Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Estaba cansada de ser una simple observadora en sus propios sueños, de ser una presa en ese juego de sombras.

Quería respuestas, y si para obtenerlas debía aventurarse a lo desconocido, entonces lo haría.

—No estoy pidiendo que me protejas, Erevan —dijo, su voz ahora más firme—. Solo quiero la verdad.

—Quiero entender lo que está sucediendo entre nosotros, lo que es real y lo que no lo es. Y si eso significa que tengo que arriesgarme para descubrirlo, entonces lo haré.

Erevan la observó en silencio, su figura flotando en la penumbra. La tensión entre ellos era evidente, una mezcla de atracción y peligro que los envolvía como un manto.

—Elena, no sabes lo que estás pidiendo —respondió Erevan, aunque su voz ya no tenía la misma resistencia de antes.

Sabía que ella no se detendría, y eso lo perturbaba—.

Cruzar a mi mundo es… una decisión definitiva.

No hay garantías de que puedas encontrar lo que buscas. Y una vez allí, no habrá vuelta atrás.

Elena tragó saliva, sintiendo el peso de sus palabras. Pero su determinación no flaqueaba.

—Entonces, ayúdame —pidió, mirándolo con intensidad—. Enséñame cómo cruzar a tu mundo. Déjame decidir por mí misma.

Erevan pareció dudar por un largo instante, como si estuviera debatiendo consigo mismo si debía o no concederle ese conocimiento. Finalmente, habló, pero su tono era más sombrío de lo habitual.

—Existe un umbral —dijo lentamente—. Es un lugar donde nuestros mundos se superponen por un instante. Pero no es un portal común. Está protegido por fuerzas que aseguran que ni los humanos ni los demonios puedan cruzar sin un precio.

El corazón le latió con fuerza. No esperaba que fuera fácil; sin embargo, la mención de un precio la hizo dudar momentáneamente.

—¿Qué tipo de precio? —preguntó, su voz apenas un murmullo.

Erevan se quedó en silencio por un momento antes de responder, su tono más grave que nunca.

—Eso es algo que no puedo prever, Elena. Cada ser que ha cruzado ha pagado de manera diferente. Para algunos, ha sido su mente lo que han perdido. Para otros, ha sido su humanidad misma.

Elena cerró los ojos, procesando lo que acababa de escuchar.

El riesgo era enorme, pero la recompensa también lo era.

Sin embargo, en lo más profundo de su ser, sabía que no era solo el conocimiento lo que la atraía.

Estaba atrapada. Erevan ya había invadido cada rincón de su mente, su ser estaba irremediablemente cautivado por él.

No podía evitarlo; su mundo, su presencia, todo lo relacionado con Erevan la obsesionaba.

Quería estar más cerca de él, incluso si eso significaba enfrentarse a un peligro inimaginable.

Sabía que, una vez que cruzara esa barrera, no habría vuelta atrás, pero el deseo de estar cerca de él era más fuerte que cualquier advertencia.

Abrió los ojos de nuevo, mirando a Erevan fijamente.

—Estoy dispuesta a correr ese riesgo —dijo con decisión.

Erevan no dijo nada, pero luego su figura se inclinó hacia ella, acercándose lo suficiente como para que Elena sintiera su presencia más intensa que nunca.

—Entonces prepárate, Elena —dijo Erevan, su voz resonando desde las sombras, una vibración que parecía provenir de todos los rincones de la habitación—.

Porque el camino que has elegido es oscuro, y sus sombras se extenderán más allá de lo que tus ojos pueden ver.

Y una vez que lo inicies, tu alma no podrá volver a ser lo que fue.

Elena sintió un escalofrío recorrer su piel, pero no se inmutó.

La decisión ya estaba tomada, y aunque la oscuridad era aterradora, también la atraía de una manera inexplicable.

De pronto algo cambió en el aire; la presión de las sombras que la rodeaban pareció disminuir.

