Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

ECOS DEL PASADO



Sonó el despertador en punto de las 7:30 am.

Elena abrió los ojos, más intrigada que aliviada.

La noche anterior había esperado las pesadillas habituales, las oscuras figuras que la arrastraban a sus más profundos temores, pero esta vez, nada sucedió.

Al principio, sintió alivio por no haber pasado por el sufrimiento que la acosaba noche tras noche, pero una sensación de angustia comenzó a crecer en su pecho.

¿Por qué Erevan no había aparecido? La incertidumbre la mantenía en una especie de suspensión emocional.

Se levantó y caminó hacia el espejo de su habitación, donde su reflejo le devolvía una imagen más descansada de lo acostumbrado.

Sus ojeras, que durante días habían sido un recordatorio físico de sus noches sin descanso, se habían reducido.

La piel bajo sus ojos lucía menos fatigada, lo cual la sorprendió.

Quizá, después de todo, una noche tranquila no había sido tan mala.

Escogió su atuendo sin demasiada reflexión, un overol de lino y una blusa blanca.

Dejó su cabello suelto, sin prestar demasiada atención a su peinado.

Desayunó una tostada de aguacate y un café negro, algo que ya se había vuelto parte de su rutina matutina.

Mientras masticaba, no podía evitar que sus pensamientos vagaran hacia Erevan.

La incertidumbre sobre su ausencia la carcomía más de lo que quería admitir. Sabía que no podía hablar de él con nadie, pero tampoco podía sacárselo de la cabeza.

Salió de su departamento sintiéndose tranquila, pero con una nube de incertidumbre suspendida sobre ella. En el camino a la universidad, se encontró con Hannia, quien la saludó con su habitual sonrisa.

—¿Cómo dormiste anoche? —preguntó Hannia, curiosa, mientras ambas caminaban por los pasillos que conducían al aula.

Elena respondió con una sonrisa suave, aun procesando sus propios sentimientos.

—Curiosamente, dormí muy bien —dijo, con una nota de sorpresa en su voz—. Casi diría que demasiado bien, si eso tiene sentido.

Hannia la miró con las cejas levantadas, pero no insistió más en el tema.

Ambas se dirigieron al aula de Historia del Arte, donde Valeria ya estaba rodeada de un grupo de chicos, riendo y conversando con su característica energía.

Elena intercambió un saludo rápido con ella antes de unirse a la conversación, intentando dejar de lado las preguntas que aún rondaban en su mente.

La profesora entró al aula, con sus gruesas gafas y su característico entusiasmo por el arte, y comenzó a escribir en la pizarra: “Hieronymus Bosch: El jardín de las delicias”. Una obra fascinante del siglo XV que reflejaba mundos de surrealismo y misticismo.

Elena se enderezó en su asiento al ver el título. La imagen de aquel tríptico peculiar ya estaba grabada en su mente, pero no podía evitar sentir una punzada de interés al saber que hoy lo analizarían en clase.

Había algo perturbador y a la vez fascinante en las pinturas de Bosch, como si estuvieran llenas de secretos esperando ser descifrados.

La profesora proyectó una imagen del cuadro en la pantalla.

El jardín de las delicias se desplegaba en tres paneles, con escenas de placer, pecado y condena.

Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras sus ojos se posaban en el panel derecho, donde las almas perdidas eran torturadas en un paisaje infernal.

Algo en esas figuras retorcidas y angustiadas le recordaba al mundo oscuro donde Erevan existía.

—Bosch fue conocido por su habilidad para representar no solo lo terrenal, sino también lo que muchos describen como visiones de otros mundos —explicó la profesora—.

En el panel derecho del tríptico, vemos una representación del infierno, donde las almas caídas son castigadas por toda la eternidad.

Este tipo de arte reflejaba no solo el miedo a lo desconocido, sino también las creencias medievales sobre el más allá y la naturaleza del mal.

Elena se inclinó aún más hacia delante, sus ojos fijos en la pantalla.

Las figuras demoníacas y los paisajes desolados parecían cobrar vida ante sus ojos.

¿Podrían estas representaciones estar basadas en algo más que la imaginación?

¿Y si Bosch había atisbado una realidad que lo acosaba incluso en sus sueños?

—Lo que es particularmente interesante —continuó la profesora— es cómo Bosch retrata a los demonios.

No son entidades con formas claras, sino sombras y monstruosidades amorfas, casi como si estuvieran hechas de pura oscuridad.

Este enfoque sugiere que el mal es algo indefinido y cambiante, algo que puede adoptar muchas formas según el temor de quien lo observa.

Su corazón se aceleró. “Sombras… criaturas amorfas… pura oscuridad”.

Las palabras resonaron con fuerza en su mente.

Erevan le había dicho que en su mundo su forma era más definida, pero en el mundo onírico solo era una proyección de sombras.

Las similitudes con las figuras de Bosch no podían ser solo una coincidencia.

La clase avanzó, y la profesora proyectó otra imagen.

Esta vez era El Juicio Final de Fra Angelico.

