no directamente entre ellos.

Yo… cambiaría físicamente. No sería completamente el demonio que soy, pero tampoco sería completamente humano.

La transición podría desestabilizar el equilibrio entre las dimensiones. Y aunque podría llegar a tu mundo, hacerlo implica un riesgo que ninguno de los dos comprendemos por completo. Si el portal se abre… no sabemos qué más podría cruzar con nosotros.

Elena sintió una mezcla de emoción y miedo ante esa revelación. Sabía que las implicaciones de cruzar a otro plano eran enormes, pero la curiosidad, su conexión con Erevan, y el deseo de tenerlo cerca en el mundo humano eran demasiado fuertes para ignorarlas.

—¿Existe una manera? —preguntó, esperando su respuesta con una tensión creciente en el aire.

Erevan suspiró, como si calculara, los riesgos en su mente. Sus sombras parecieron agitarse, como si estuvieran inquietas por la pregunta. Finalmente, habló con cautela:

—Sí, hay una manera. Podría abrirse un portal temporal entre nuestros mundos, y podría cruzarlo.

Pero hacerlo sería peligroso. Una vez que el portal se abre, no hay garantías de que solo yo lo atraviese.

Las sombras, las mismas fuerzas que buscan destruir todo a su paso, también podrían aprovechar ese momento de debilidad para colarse.

Si el portal se queda abierto demasiado tiempo, las consecuencias serían desastrosas.

Elena lo miró, su mente luchando por asimilarlo todo.

La idea de traer a Erevan al mundo humano era fascinante, pero a la vez aterradora.

No solo por el riesgo que implicaba abrir el portal, sino también por lo que ese acto representaba.

Estaba dispuesta a arriesgar su realidad para tenerlo cerca.

Sin embargo, la amenaza latente de las sombras permanecía acechando en el fondo de su mente.

—Si lo hacemos… —comenzó Elena, su voz temblando ligeramente—. Tiene que ser rápido. No podemos permitir que el portal quede abierto mucho tiempo. Tenemos que tener un plan para cerrarlo antes de que sea demasiado tarde.

Erevan asintió lentamente, su mirada fija en la de ella, evaluando su resolución.

—Entonces así será —respondió él, su voz resonando con una mezcla de determinación y advertencia—. Estaré preparándome desde mi mundo para cruzar el portal. Pero debes estar lista, Elena. Una vez que se abra, no habrá marcha atrás. Ambos seremos responsables de lo que suceda.

Elena asintió, sintiendo una mezcla de inquietud y resolución.

Sabía que estaban jugando con fuerzas más grandes de lo que podían comprender, pero no podía alejarse ahora.

Algo profundo dentro de ella la impulsaba hacia él, hacia esa conexión que había comenzado en los sueños, pero que ahora amenazaba con desbordar los límites de la realidad.

—Tenemos que hacerlo —dijo finalmente, su voz firme—. Estoy lista.

Erevan la observó en silencio durante unos instantes, sus sombras ondulando a su alrededor como si estuvieran en conflicto. Luego, con un tono que era a la vez protector y solemne, le dijo:

—Muy bien, Elena. Nos encontraremos en el puente entre nuestros mundos. Pero recuerda, una vez que crucemos ese umbral, nada volverá a ser como antes.

Elena lo sabía. Y, sin embargo, no podía evitar sentir que era un riesgo que valía la pena correr.

Elena salió del sueño con un sobresalto, su cuerpo se tensó como si hubiera estado anticipando algo terrible.

El amanecer se filtraba fuertemente a través de las cortinas, bañando la habitación con una luz cálida, pero su mente estaba lejos de esa calma matutina.

Los eventos de la noche anterior y las palabras de Erevan giraban sin control en su cabeza, como un torbellino de incertidumbre.

Tenía muchas dudas. ¿Cómo funcionaría el cruce?

¿Qué consecuencias tendría? ¿Estaba realmente preparada para enfrentar lo que vendría?

Su corazón latía con fuerza. Por primera vez, el miedo se instaló profundamente en su pecho.

¿Y si algo salía mal? ¿Y si, al cruzar, liberaba algo mucho más oscuro, algo que no pudiera controlar?

