Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Se concentró en las imágenes que habían quedado grabadas en su mente tras sus lecturas y las clases de Historia del Arte.

Las pinturas de Hieronymus Bosch y los frescos de Fra Angelico y Michelangelo la habían dejado perturbada, como si los artistas hubieran capturado una verdad oculta que iba más allá del simple simbolismo religioso.

—Las pinturas… hay algo en ellas —comenzó, su voz cargada de incertidumbre—.

En particular, en el tríptico de Bosch, “El jardín de las delicias”.

Es como si esos mundos que él pintaba, llenos de figuras demoníacas y escenas de paraísos distorsionados, fueran más que solo representaciones de la imaginación.

Parecen… reales, como si hubiera atisbado algo más profundo de lo que los humanos solemos comprender.

Erevan asintió, escuchando cada palabra con atención.

—Bosch… —murmuró, como si el nombre tuviera un eco distante en su memoria—. Los humanos como él, sensibles a lo que está más allá de su plano de existencia, a veces captan fragmentos de nuestro mundo. Pero incluso ellos apenas arañan la superficie.

—¿Entonces esos demonios, esas criaturas… existen en la realidad? —preguntó Elena, con su corazón acelerándose poco a poco.

—De alguna manera —respondió Erevan—. Son representaciones distorsionadas, adaptadas a las mentes humanas.

Pero sí, hay algo de verdad en sus formas.

Mi mundo no es solo oscuridad; hay seres, energías que asumen formas, algunas de las cuales inspiran terror, otras…

—hizo una pausa—. Otras son más complejas.

Elena recordó las pinturas con mayor detalle.

En el “Juicio Final” de Fra Angelico, los demonios que descendían sobre los condenados tenían una ferocidad insaciable, sus formas cambiantes y deformes eran el símbolo del tormento eterno.

Y en “El Juicio Final” de Miguel Ángel, las figuras demoníacas eran menos caóticas, más estructuradas, pero no menos aterradoras.

—En esas obras, los demonios siempre buscan a los humanos, se alimentan de sus almas, de su desesperación… —continuó ella, mirando a Erevan—. Pero tú, Erevan, eres diferente. Tú no encajas del todo en esas descripciones; sin embargo, tampoco eres del todo ajeno a ellas.

Erevan mantuvo su mirada, observándola como si estuviera midiendo cada palabra. El silencio entre ellos creció, cargado de una tensión que solo incrementaba la inquietud de Elena.

Finalmente, Erevan habló.

—He estado indagando también, en mi propio mundo —admitió, su voz reverberando en el espacio que los rodeaba—. Hay antiguos grabados tallados en piedra.

—Hablan de una historia perdida en el tiempo, de un humano que logró cruzar a nuestro mundo. Este humano no solo cruzó, sino que dejó una marca imborrable.

Elena lo observó con los ojos muy abiertos. Era la primera vez que Erevan mencionaba algo sobre su propio mundo de manera tan específica.

—Una marca… ¿Qué tipo de marca? —preguntó, sintiendo cómo el aire entre ellos parecía volverse más denso.

—En una de las piedras más antiguas, hay una calavera con una daga oxidada clavada en su frente.

Esa daga… —Erevan hizo una pausa, como si el mero pensamiento lo perturbara—.

Esa daga tiene un poder inmenso. Impide que los demonios como yo crucen al mundo humano.

Se dice que quien clavó esa daga fue un humano que descubrió cómo pasar entre nuestros mundos.

Desde entonces, la daga se ha convertido en un símbolo de separación, una barrera que no podemos atravesar.

Las palabras de Erevan resonaron en su mente.

“Impide que los demonios como yo crucen al mundo humano”.

Nunca había percibido ese deseo en su tono, esa urgencia oculta tras la serenidad de su voz.

¿Realmente quería cruzar dentro del mundo humano?

Por primera vez, Elena comprendió que Erevan no solo estaba hablando de una antigua leyenda.

Lo deseaba. Y ese entendimiento la dejó sin aliento.

Elena sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.

Las imágenes de las pinturas que había visto se mezclaban con las palabras de Erevan, creando una conexión oscura y perturbadora.

La calavera con la daga incrustada en su frente le recordaba un grabado en piedra debajo del puente del obispo que había visto en el barrio gótico ahí mismo, en Barcelona, donde una calavera también descansaba con un cuchillo clavado en su cabeza.

—¿Y qué significa eso para nosotros? —preguntó Elena, con una mezcla de curiosidad y temor—. ¿Qué implica esa barrera?

Erevan pareció dudar antes de responder.

—Implica que, a pesar de nuestra conexión, no puedo atravesar al mundo humano —dijo, con un tono que sugería tanto frustración como algo más, una sombra de deseo que Elena percibió al instante.

“Quiere escapar…” La idea cruzó su mente, pero no dijo nada. Su corazón latió más rápido al comprender su verdadero anhelo, pero lo mantuvo en silencio, dejando que él continuara.

—Estoy atado a este plano, a tus sueños. Es por eso que solo puedo manifestarme aquí.

Hizo una pausa, como si la idea lo perturbara, antes de continuar: —Pero esa barrera también… me protege. Porque si pudiera cruzar, entonces las reglas que gobiernan nuestro mundo se romperían, y eso —Erevan hizo otra pausa, como si pesara sus palabras—. Eso sería peligroso para ambos.