Las figuras angelicales y los demonios danzaban alrededor de las almas condenadas, en una batalla por la salvación y la condenación.

Aunque el estilo era completamente diferente al de Bosch, había algo en las expresiones de los demonios que inquietaban a Elena.

No eran meras caricaturas del mal; parecían seres con conciencia, seres que existían en un plano que ella comenzaba a relacionar cada vez más.

—El juicio final es un tema recurrente en el arte renacentista —comentó la profesora—. En muchas de estas obras, los demonios no solo representan el mal puro, sino también la tentación, el miedo y, a veces, el deseo. Son fuerzas que atraen a las almas hacia su destrucción.

Elena no pudo evitar sentir que esas palabras eran un eco de su propia experiencia. Erevan no había sido una fuerza que solo intentaba destruirla; había algo más en él, algo que ella aún no comprendía por completo, pero que sentía en lo más profundo de su ser.

A continuación, la profesora mostró la icónica representación de El Juicio Final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

Los cuerpos poderosos y las expresiones de terror en los condenados contrastaban con las figuras divinas y serenas.

Miguel Ángel había capturado la dualidad entre el bien y el mal, el cielo y el infierno, en una batalla cósmica por las almas humanas.

Elena se perdió en la imagen de los demonios alados que arrastraban a los pecadores hacia el abismo.

Eran figuras poderosas, no meros sirvientes del mal, sino entidades que parecían disfrutar de su trabajo, seres con propósito.

No podía dejar de pensar en Erevan, en cómo había dicho que su deber era alimentarse del miedo humano, pero que algo en ella lo había desviado de ese propósito.

Mientras la profesora explicaba los detalles técnicos de la obra, Elena se quedó reflexionando. La clase le había proporcionado algo más que una lección de historia del arte.

Le había dado una pista sobre Erevan y su mundo. Los demonios, las sombras, el miedo… todo parecía encajar en un rompecabezas que apenas estaba comenzando a armar.

Pero aún quedaban muchas piezas sueltas, preguntas sin respuesta. ¿Qué era Erevan? ¿Por qué se sentía tan atraída hacia él, y por qué él no podía alimentarse de su miedo? ¿Qué significaba todo esto en el gran esquema de las cosas?

La clase terminó, pero el peso de las imágenes y las palabras seguía oprimiendo la mente de Elena.

Recogió sus cosas en silencio, y mientras se dirigía hacia la puerta, sintió que algo profundo había comenzado a cambiar en su interior.

Sabía que estaba en el borde de un descubrimiento, pero también sentía el peligro que conllevaba.

A lo largo del día, las pinturas de Bosch, Fra Angelico y Miguel Ángel seguían revoloteando en su mente.

Las imágenes de los demonios, las almas perdidas y los cielos oscuros estaban grabadas en su mente.

Mientras caminaba por los pasillos de la universidad, no podía sacudirse la sensación de que esos mundos eran más reales de lo que jamás hubiera imaginado.

Elena tomó una profunda bocanada de aire mientras salía al aire libre.

El sol de la tarde estaba en su punto más cálido, pero ella sentía un frío inexplicable que parecía emanar desde lo más profundo de su ser.

Aunque sabía que debía seguir con su rutina diaria, algo dentro de ella había despertado.

Necesitaba saber más sobre Erevan, sobre su mundo, y sobre lo que realmente estaba sucediendo.

Mientras caminaba hacia su próxima clase, Elena supo que ya no podía ignorar lo que había comenzado a descubrir.

Las sombras que la rodeaban eran más que simples pesadillas, y Erevan no era solo una figura oscura que la acechaba en sus sueños.

Él formaba parte de algo más grande, algo antiguo y poderoso, y de alguna manera, ella estaba conectada con todo eso.

A medida que el día avanzaba, Elena sintió una mezcla de temor y anticipación. Sabía que las respuestas que buscaba no serían fáciles de obtener, pero también sabía que no podía detenerse ahora. Había cruzado una línea invisible, y no había vuelta atrás.

El camino estaba lleno de sombras, pero ahora, esas sombras eran su única guía.

Al salir de su última clase, Elena vio a la profesora de Historia del Arte caminar hacia el estacionamiento. Una idea se había estado formando en su mente durante toda la lección, y antes de que pudiera detenerse, ya había dado un par de pasos rápidos hacia la profesora.

—¡Profesora! —gritó Elena, su voz un poco más fuerte de lo que había planeado—. Disculpe, sobre la clase de hoy… fascinante, el tema.

La profesora, deteniéndose al escuchar su nombre, se giró con una expresión algo sorprendida. Elena nunca había mostrado un interés especial por los aspectos más oscuros del arte, así que el entusiasmo en su voz la desconcertó un poco.

—Ah, Elena, ¿qué sucede? —preguntó con curiosidad, mientras sostenía los libros y apuntes contra su pecho.

—Estaba pensando… sobre los demonios en las pinturas —empezó Elena, tratando de sonar casual, aunque el nerviosismo la traicionaba un poco—.

Esas representaciones del mal y el miedo…

¿Sabe usted cuál es el origen de estas figuras en el arte?