Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Erevan asintió lentamente, acercándose un paso más, su presencia palpable a pesar de la distancia que todavía los separaba.

—Lo mismo ocurrió la noche anterior con esos hombres.

—Su tono se volvió más grave, y su mirada la penetró aún más profundamente—.

Tu miedo, tu vulnerabilidad, todo eso me dio ese poder.

La luz que emanas, esa fuerza que me atrae, me permite unirme a ti y cruzar los límites de los sueños y manifestarme de una forma más física.

Lo que pasó anoche fue diferente… más fuerte.

Algo en tu interior está cambiando, se está intensificando, y eso me da una capacidad que ni siquiera yo esperaba tener en tu mundo.

Cuando ellos te atacaron, tu mente me trajo aquí.

Fue tu miedo lo que los hizo retroceder, pero fue nuestra conexión lo que me permitió actuar. Tú me diste esa fuerza.

Elena lo escuchaba con la respiración contenida, el entendimiento golpeándola con fuerza.

Todo lo que había sucedido hasta ese momento: las medusas, los hombres, incluso los sueños en los que lo sentía tan real…

no eran simplemente coincidencias ni ilusiones de su mente.

Erevan había estado allí, en esos momentos de vulnerabilidad, y lo había hecho a través de ella.

Su mente, su ser, lo proyectaban, lo hacían real.

—Esto no es natural —murmuró Elena, más consciente que nunca de lo que significaba todo—. No debería ser posible…

Erevan asintió una vez más, sus ojos oscuros destellando con una emoción que no podía ocultar del todo.

—Estoy de acuerdo, no lo es. —Su voz fue un susurro casi compasivo—. Lo que hay aquí entre nosotros no pertenece ni a tu mundo ni al mío. Esa es la razón por la que puedo cruzar cuando tu mente me lo permite, cuando tu luz me da la fuerza para hacerlo.

Elena cerró los ojos por un momento, tratando de procesar todo lo que estaba escuchando.

La intensidad de lo que él le estaba diciendo, la realidad de su conexión, todo se le hacía demasiado.

Sacudió la cabeza, como queriendo despejar la niebla que comenzaba a envolverla.

No podía dejarse llevar por lo que acababa de oír, al menos no en ese momento.

—Espera… —murmuró, más para sí misma que para Erevan—. No es solo esto lo que me preocupa.

Abrió los ojos y lo miró fijamente. Las palabras que le había revelado sobre su conexión todavía resonaban en su mente, pero ahora había algo más urgente.

Algo tangible, algo que también necesitaba respuestas.

Las imágenes de la noche anterior bajo el Pont del Bisbe se materializaron de nuevo en su cabeza: la calavera, la daga oxidada, y la energía que parecía emanar del puente.

—La calavera debajo del puente —dijo, con su voz más firme—.

¿Qué sabes de ella? Anoche, cuando estuve ahí, todo cambió.

Sentí que había algo importante, algo que conecta tu mundo con el mío.

Esa calavera… —hizo una pausa, intentando encontrar las palabras adecuadas—.

No es solo un símbolo, ¿verdad? Hay algo más.

Elena frunció el ceño, esperando su explicación.

—Ese puente, el símbolo debajo de él —continuó Erevan—. No es un símbolo cualquiera. Es un marcador, un portal entre nuestros mundos. Y tu cercanía con él me dio aún más poder, más presencia. Esa energía que sentiste… me ayudo a intervenir de una manera más directa.

Elena lo escuchó con atención, sintiendo un leve escalofrío recorrer su piel. Estaba empezando a comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

—¿Y los símbolos? —preguntó, ansiosa—. Los símbolos que he visto… en los libros de historia, en el puente, y… el amuleto que llevaba la anciana. ¿Cómo encajan en todo esto?

El rostro de Erevan se oscureció, y su postura se tensó al escuchar la mención de la anciana.

—¿Anciana? —preguntó, su tono cargado de una nueva preocupación—. ¿Qué anciana?

Elena le contó sobre la mujer que había aparecido en la cervecería, sobre su extraño comportamiento y el amuleto en forma de calavera que llevaba al cuello.

—Ese amuleto… —comenzó Erevan, su voz baja y cargada de un matiz de alarma—.

Es un símbolo antiguo, muy antiguo. Es parte de una orden de guardianes que creíamos extintos.

En el pasado, existieron humanos que conocían la existencia de los portales y los demonios.

Crearon estos símbolos para sellar los portales, expulsarnos de su mundo y evitar que seres como yo cruzaran entre los mundos.

Elena frunció el ceño, confundida por la magnitud de lo que estaba escuchando. La palabra “expulsarnos” resonó en su mente, pero no tenía sentido. No podía procesar completamente lo que Erevan estaba sugiriendo.

—¿Expulsarlos de mi mundo? —preguntó, su voz teñida de confusión—. No entiendo, ¿de qué estás hablando? ¿Expulsar a quién? Explícame eso, ¿cómo es que algo así era posible?

Erevan hizo una pausa, y luego continuó con una voz más baja, cargada de historia y leyenda:

—Hace milenios, cuando el mundo humano y el mundo de los demonios aún estaban más conectados, existió una ciudad próspera en la región que hoy habitas.

Era conocida como Colonia Iulia Augusta Faventia Paterna Barcino, una vibrante metrópolis en la época del Imperio de los que ustedes llamaban Romanos.