Erevan, que siempre había sido imponente y seguro, vaciló por un instante.

No era algo que pudiera ver, pues él seguía siendo una forma indefinida de humo y penumbra, pero lo sintió, como un susurro que apenas alcanzaba a percibir en el borde de su consciencia.

—No —dijo Erevan, su voz ahora baja, casi como un suspiro en medio de un viento invisible—. No puedo permitirlo. No puedo dejar que cruces.

Elena frunció el ceño, confusa.

—¿Por qué? —preguntó, su voz firme, aunque por dentro sentía cómo sus pensamientos comenzaban a agitarse.

Las sombras a su alrededor parecieron temblar, como si Erevan estuviera luchando con algo dentro de sí mismo. Su forma oscura, sin rostro ni cuerpo tangible, parecía más turbia, más densa.

—He recorrido las dimensiones de la existencia desde tiempos que ni los más antiguos recuerdan —susurró Erevan, su voz cargada de siglos de sabiduría y soledad—.

He atravesado los límites de mundos que se desvanecen y nacen de nuevo en cada suspiro del cosmos.

Pero desde que te encontré, Elena, he comprendido una verdad que trasciende mi propia naturaleza: mi existencia misma sería un eco vacío si tu esencia se desvanece en las sombras.

El corazón de Elena latía con fuerza. Nunca había escuchado algo tan profundo, tan definitivo. Las palabras de Erevan no eran solo una declaración; eran un pacto sellado por el mismo tejido del universo.

—Pero… —Intentó decir algo, todavía sorprendida por la intensidad de sus palabras.

—Tú eres la luz que me da forma en este mundo caótico —continuó Erevan—. Sin ti, sería solamente una bruma etérea atrapada en los confines de la eternidad, sin sentido, sin propósito.

—No puedes cruzar hacia las sombras, yo cruzaré hacia tu mundo. Encontraremos la manera de fusionar nuestras realidades, de desafiarlas, de unir lo que nunca debió tocarse.

Elena lo miró fijamente, aunque sabía que no podía ver un rostro.

Sentía su presencia, su esencia, flotando a su alrededor, envolviéndola en una especie de protección intangible pero poderosa.

Las sombras parecían palpitar, como si su energía estuviera buscando una salida, una forma de manifestarse en algo más sólido.

—¿Y cómo lo haremos? —preguntó finalmente, sintiendo que las palabras apenas podían contener la magnitud de lo que estaban proponiendo.

—No lo sé —admitió Erevan—. Solo sé que los velos entre nuestros mundos se debilitan, en ciertos lugares, en ciertos momentos. Las antiguas leyendas hablan de esos puntos de cruce, donde las sombras y la luz se tocan, aunque brevemente. Tendremos que buscarlos… juntos.

Elena respiró hondo. Todo su ser estaba en conflicto, pero al mismo tiempo, sentía una paz extraña al estar en sintonía con Erevan. El miedo estaba presente, pero no la dominaba.

—Entonces, juntos —dijo ella, con determinación renovada.

Las sombras alrededor de ellos se hicieron más densas, parecía que el aire estuviera cargado de una energía diferente, más viva, más consciente. La oscuridad ya no era simplemente la ausencia de luz; era una entidad que los envolvía, dándoles el espacio para trazar su camino en lo desconocido.

Elena abrió los ojos y comprendió que estaba en su habitación, el reloj junto a la cama marcaba las tres de la mañana, y aunque la habitación seguía sumida en la penumbra, el tiempo se había detenido, convirtiendo su habitación en un sarcófago de silencio absoluto.

La penumbra ya no era solo falta de luz; se sentía como una segunda piel de brea que Erevan había dejado sobre ella.

Elena comprendió que ya no habitaba en Barcelona, sino en la fisura entre dos mundos, un lugar donde su humanidad era ahora una moneda de cambio para un destino que ya no podía rechazar.