Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

EL SUSURRO DEL PASADO



Elena se despertó esa mañana con la misma mezcla de intriga y frustración que la había acompañado desde que Erevan entró en su vida.

Los sueños, las sombras, los misterios… todo parecía entretejido de una manera que no podía descifrar.

El vacío que siempre dejaba el mundo onírico se apoderó de ella, y por un momento, deseó volver a cerrar los ojos, regresar a ese lugar donde todo parecía tener sentido: con Erevan, no había dudas, no había miedo; solo una certeza abrumadora.

Pero en la luz del día, todo era diferente.

La certeza que había sentido mientras dormía se desmoronaba poco a poco, y en su lugar, el miedo volvía a ocupar su mente.

“¿Qué estoy haciendo?”, pensó, el peso de sus decisiones caía sobre ella.

Sabía que estaba jugando con fuego, que seguir a Erevan era peligroso, pero en sus sueños, la atracción era tan fuerte, tan poderosa, que no podía resistirse.

Sin embargo, despierta, el mundo real le recordaba que las consecuencias eran más grandes de lo que ella podía imaginar.

La duda se colaba por los bordes de su mente, filtrándose como una sombra, haciéndola cuestionar todo. ¿Realmente podía confiar en Erevan? ¿Podía cruzar esa barrera sin perderse a sí misma? Cada vez que cerraba los ojos, la respuesta parecía simple: seguirlo.

Pero ahora, en la realidad, las respuestas no eran tan claras. La incertidumbre era su nueva compañera.

Mientras se preparaba para su día, no podía dejar de pensar en las palabras de Erevan. ¿Realmente existía un portal? Y si era así, ¿dónde lo encontraría?

Durante la clase de historia del arte, la profesora proyectó otra vez la imagen del famoso tríptico de El jardín de las delicias de Hieronymus Bosch en la pantalla.

La oscura obra resplandecía con una complejidad abrumadora, un entramado de figuras y símbolos que parecían contar historias secretas sobre el bien y el mal.

Mientras sus estudiantes observaban, esta vez la profesora comenzó a hablar sobre los simbolismos ocultos en estas pinturas.

—El arte medieval y renacentista no solo se centraba en el cristianismo, sino también en la lucha entre fuerzas sobrenaturales —explicó la profesora mientras señalaba una figura demoníaca escondida entre los árboles en la pintura—.

Los artistas de la época no solo retrataban ángeles y demonios, sino también los elementos que protegían a los humanos de estos seres.

Símbolos ocultos, geometría sagrada y objetos con propiedades supuestamente mágicas se entrelazan en las obras para proteger las almas del mal.

Elena, aunque siempre fascinada por la historia del arte, se encontraba sumergida en una conexión mucho más personal con lo que escuchaba.

La profesora avanzó, como la vez anterior, hacia otra pintura, esta vez del Juicio Final de Fra Angelico, y explicó a sus alumnos cómo los demonios eran representados con una precisión casi obsesiva.

Las puertas que separaban el cielo del infierno estaban simbolizadas por ciertos objetos que aparecían en las esquinas más oscuras de las composiciones.

—Durante la época medieval, la gente estaba aterrorizada por las fuerzas del mal —continuó la profesora—.

Creían firmemente en la existencia de portales que conectaban nuestro mundo con los reinos demoníacos.

Muchos artistas ocultaban símbolos protectores en sus obras: pentáculos, llaves, serpientes enroscadas…

Elementos que, según la creencia popular, podían proteger a los humanos de los demonios.

Mostró un ejemplo de una pintura en la que un pequeño pentáculo estaba trazado en la esquina inferior de una representación de un exorcismo.

—Aunque hoy en día los vemos como meras supersticiones, en ese tiempo, estos símbolos tenían un poder incuestionable —agregó la profesora, mirando a su clase—.

Su uso se extendía tanto al arte como a la arquitectura.

Por ejemplo, algunos de estos símbolos pueden encontrarse tallados tanto en puentes y edificios medievales, como en templos religiosos.

Era su forma de proteger a la humanidad.

Elena sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.

Las palabras de la profesora parecían tener un eco directo en sus propios pensamientos, en sus interacciones con Erevan, en la idea de que existían portales que separaban los mundos.

Su atención, por un momento dispersa, se enfocó intensamente en cada palabra.

¿Podría ser que los símbolos que se mencionaban en esas obras fueran más que meras supersticiones?

¿Podrían realmente proteger o sellar esos portales?

La profesora pasó luego a una obra menos conocida pero igualmente poderosa.

El Juicio Final, pero esta vez de Michelangelo.

Explicó cómo las representaciones del infierno a menudo incluían criaturas que parecían estar a punto de romper los límites de la pintura, como si quisieran invadir el mundo físico.

—Es fascinante cómo estos artistas representaban la lucha constante por mantener a raya a las fuerzas del mal —dijo la profesora con una sonrisa—. Y cómo los símbolos y rituales se convirtieron en herramientas para proteger las almas y evitar que los demonios cruzaran al mundo humano.