La idea de romper el sello la hacía estremecer, como si cada fibra de su ser estuviera advirtiéndole que se detuviera, que no siguiera adelante. ¿Y si no había vuelta atrás?

Elena se levantó lentamente de la cama, cada movimiento cargado de indecisión.

Se acercó a la ventana, observando el amanecer que pintaba el cielo con colores cálidos y suaves.

Por un momento, el mundo parecía tan normal, tan tranquilo.

¿Por qué iba a arriesgarlo todo? ¿Por qué iba a aventurarse hacia lo desconocido, hacia un lugar donde las sombras de Erevan no eran lo único que debía temer?

La seguridad de su vida cotidiana, la luz del día, parecían tan tentadoras ahora.

Podía olvidarlo todo. Podía seguir adelante, apartarse de todo aquello que había comenzado a consumirla. Estaba a tiempo de detenerse.

Pero entonces, su pensamiento regresó a Erevan.

Su rostro, su voz, su presencia. El modo en que él había aparecido en los momentos más oscuros.

La conexión que sentía con él era más profunda de lo que jamás había experimentado.

Una parte de ella, por más irracional que pareciera, no podía dejarlo ir.

Estaba atrapada en esa unión antinatural, esa atracción que desafiaba cualquier lógica. Sabía que, por peligroso que fuera, no podía apartarse de lo que la unía a Erevan. Esa misión, ese destino, lo había elegido tanto como ella lo había elegido a él.

El miedo seguía ahí, latente, pero su corazón ya se había decidido. No podía ignorar lo que sentía. No podía alejarse de Erevan, no cuando sabía que él la necesitaba tanto como ella a él. Era un riesgo que debía tomar.

Respiró hondo, cerrando los ojos por un momento, mientras dejaba que el aire fresco del amanecer calmara sus pensamientos.

Volvió a enfocarse. Sabía lo que tenía que hacer.

La incertidumbre seguía presente, pero el destino que compartía con Erevan era más fuerte que cualquier duda o temor que pudiera sentir. No había vuelta atrás.

El plan estaba claro: abrirían el portal en el Pont del Bisbe, el lugar donde todo había comenzado. Pero cada paso la llenaba de tensión. Sabía que, en algún momento de la noche, tendría que hacer lo impensable: quitar la daga clavada en el cráneo del demonio.

La idea la hacía estremecer. Erevan había explicado que, al clavar la daga en el cráneo, los antiguos guardianes habían sellado el portal, cortando la conexión entre los dos mundos.

La daga era lo único que mantenía esa barrera intacta, la única razón por la que seres como él no podían cruzar libremente.

Entonces, si ese era el símbolo del cierre, la única manera de romperlo sería hacer lo contrario: sacar la daga.

El peligro era claro. Al retirar la daga, el portal se abriría, liberando fuerzas que ni siquiera podía imaginar. Sabía lo que estaba en juego. Y, aun así, no tenía otra opción.

Erevan dependía de ella, y a pesar del miedo que la atormentaba, había llegado demasiado lejos para retroceder.

La parte más complicada del plan no era solo retirar la daga, sino esperar a que Erevan apareciera en ese momento crítico.

Sabía que él vendría, pero el tiempo exacto era incierto, y el riesgo de dejar el portal sin protección la mantenía alerta, con cada fibra de su ser tensada ante la posibilidad de que algo saliera mal.

Tendría que mantener la calma, esperar lo inevitable, y en cuanto él llegara, actuar rápidamente: volver a clavar la daga en el cráneo, justo después de que él hubiera cruzado al mundo humano.

Era un ciclo extraño de destrucción y restauración, de abrir el portal y cerrarlo de nuevo, pero no había alternativa.

La incertidumbre la desgarraba: ¿y si algo salía mal?

¿Y si el portal se abría demasiado tiempo y algo más atravesaba esa frontera?

Cada paso la acercaba al borde del abismo, y, aun así, no podía dejar de avanzar.

Ese símbolo antiguo era la clave para abrir el portal, no obstante debía asegurarse de no dejarlo abierto por mucho tiempo. En cuanto Erevan cruzara al mundo humano, tendría que clavar la daga nuevamente, sellando cualquier amenaza que pudiera colarse desde el otro lado.

“¿Cuándo?”, se preguntaba mientras se vestía con ropa ligera y cómoda, preparándose para lo que vendría.