Capítulo 8 #3
Pero su mente estaba lejos de encontrar paz.
Se repetía la escena bajo el puente una y otra vez.
El rostro borroso entre las sombras, la figura de Erevan apareciendo justo cuando lo necesitaba.
Todo se sentía surrealista, como si estuviera atrapada entre dos mundos, sin saber a cuál pertenecía realmente.
El metro hizo su última parada y Elena bajó lentamente. El aire nocturno la golpeó con un frescor que casi le erizó la piel. Las luces parpadeantes de la estación apenas iluminaban el camino, y las sombras del bosque se extendían a su alrededor mientras caminaba hacia las villas universitarias.
Cada paso que daba la sumergía más en la oscuridad del sendero boscoso.
Podía oír el suave crujir de las hojas bajo sus pies, el susurro distante del viento entre las ramas.
Pero esta vez, no sentía miedo. Había algo en la presencia de Erevan que, de alguna manera, la tranquilizaba.
Y, sin embargo, el desconcierto sobre lo que había pasado bajo el puente seguía latiendo en su mente.
¿Por qué había aparecido justo en ese momento?
¿Cómo había sabido que estaba en peligro?
¿Cómo había cruzado hacia el mundo humano?
Mientras caminaba, se detuvo un momento en medio del sendero, dejando que las sombras la rodearan por completo. Cerró los ojos y respiró profundamente, tratando de sintonizarse con lo que fuera que estaba allí, con Erevan.
—¿Erevan? —susurró, su voz apenas audible en la quietud del bosque—. ¿Estás aquí?
El silencio fue su única respuesta. Elena se estremeció levemente, aunque el aire no era frío. Esperó unos momentos más, pero nada ocurrió. Con un suspiro, continuó su camino hacia las villas.
Finalmente, llegó a su departamento. El lugar estaba oscuro y en silencio, pero por alguna razón, esa noche la oscuridad no le pesaba tanto. Al cerrar la puerta detrás de ella, sintió esa leve sensación de seguridad. El caos en su mente no la dejaba tranquila.
Se preparó una taza de café y se sentó frente a la ventana, mirando hacia la luna que se escondía tras un manto de nubes.
Su mente volvía al incidente en el puente.
El amuleto en el cuello de la anciana, la calavera con la daga oxidada, y ahora la aparición de Erevan justo cuando más lo necesitaba.
Todo estaba conectado, pero ¿cómo?, ¿cómo era posible todo eso?
Elena abrió su laptop y comenzó a buscar de nuevo, esta vez más decidida.
Recordó las palabras de la anciana sobre el sello del portal, y su mente empezó a hilar los eventos recientes.
Quizás ese símbolo era más que una simple imagen decorativa; tal vez era un verdadero sello, un enlace entre mundos.
Y si ese portal existía, ¿qué significaba para ella y Erevan?
Mientras investigaba, las imágenes de las antiguas pinturas de Bosch y las referencias a los demonios de las clases de historia del arte comenzaron a alinearse en su mente.
Los portales entre mundos, los sellos que prevenían que los demonios cruzaran.
Todo apuntaba a que había algo más grande en juego.
Pero su búsqueda no era suficiente. Sentía que las respuestas que necesitaba no estaban en la pantalla de su computadora, sino en otra parte. En algún lugar más oscuro y profundo, donde los límites entre los mundos se desvanecían.
El reloj marcaba las dos de la mañana cuando Elena finalmente decidió cerrar la computadora.
Su mente estaba llena de preguntas, pero su cuerpo estaba agotado.
Se dejó caer en la cama, con la sensación de que la próxima vez que encontrara a Erevan, necesitaría respuestas.
Y ya no estaba dispuesta a esperar demasiado.
Mientras cerraba los ojos, supo que la línea entre sus sueños y la realidad se estaba desdibujando cada vez más. Y esta vez, no sabía si eso la aterraba o la intrigaba.
El sueño la envolvió rápidamente, pero no fue un sueño tranquilo. Las sombras de su mente parecían tomar forma, y en ellas, sentía la presencia de Erevan, siempre a punto de aparecer.
Elena se encontró de repente de nuevo bajo el Pont del Bisbe, pero algo era distinto.
La calavera tallada con la daga oxidada ya no estaba escondida entre las sombras, sino que brillaba con un resplandor dorado, como si el musgo y la piedra se hubieran transformado en oro líquido.
Los arcos del puente se alzaban a alturas imposibles, extendiéndose hacia el infinito en el cielo nocturno, que ahora era un lienzo de colores distorsionados.
A su alrededor, las sombras se movían como si tuvieran vida propia, deslizándose entre los muros antiguos y susurrándole palabras que no lograba entender.
De pronto, los hombres que la habían acosado aparecieron frente a ella. Pero esta vez, no se acercaban de manera amenazante. En lugar de eso, estaban sentados alrededor de una mesa, como si fueran viejos amigos compartiendo una cena.
Reían y hablaban entre ellos, aunque sus palabras eran incoherentes, y cuando intentó acercarse, se desvanecieron como humo.
En su lugar, vio a Valeria y Hannia sentadas a un lado del puente, charlando despreocupadas; había algo extraño en sus rostros.
Sus ojos eran oscuros, vacíos, y sus sonrisas parecían demasiado amplias, demasiado falsas. La miraban sin realmente verla.
Un murmullo de agua, que corría bajo el puente, se escuchaba mucho más fuerte de lo normal.
Cuando miró hacia abajo, vio el rostro de Erevan reflejado en el agua, distorsionado, como si la corriente lo partiera en pedazos.
Por un segundo, pensó que él estaba intentando decirle algo, pero cuando sus labios se movieron, solo escuchó el sonido del agua rompiendo contra las piedras.
Las sombras a su alrededor parecían espesar el aire, haciendo cada respiración más pesada.
Elena trató de apartarse, pero sus pies permanecían pegados al suelo.
Las figuras de Valeria, Hannia, y el rostro de Erevan se mezclaban, fundiéndose entre sí, difuminando cualquier lógica o sentido. Todo estaba allí, y a la vez, nada tenía coherencia. Las voces se volvían más altas, pero no lograba entender ninguna palabra.
La calavera en la piedra empezó a vibrar, y la daga oxidada que la atravesaba se convulsionaba como si fuera a desprenderse de un momento a otro. Elena extendió la mano para tocarla; sin embargo, cuando sus dedos estaban a punto de rozar la piedra, las sombras la rodearon de nuevo.