Elena lo miró fijamente, sintiendo una extraña mezcla de alivio y decepción.

—¿Y si esa barrera desapareciera? —cuestionó, sabiendo que estaba jugando con fuego al hacer esa pregunta.

Erevan la miró, reflejando una emoción contenida, un destello de algo más profundo, pero rápidamente recobró su compostura.

—Entonces el equilibrio entre nuestros mundos se rompería.

No sería solo yo quien cruzara, sino otros como yo.

Y ellos no comparten el mismo interés que yo tengo por ti —dijo, su voz oscura y cargada de advertencia—.

Para ellos, los humanos son simplemente alimento, y tus sueños… no serían lo único que atacarían.

Elena sintió el peso de esas palabras caer sobre ella, llenando su pecho de un miedo palpable.

Pero, en el fondo, el miedo no era lo único que la dominaba.

Estaba obsesionada. Sin siquiera conocer del todo quién era realmente Erevan, su mente ya estaba completamente impregnada de él.

No podía dejar de pensar en su presencia, en su mundo.

La atracción que sentía hacia él iba más allá de lo físico; era una fuerza que la arrastraba, una necesidad que no lograba controlar.

Incluso ahora, sabiendo que ese deseo la estaba conduciendo hacia un peligro inimaginable, no podía detenerse.

Erevan la había atrapado en sus sueños, y ahora, su mente y su corazón pertenecían a él, aunque ella misma no quisiera admitirlo del todo.

Ahora se daba cuenta de que también estaba atrayendo algo mucho más grande y peligroso de lo que jamás había imaginado.

Se quedó en silencio, procesando todo lo que acababa de escuchar. Sabía que el camino que estaba siguiendo no tenía marcha atrás, que cuanto más profundizaba en ese mundo, más se enredaba en él. Pero también sabía que no podía detenerse ahora.

Erevan la observó, y aunque no dijo nada más, Elena pudo sentir que había más en juego de lo que él le estaba revelando.

Sabía que la conexión entre ambos era poderosa, pero también peligrosa.

Y a medida que avanzaba hacia ese abismo desconocido, no podía evitar preguntarse si estaba dispuesta a enfrentarse a lo que vendría, sin importar las consecuencias.

El silencio entre ellos era denso, cargado de promesas no dichas y peligros ocultos.

Elena mantuvo la mirada fija en lo que deberían ser los ojos de Erevan, su mente girando en torno a todas las revelaciones que él le había hecho.

Las palabras resonaban en su interior, cargadas de incertidumbre y un peligro inminente.

Pero había algo más allá del miedo, algo que no podía ignorar.

Una curiosidad implacable, una atracción hacia lo desconocido, hacia él.

Tomó aire profundamente, sintiendo cómo su corazón se aceleraba en su pecho. Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerse.

—¿Y si yo cruzo a tu mundo? —preguntó Elena en un susurro, su voz cargada de una mezcla de determinación y vulnerabilidad.

Erevan se quedó inmóvil, observándola con una intensidad que hizo que el aire entre ellos pareciera envolverlos, y se sintiera más denso.

La oscuridad en la que flotaban parecía tensarse a su alrededor, como si el simple hecho de pronunciar esas palabras hubiera activado algo peligroso, algo que incluso él no podía controlar.

—Eso sería una locura, Elena —respondió Erevan, su tono ahora más grave, casi apagado—. Mi mundo no es como el tuyo. No hay luz, ni seguridad. Las reglas que rigen allí son diferentes, y no están diseñadas para los humanos. No sabes lo que podría suceder si cruzas esa línea.

Elena no apartó la mirada, a pesar de que las palabras de Erevan llevaban una advertencia clara.

Sabía que lo que estaba considerando era peligroso, incluso irracional, pero no podía evitarlo.

Desde el primer momento en que había sentido la presencia de Erevan en sus sueños, su vida había cambiado.

Había una fuerza incontrolable que la empujaba hacia él, hacia su mundo.

Y ahora que había comenzado a desentrañar los secretos de ese otro plano, la idea de quedarse en su propia realidad se le hacía insoportablemente limitada.

—No me importa el peligro —dijo, su voz firme, aunque en su interior sabía que no estaba siendo completamente honesta consigo misma. El miedo estaba allí, agazapado en las sombras, pero su deseo de descubrir más, de entender más, era aún más fuerte.

Erevan no respondió de inmediato. Su figura parecía oscurecerse más, como si estuviera retrocediendo hacia las sombras mismas que lo definían. El silencio que siguió se sintió interminable, pero Elena supo que estaba considerando su petición con seriedad.

Finalmente, cuando habló, su voz era un susurro bajo, casi melancólico.

—Si cruzas a mi mundo, no podré protegerte —advirtió Erevan, sus palabras goteando gravedad—. Las fuerzas que habitan allí no son como yo, y no mostrarán piedad. Serás vulnerable a todo lo que acecha en la oscuridad. Y… no estoy seguro de que puedas regresar.

Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero en lugar de disuadirla, las palabras de Erevan solo parecieron alimentar su resolución.