Capítulo 7
SOMbrAS DE CONFLICTO

Elena se despertó sobresaltada: su cuerpo empapado en sudor y su corazón martillando con fuerza en su pecho.
Un escalofrío recorrió su espalda cuando recordó cómo la figura oscura se había acercado en su sueño; esta vez no era solo terror lo que la invadía.
Había algo en la forma en que se movía, en la manera en que la sentía, que despertaba una chispa de deseo inexplicable.
Aunque aún palpaba el miedo, su cuerpo reaccionaba de una manera que no lograba entender.
Se incorporó poco a poco, con la mente aún atrapada entre los vestigios del sueño y la realidad. Miró a su alrededor, sus ojos vagando por la penumbra de su habitación, buscando algún rastro de Erevan o de las sombras que había sentido rondando en sus pesadillas.
Sus sueños habían cambiado, volviéndose más intrincados, más densos en simbolismo y oscuridad.
En sus sueños, Erevan aparecía a veces como una figura distante, observándola desde la oscuridad, mientras otras veces la sombra parecía acercarse, queriendo tocarla, pero deteniéndose justo antes. En esa ocasión, cuando la sombra se acercó más de lo habitual.
Erevan extendió lo que empezaba a cuajar como una mano.
No era humo; era una extensión de noche sólida que buscaba la calidez de su piel.
Al acercarse, el aire alrededor de sus dedos vibró como cristal a punto de romperse, y cuando el contacto estuvo a milímetros, Elena no sintió frío, sino una corriente de electricidad antigua que anestesió sus miedos,
transformando el terror en un ancla de deseo que la hundía más profundo en el sueño.
En medio de todo, Elena sentía el tira y afloja entre su miedo creciente y su deseo inexplicable de saber más, de acercarse a él, aunque supiera que eso podía llevarla al abismo.
Se levantó de la cama, tratando de despejarse. Abrió la ventana de su habitación, permitiendo que la brisa nocturna entrara y enfriara su piel aún húmeda. El aire frío la tranquilizó un poco, pero no podía sacudirse la sensación de inquietud.
Las pesadillas eran diferentes desde que había comenzado a investigar el origen de Erevan y los demonios en el arte. Ya no eran solo una proyección del miedo; se habían vuelto más personales, más intensas, como si cada rincón de su mente estuviera siendo observado y manipulado.
Las sombras ya no eran solo una presencia abstracta; se sentían más reales, y el fino velo que separaba los dos mundos se estaba desgarrando poco a poco.
Esa noche el sueño la arrojó a un abismo de geometría ciega, un vacío que parecía masticar la luz antes de que pudiera tocar el fondo.
En el centro, Erevan era el eje de una tormenta estática, rodeado de sombras que no eran formas, sino rasgaduras en la realidad; figuras que se movían con una voracidad mineral, como parásitos esperando que el velo entre los mundos terminara de pudrirse para darse un festín con su cordura.
Cada vez que intentaba acercarse a él, las sombras se interponían, susurrando palabras que no podía entender, pero que le helaban la sangre.
Elena sabía que las pesadillas no eran simples proyecciones de su subconsciente; estaban siendo moldeadas por algo más.
Sentía la presencia de Erevan en sus sueños, pero también algo más oscuro, algo más antiguo y peligroso. ¿eran esas sombras las que intentaban separarlos, o Erevan quien, de alguna manera, trataba de protegerla?
Se apoyó contra el marco de la ventana, respirando de manera intensa.
El conflicto interno la estaba desgarrando.
Por un lado, sentía una atracción innegable hacia Erevan, un deseo de entenderlo, de conocer su verdadero ser, pero, por otro, estaba el miedo a lo que eso significaba.
Sabía que no era seguro, que había algo muy peligroso en su conexión con él, pero tampoco podía ignorar el vínculo que habían creado.
Las horas transcurrieron con rapidez mientras Elena permanecía despierta, mirando las estrellas y reflexionando sobre todo lo que había aprendido.
La incertidumbre, la carcomía. La figura de Erevan la atraía y la repelía al mismo tiempo, como una llama ardiente que quería tocar a pesar de saber que podría quemarse.
Cuando el cielo comenzó a clarear con las primeras luces del amanecer, Elena decidió que no podía seguir viviendo atrapada en esa espiral de dudas. Necesitaba respuestas. No solo sobre Erevan, sino sobre las sombras que lo rodeaban y que, de alguna manera, también la envolvían a ella.
Decidió enfrentarse a él. Esa noche, cuando volviera a soñar, lo buscaría. Ya no más juegos, ya no más sombras acechando desde las esquinas de su mente. Estaba decidida a obtener las respuestas que tanto necesitaba.
Durante el transcurso del día, su mente se desplazaba constantemente hacia la noche que se aproximaba. Mientras atendía sus clases y las rutinas cotidianas, la expectativa la consumía.
Sus amigas, Valeria y Hannia, notaron su distracción, pero no preguntaron más allá de lo habitual, ya que estaban acostumbradas a eso. Sabían que Elena estaba lidiando con algo que no podían comprender, y en su lealtad, decidieron no presionarla.
