Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

La anciana levantó la vista, su mirada se transformó en un vidrio roto. Al aferrar el amuleto, sus nudillos blanquearon como hueso viejo.

—No es asunto tuyo, niña —sentenció, mientras el aire alrededor del amuleto parecía pudrirse de frío—. El sello del portal no debe romperse.

Elena retrocedió, sorprendida por el cambio brusco en la actitud de la mujer.

El miedo se arrastraba por su columna vertebral, pero también estaba fascinada.

Sabía que había visto ese símbolo antes, pero no podía recordar dónde.

La anciana se levantó abruptamente, dejándose llevar por la multitud mientras desaparecía de la cervecería sin dejar rastro.

El resto del turno pasó como en un sueño, con Elena luchando por concentrarse en sus tareas mientras su mente volvía una y otra vez al símbolo.

Finalmente, cuando la cervecería comenzó a vaciarse, la respuesta llegó como un relámpago.

¡El puente del obispo! Debajo de él, entre las sombras y las intrincadas tallas góticas, había una calavera similar con una daga incrustada.

Casi sin pensarlo, Elena dejó el trabajo y salió disparada hacia las calles de Barcelona. Luis la vio intrigado cómo se alejaba del bar sin haber terminado el turno.

La noche envolvía la ciudad, dándole una atmósfera inquietante, pero Elena apenas lo notaba.

Caminaba rápidamente, sus pasos resonando en las callejuelas vacías del barrio Gótico mientras se dirigía hacia el Pont del Bisbe.

Cada vez que miraba a su alrededor, sentía que las sombras parecían moverse, pero no podía detenerse.

Finalmente, llegó al Pont del Bisbe, sintiendo una mezcla de alivio e inquietud.

El puente gótico, con sus arcos de piedra, cruzaba de manera discreta sobre la calle del Bisbe, uniendo dos antiguos edificios.

Las luces de las farolas arrojaban sombras suaves sobre la estructura, resaltando los detalles tallados en la piedra.

Elena se detuvo un momento, mirando hacia arriba, consciente de que lo que buscaba estaba en algún lugar oculto.

Con paso lento, avanzó bajo el puente, observando cómo la humedad cubría algunas zonas y cómo el aire se sentía ligeramente más frío a medida que se acercaba.

Las leyendas sobre la calavera tallada con la daga, siempre le habían parecido un mito, pero ahora la buscaba con urgencia.

Al levantar la vista, entre los intrincados detalles del puente, la encontró.

La calavera estaba tallada en la piedra, discreta, pero claramente visible si sabías dónde mirar.

La daga oxidada que atravesaba su frente estaba desgastada por el tiempo, cubierta por musgo en algunas partes.

Elena se acercó un poco más, sintiendo una ligera tensión en el aire, pero no sabía si era real o producto de su imaginación.

Miró la calavera durante unos segundos, dejando que la realidad y lo que había soñado se mezclaran.

Finalmente, supo que estaba más cerca de la verdad, aunque aún no entendía del todo lo que significaba.

Las piedras del camino estaban mojadas, resbaladizas por la llovizna reciente, y el eco de sus propios pasos parecía resonar más fuerte de lo que debía.

El silencio en ese rincón del barrio Gótico era casi antinatural, y la sensación de estar siendo observada se volvía más intensa con cada segundo que pasaba.

Elena se sumergió en esa visión, sintiendo que había algo más profundo que la conectaba con ese símbolo, como si una puerta invisible estuviera al borde de abrirse ante ella.

Elena escuchó pasos detrás de ella. Volteó rápidamente y vio a dos hombres que la miraban fijamente, sus rostros desdibujados por la penumbra.

La inquietud en su pecho se transformó en un miedo palpable.

Instintivamente, retrocedió, buscando alejarse, pero al girar hacia el otro lado, se encontró con dos tipos más que aparecieron desde las sombras detrás del puente.

Estaba atrapada. Los cuatro hombres se acercaban, sus risas ásperas y susurros llenos de intenciones maliciosas.

Elena intentó mantener la calma, su mirada se movió rápidamente, buscando una salida.

Lo único que vio fue un estrecho callejón que llevaba hacia la parte trasera de la catedral, un camino angosto y oscuro, pero era su única opción.

Sin pensarlo dos veces, corrió hacia el callejón, escuchando los pasos pesados de los hombres detrás de ella, sus voces llenas de burla y acoso.

—No corras, preciosa —gritó uno de ellos con una risa burlona—. Solo queremos divertirnos un poco.

Elena aceleró el paso, sintiendo su corazón golpear con fuerza en su pecho.

Los adoquines bajo sus pies estaban húmedos y resbaladizos, hacían que mantener el equilibrio fuera una lucha constante.

Las sombras de las paredes altas la envolvían, y por un breve instante, pensó que podría perderlos entre los laberintos del barrio Gótico.

Pero no fue así. Uno de los hombres la alcanzó, tomando su brazo con fuerza, haciéndola tambalear.

Elena intentó soltarse, forcejeando con desesperación, pero el tirón fue demasiado fuerte, y cayó al suelo de espaldas, golpeando su cadera contra los adoquines.

El dolor la atravesó, pero el miedo la empujaba a seguir luchando.