Elena no podía evitar preguntarse si había algo de verdad detrás de esas historias. ¿Podrían los símbolos realmente cerrar un portal? ¿Y si lo que estaba viviendo con Erevan estaba más entrelazado con estas creencias de lo que pensaba?

Después de clase, mientras recogía sus cosas, la profesora se le acercó con una mirada curiosa.

—Elena, me he dado cuenta de que has mostrado un interés creciente en estos temas últimamente —comentó con una sonrisa cálida—. Me alegra ver a una estudiante tan inmersa en la historia del arte y sus simbolismos.

Elena sonrió, intentando no parecer demasiado ansiosa.

—Sí, profesora, la verdad es que me fascina todo lo que estamos viendo en clase. Especialmente los símbolos protectores y las historias sobre los portales. Me pregunto… ¿Sabe usted de algún otro texto o lugar donde podría investigar más sobre estos temas?

La profesora pareció pensar por un momento, como si considerara la mejor forma de responder.

—Bueno, hay un par de libros que podrían interesarte —dijo finalmente—.

La biblioteca tiene una excelente colección sobre arte medieval y esotérico.

Te recomiendo que busques el libro Simbolismos Perdidos del Renacimiento.

También hay otro, más antiguo, titulado Los Umbrales del Infierno, que explora los mitos sobre los portales demoníacos y cómo algunos artistas intentaron retratarlos o incluso sellarlos a través del arte. Quizás encuentres algo que te inspire.

Elena asintió, agradecida, pero también sintiendo que la profesora, aunque amigable, la estaba empujando hacia un terreno incierto.

Mientras caminaba hacia la biblioteca, notó que su corazón latía con fuerza.

La posibilidad de encontrar respuestas a lo que estaba viviendo se hacía más tangible, pero al mismo tiempo, temía lo que podría descubrir.

Durante el trayecto en tren hacia plaça Catalunya, Elena se concentró en leer algunos pasajes de los libros que había tomado prestados de la biblioteca.

Como siempre, el tren a esa hora solía estar lleno, y había quedado de pie, pero eso no le impidió sumergirse en la lectura.

Las palabras parecían saltar de las páginas, hablándole directamente.

Los antiguos textos describían cómo los demonios se alimentaban del miedo humano, pero también mencionaban algo que llamó poderosamente su atención: los portales entre los mundos no eran únicamente puertas de entrada para los demonios; también eran puertas de salida para los humanos,

siempre y cuando supieran cómo cruzarlas.

Esa idea la perturbó. ¿Erevan había mencionado algo similar?

Al llegar a Barcelona, Elena decidió caminar por el barrio Gótico para despejarse. Mientras deambulaba por las estrechas callejuelas y las plazas antiguas, sus pasos la llevaron al Pont del Bisbe.

Al mirar hacia arriba, sus ojos se detuvieron en la calavera tallada con la daga incrustada. Había algo en ese símbolo que la inquietaba profundamente, como si la llamara desde el pasado.

“¿Están realmente separados los mundos?”, se preguntó. Sentía que las barreras entre lo que consideraba real y lo que había comenzado a experimentar se desmoronaban cada vez más.

Finalmente, regresó a la cervecería para su turno.

Luis la saludó con una sonrisa mientras ella se ponía el delantal y comenzaba a trabajar.

Mientras atendía a los clientes y servía bebidas, su mente seguía volviendo a las preguntas que la acosaban.

Cada vez que alguien mencionaba algo relacionado con el arte o las creencias antiguas, su cuerpo se tensaba, como si esperara una revelación.

—Pareces un poco distraída hoy —comentó Luis mientras limpiaba una mesa junto a ella.

Elena forzó una sonrisa, sacudiendo la cabeza.

—Es solo que he estado pensando mucho en las clases de historia del arte. Las conexiones entre el arte y las creencias antiguas me tienen intrigada.

Luis rio suavemente.

—Nunca pensé que el arte pudiera hacer que alguien se pusiera tan pensativo. Deberías relajarte un poco. Es viernes, después de todo.

Elena asintió, pero su mente ya estaba en otro lugar.

El lugar estaba abarrotado y le tocó el turno de mesera esa noche.

Los platos y las órdenes iban y venían, y por un momento, Elena logró distraerse de sus pensamientos.

Sin embargo, mientras atendía una mesa en la terraza, una presencia familiar apareció en su campo de visión.

La anciana. Era la misma mujer que había visitado la cervecería semanas atrás, la que había lanzado esas advertencias crípticas sobre las sombras.

Esta vez, la anciana estaba sentada sola en una esquina, sorbiendo lentamente una taza de té. Su mirada fija en Elena, era inconfundible.

A pesar de la multitud, el aire entre ellas parecía cargado de tensión. Elena intentó ignorarla y seguir con su trabajo, pero no podía dejar de notar un pequeño amuleto que colgaba del cuello de la anciana. Era una calavera diminuta, con una daga oxidada atravesándola.

El corazón de Elena dio un vuelco. Ese símbolo… ¿Dónde lo había visto antes? Se acercó a la anciana, intentando disimular su nerviosismo.

—¿Ese collar? —preguntó, señalándolo con la mirada—. ¿Qué significa?