Valeria trató de invitarla a una salida nocturna para distraerse, pero Elena se excusó, alegando cansancio acumulado. En realidad, estaba reservando todas sus energías para la noche, para ese momento en el que se encontraría de nuevo con Erevan.
Elena pasó el resto del día en una calma casi tensa. Se obligó a concentrarse en sus tareas, pero la anticipación y la inquietud eran demasiado fuertes.
Al caer la noche, preparó su mente y su cuerpo para lo que sabía que sería una confrontación con su propio subconsciente, con Erevan y con los demonios que acechaban en sus pesadillas.
Se acostó temprano, apagó las luces y se dejó caer en el colchón, abrazada por la oscuridad de su habitación.
Cerró los ojos, dispuesta a entrar en ese mundo entre el sueño y la vigilia, donde sabía que Erevan la estaría esperando.
En esta ocasión, no esperaría con paciencia a la aparición de él. Esta vez, lo buscaría.
Elena cayó en el sueño con una facilidad inquietante, como si su mente ya hubiera hecho ese camino innumerables veces antes.
De inmediato, se encontró en un paisaje oscuro y nebuloso, un terreno que no reconocía, pero que de alguna manera le resultaba familiar.
Las sombras danzaban a su alrededor, susurrando su nombre con voces distorsionadas que se desvanecían en el aire.
Elena avanzó por el terreno desconocido, su corazón latiendo con fuerza mientras sus ojos buscaban a Erevan entre las sombras.
Sabía que él estaba cerca, podía sentir su presencia envolviéndola como una bruma cálida. Pero también sentía las otras sombras, las mismas que habían aparecido en sus pesadillas anteriores, observándola desde cerca, esperando su momento para atacar.
Finalmente, lo vio. Erevan estaba de pie en medio de la oscuridad, su figura envuelta en esa energía oscura que la había atraído desde el principio. Pero esta vez, había algo diferente en él. Sus bordes estaban más definidos, su presencia más intensa. Parecía más… humano.
Elena se dirigió hacia él, su respiración entrecortada por la combinación de miedo y deseos que experimentaba. Cuando llegó a su lado, las sombras a su alrededor parecieron retroceder, como si temieran su cercanía.
—Erevan —susurró ella, su voz temblorosa pero firme—. Necesito respuestas.
Erevan la observó con cuencas que no eran ojos, sino ventanas a un universo que se había quedado sin estrellas.
Eran pozos de humo que no reflejaban la luz, sino que la bebían, obligando a Elena a sentir que su propia alma estaba siendo leída como una página en blanco bajo una luz negra.
De alguna manera, siempre lograban penetrar en lo más profundo de su ser.
—Lo sé —respondió él, su voz suave como el viento entre los árboles—. Pero las respuestas que buscas no son fáciles. No puedo revelarlo todo… por ahora.
Elena frunció el ceño, su frustración estaba burbujeando dentro de ella.
—¿Por qué no? —insistió—. ¿Por qué me sigues? ¿Por qué no puedes simplemente desaparecer de mis sueños?
Erevan pareció dudar por un momento, como si estuviera debatiendo en su mente si debía decirle la verdad o no.
—No es tan simple, Elena —dijo finalmente—. Lo que nos une no es algo que pueda romperse con facilidad. No puedo irme, y tú tampoco puedes deshacerte de mí. Estamos conectados… por algo más grande que nosotros.
Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda. Las palabras de Erevan, aunque misteriosas, le daban una idea más clara de lo que estaba sucediendo. Pero aún quedaban demasiadas preguntas sin respuesta.
—¿Qué es lo que nos une? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Erevan se quedó en silencio por un momento, como si estuviera eligiendo con cuidado sus palabras.
—Es algo que ni siquiera yo entiendo del todo —admitió—. Pero lo que sé es que nuestro destino está entrelazado de una manera que va más allá de lo que los demonios y los humanos deberían experimentar.
Elena lo miró, tratando de procesar lo que estaba escuchando.
Sentía que estaba a punto de descubrir algo grande, algo que cambiaría todo lo que sabía sobre su relación con Erevan.
Pero al mismo tiempo, sentía el peso de las otras sombras a su alrededor, acechando, esperando su oportunidad para separarles.
La tensión entre ellos era palpable, y aunque el miedo seguía presente, también había algo más: una atracción innegable, una fuerza que los empujaba el uno hacia el otro, a pesar de los peligros que acechaban en las sombras.
Elena tomó aire con un gran suspiro, sintiendo la energía que envolvía ese lugar onírico en el que siempre se encontraba con Erevan. Esta vez no estaba asustada, al menos no tanto como antes.
Había algo en el misterio que los envolvía que, en lugar de ahuyentarla, la atraía aún más.
—He estado investigando sobre ti —dijo, sin titubeos.
Erevan la observó en silencio, su figura parecía un poco más oscura, como si el propio sueño respondiera a su energía cambiante.
—¿Qué has descubierto? —preguntó Erevan, con una voz profunda que vibraba en el aire entre ellos.
Elena cerró los ojos por un breve instante, buscando las palabras correctas.