Los hombres se acercaron rápidamente, rodeándola. Las risas grotescas y los comentarios vulgares llenaron el aire. Uno de ellos se agachó, alargando la mano para agarrarla, mientras otro se inclinaba sobre ella, bloqueando cualquier vía de escape. Estaba acorralada.

El aire comenzó a cambiar. Una sensación de frío se deslizó lentamente por la piel de Elena, haciendo que un escalofrío recorriera su cuerpo.

El ambiente, que segundos antes parecía lleno del calor sofocante de la noche, de repente se volvió pesado, casi opresivo.

El aliento de los hombres formaba pequeñas nubes en el aire, aunque ninguno de ellos lo notaba.

Elena, en cambio, lo sentía claramente. La presión que la rodeaba no provenía solo de los hombres, sino de algo más, algo invisible que estaba tomando el control.

La oscuridad en los rincones más profundos de la calle parecía volverse más densa, moviéndose con vida propia.

Sabía que algo había cambiado, aunque no entendía qué era.

Su respiración se volvió superficial, y su corazón latió más fuerte en su pecho.

Justo cuando el aire se llenó del aliento fétido del hombre y se abalanzó sobre ella, algo los lanzó hacia atrás con una fuerza invisible, pesada como plomo líquido, los barrió contra los muros de piedra, como si la oscuridad hubiera decidido escupirlos de su dominio.

Entre los jirones de penumbra, Elena no vio una sombra, sino una rasgadura en el tejido del aire; un rostro hecho de humo denso que la observó con una ferocidad que no buscaba justicia, sino reclamar lo que era suyo.

Elena quedó inmóvil, sin poder procesar del todo lo que acababa de suceder. La sombra imponente que había ahuyentado a los hombres no era solo una silueta. Por un instante, en medio de la penumbra, creyó vislumbrar un rostro. Borroso y etéreo, pero inconfundible. Erevan.

Los hombres huyeron aterrorizados, sus pasos resonando en los callejones vacíos. Elena, sola bajo el puente, temblaba por la mezcla de miedo y adrenalina. Se levantó lentamente, limpiándose las manos y la ropa, mientras la presencia de Erevan se disolvía en el aire.

—¿Erevan? —susurró con la voz temblorosa, esperando alguna señal, una respuesta. Pero no obtuvo nada más que el silencio profundo de la noche.

Las sombras que antes parecían vivas y en movimiento se desvanecieron de nuevo en la oscuridad que la rodeaba, como si la calma hubiera regresado de golpe, pero todo a su alrededor parecía teñido de un misterio aún más profundo.

—¿Estás bien? —Luis apareció corriendo desde una esquina, su rostro lleno de preocupación—. Vi a esos tipos salir corriendo como si hubieran visto un fantasma… ¿Te hicieron algo?

Elena aún estaba en shock, sus manos temblorosas tratando de frotar el polvo de sus piernas. Luis la observaba, esperando una respuesta, con los ojos llenos de angustia. Elena lo miró por un momento, intentando reunir las palabras, pero su mente estaba demasiado nublada, confusa.

—No… no me hicieron nada. Estoy bien —respondió finalmente, aunque su voz no sonaba tan firme como esperaba. Evitó el contacto visual, queriendo olvidar la escena—. Solo fue un mal momento.

Luis frunció el ceño, claramente sin creerle del todo. Observó los alrededores como si buscara alguna explicación.

—Elena, esos tipos parecían peligrosos. Deberías denunciarlo, no puedes andar sola por aquí tan tarde —dijo con preocupación —. No me siento tranquilo dejando que te vayas sola.

—De verdad, estoy bien —insistió Elena, forzando una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Solo quiero llegar a casa.

Luis se quedó en silencio por un momento, luego asintió con resignación.

—Por lo menos deja que te acompañe al metro Catalunya. No me siento bien dejándote así.

Elena no pudo evitar sentir una punzada de agradecimiento ante la preocupación de su amigo. No quería contarle nada sobre Erevan, ni siquiera mencionar lo que acababa de suceder. No sabría cómo explicarlo sin sonar como una lunática.

—Está bien, gracias, Luis —dijo finalmente, aceptando su oferta.

Ambos comenzaron a caminar por las calles vacías en dirección a la estación del metro.

El silencio se hacía más pesado con cada paso, aunque Luis intentaba distraerla con comentarios sobre la cervecería y sus futuros planes de fin de semana.

Elena asentía, respondiendo solo lo necesario; sin embargo, su mente seguía atrapada en la imagen de la sombra que la había protegido.

Al llegar a la estación de Catalunya, Luis se despidió con un abrazo protector.

—Cuídate, por favor. Y si necesitas algo, llámame, ¿vale? —dijo antes de alejarse.

Elena lo observó mientras se alejaba, agradecida por su apoyo, pero sus pensamientos seguían en otro lugar.

Bajó las escaleras hacia el andén, donde el metro la esperaba en su rutina nocturna. Se dejó caer en uno de los asientos vacíos y cerró los ojos por un momento, intentando procesar lo ocurrido.

Elena permaneció inmóvil en su asiento mientras el tren avanzaba hacia Bellaterra.

El vaivén del vagón apenas la tocaba, y el familiar sonido de los rieles le proporcionaba una leve sensación de normalidad.