Capítulo 5 #3
Y antes de que Elena pudiera decir algo más, la anciana soltó su mano y se dirigió a un callejón, desapareciendo entre las sombras.
Elena se quedó allí, inmóvil, con la respiración agitada y el corazón todavía martilleando en sus oídos.
Miró a su alrededor, pero no había rastro de la mujer.
Las sombras en la terraza parecían más densas de lo habitual, y una sensación de incertidumbre se instaló en su pecho.
Se quedó allí por un momento, temblando un poco, tratando de convencerse de que todo había sido una coincidencia, que tal vez su mente le estaba jugando trucos después de tantas noches de insomnio. Pero en el fondo, sabía que la advertencia de la anciana significaba algo más.
“Las sombras”, repitió en su mente, mientras terminaba de limpiar la mesa y se dirigía hacia la barra para cerrar la cuenta.
Elena salió de la cervecería con una extraña mezcla de inquietud y alivio.
Caminó con calma por los callejones del Born, el sonido de sus pasos resonaba en las estrechas calles empedradas.
A su alrededor, la ciudad seguía su curso con la calma usual de una noche de verano.
Las farolas iluminaban las fachadas de piedra antigua, y el murmullo de las conversaciones en las terrazas cercanas flotaba en el aire, mezclado con el ocasional tintineo de vasos y el susurro del viento cálido que recorría la ciudad.
Pero mientras sus ojos veían la normalidad de la vida nocturna, su mente se encontraba en otro lugar. La advertencia de la anciana resonaba en su cabeza como un eco persistente: “No todo es lo que parece en la oscuridad… lo que te atrae también puede destruirte.”
Elena apretó el paso, sintiendo un nudo en el estómago.
No podía sacarse de la mente la inquietante presencia de Erevan y la confusión que sentía por la extraña conexión entre ambos.
La calma de los callejones del Born contrastaba con el caos emocional en su interior.
Cada rincón oscuro de la ciudad parecía llamarla, pero al mismo tiempo, la mantenía a raya, como si algo estuviera siempre al acecho, fuera de su alcance.
Pasó por el barrio gótico, donde las sombras eran más profundas y las callejuelas se estrechaban aún más, formando un laberinto casi claustrofóbico. Las piedras antiguas de los edificios, testigos de siglos de historia, parecían susurrarle secretos que no estaba segura de querer escuchar.
A medida que avanzaba, notaba cómo su respiración se aceleraba, sus sentidos agudizados por la posibilidad de que algo pudiera estar esperándola en las sombras.
Pero nada sucedió. Todo seguía igual de tranquilo. Las parejas seguían paseando de la mano, los turistas continuaban tomando fotografías, y los bares seguían llenos de risas y música.
Llegó a la estación de metro y descendió hacia el andén.
El ambiente cambió de manera brusca. El aire enrarecido del subsuelo la envolvió, y el sonido de las ruedas de los trenes resonaba a la distancia.
Se quedó de pie, esperando el tren a Sabadell, observando cómo las luces parpadeaban en las paredes grises del túnel.
El metro llegó y, al entrar en el vagón, Elena se acomodó en un asiento junto a la ventana.
El trayecto era largo, pero le ofrecía tiempo para pensar.
Mientras las luces de la ciudad se desvanecían, su mente seguía atrapada en el torbellino de emociones y preguntas que había despertado desde su encuentro con Erevan, mezclado con las palabras de la anciana, esforzándose por procesar todo al mismo tiempo.
El tren la dejó en Bellaterra, y tras bajar al andén casi desierto, el silencio la envolvió por completo.
Avanzó por el camino boscoso que separaba la estación de las villas universitarias.
A pesar del aire cálido, la sombra de los árboles hacía que el sendero se sintiera más fresco, casi frío.
La luna apenas iluminaba el cielo, y las sombras parecían más densas, más largas, más profundas que antes.
Elena se detuvo un momento en medio del sendero, observando el bosque que se alzaba a su alrededor.
La oscuridad se cernía sobre ella, y por un instante, sintió que se adentraba en un paisaje muy similar al de sus sueños.
Las sombras, que en la ciudad habían sido inofensivas, aquí parecían cobrar vida, moverse a su alrededor con una intención desconocida.
Por un momento, pensó en adentrarse en el bosque, en perderse entre los árboles, emulando lo que había vivido tantas veces en sus pesadillas. Quizá allí, en la espesura de la noche, podría encontrar respuestas. Quizá las sombras del bosque la guiarían hacia algo más.
Al dar un paso hacia la oscuridad, se detuvo.
Algo en su interior le dijo que no era allí donde debía buscar.
Las sombras que la acechaban no pertenecían a ese lugar.
Lo que buscaba no estaba en el mundo físico, no estaba en ese bosque.
Su lugar estaba más allá, en un plano donde la realidad y los sueños se entrelazaban de formas que aún no comprendía del todo.
Suspiró, sintiendo el peso de la frustración en su pecho.
Se dio la vuelta y continuó su camino hacia las villas universitarias, dejando atrás las sombras del bosque.
Al entrar a su apartamento, el cansancio la embargó, pero sabía perfectamente que la oscuridad al otro lado de la ventana seguía aguardando.