Los habitantes de Barcino eran personas sabias y orgullosas, pero no eran conscientes de que vivían sobre uno de los portales más antiguos y poderosos que conectaban los mundos.

—La ciudad estaba en su apogeo cuando las sombras comenzaron a manifestarse, primero en los sueños de los ciudadanos y luego en la realidad.

Los demonios comenzamos a traspasar la barrera entre los mundos, alimentándonos del miedo, la desesperación y las emociones más oscuras de los habitantes.

Poco a poco, Barcino cayó bajo el asedio de fuerzas oscuras que corrompían todo lo que tocaban.

Las sombras devoraban la luz y el orden, transformando la ciudad en un reino de caos y desolación.

La gente vivía aterrorizada, y cada noche las sombras se hacían más fuertes.

—Los sacerdotes y líderes de Barcino intentaron todo lo que sabían para detener la invasión, pero fracasaron.

—Hasta que, en un momento de desesperación, un consejo secreto de magos y sabios, conocidos como la Orden del umbral, descubrió la ubicación exacta del portal que los demonios utilizábamos para cruzar.

Estaba oculto bajo lo que hoy es el Pont del Bisbe, el puente que conecta los edificios de la ciudad gótica.

El portal lo controlaba un demonio poderoso, un general de las sombras, cuya esencia continuaba irradiando energía oscura desde su lugar oculto en el subsuelo de la ciudad.

Erevan se detuvo, como si el recuerdo de esa antigua batalla lo afectara de alguna manera, pero continuó:

—Los sabios sabían que debían sellar el portal o la ciudad entera caería.

Con la ayuda de forjadores expertos y magos, crearon una daga única, forjada con acero del inframundo y adornada con piedras preciosas que resonaban con poder místico.

Esta daga no era solo un arma; estaba llena de los hechizos y bendiciones más poderosos que los guardianes podían conjurar.

Era el único objeto capaz de cerrar el portal y detener la invasión demoníaca.

—El líder de los guardianes, un hombre de gran poder espiritual, se adentró en las catacumbas bajo la ciudad, donde el portal pulsaba con energía oscura.

Al llegar al demonio, lo encontró rodeado de sombras, pero logró abrirse paso hasta el centro del mal.

Con un último esfuerzo, atravesó el cráneo del demonio con la daga forjada, clavándola con fuerza en la base del hueso.

En ese momento, el portal comenzó a cerrarse, pero no sin una feroz resistencia de las sombras.

—El cráneo quedó sellado, y el puente del obispo fue erigido sobre él en un recordatorio del sacrificio y la lucha para proteger la ciudad. La daga, aún incrustada en el cráneo, se convirtió en el sello que mantiene cerrada la puerta entre los dos mundos. Sin embargo, el precio fue alto.

—Muchos de los guardianes cayeron en el proceso, y la ciudad nunca volvió a ser la misma. Aunque se restauró la paz, la sombra del portal sellado permaneció bajo el puente, un recordatorio constante del poder que yacía dormido bajo los pies de los ciudadanos.

Erevan hizo una pausa, su expresión se tornó más oscura mientras continuaba con voz baja.

—Ese mismo símbolo —dijo Erevan, con sus palabras cargadas con siglos de historia— no solo existe en tu mundo.

En el mío, hay un espejo de ese cráneo y la daga.

Es un lugar al que ningún demonio puede acceder.

El poder que emana de ese símbolo es tan grande que incluso los más oscuros entre nosotros le temen.

Nos mantiene alejados, atrapados en las sombras.

Nadie en mi mundo se atreve a acercarse a él, ni siquiera los más fuertes.

Elena lo miró con los ojos entrecerrados, intentando comprender.

—Pero si ese símbolo es tan poderoso en tu mundo… —dijo lentamente, con un tono pensativo— ¿cómo es posible que tenga tanto poder aquí también? ¿Cómo puede afectar a ambos mundos de la misma manera? Aquí no es más que un elemento decorativo… o al menos eso nos hacen creer.

Erevan la miró fijamente, sus ojos oscuros como abismos insondables.

—Porque el símbolo no está vinculado solo a tu mundo o al mío —respondió Erevan, su voz baja pero firme—.

Su poder trasciende los límites de los reinos.

Existe en ambos planos, actuando como un punto de anclaje entre ellos.

Es una barrera, una fuerza que mantiene separados nuestros mundos.

Pero, incluso aquí, ese poder sigue siendo indomable.

No puedo acercarme, ni en tu mundo, ni en mi propio reino. Su influencia me rechaza, me debilita… pero en tu mundo, la forma en que actúa es diferente.

Elena lo miró, con una mezcla de comprensión y temor.

—Entonces… ¿El peligro no es que te mantenga fuera? —preguntó con voz suave—. ¿Es que si ese símbolo pierde su poder…?

Erevan asintió con gravedad, sin necesidad de que ella terminara la frase.

—Exactamente. Si el símbolo falla, no será solo mi presencia lo que te preocupará.

El equilibrio entre los mundos se romperá, y las criaturas que cruzarían serían mucho peores que yo, y no tendrían ningún interés en tu protección.

Ese símbolo es lo que mantiene a mi mundo contenido…

si ese sello se rompiera, lo que conoces como tu realidad nunca volverá a ser la misma.