Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Erevan comenzó a alejarse, arrastrado por una fuerza más antigua y voraz, y con su retirada, la seguridad se evaporó, dejando en su lugar un terror puro, mineral y absoluto.

Elena intentó gritar su nombre, pero su voz era arena seca en una garganta sellada.

Las sombras se cerraban sobre ella, convirtiendo el horizonte en una boca de lobo que masticaba la luz.

Intentó correr, pero sus pies estaban anclados a un suelo que se sentía como carne fría, atrapándola en una red invisible de desesperación.

Las figuras sin rostro se alzaban como columnas de humo podrido, deformes y aterradoras, susurrando en sus oídos una letanía de secretos prohibidos.

Cada movimiento alimentaba un pánico que ya no era una emoción, sino un parásito devorando su cordura.

Elena luchó contra las cadenas oníricas que la asfixiaban.

Las sombras la envolvían en un abismo de negrura, y aunque el terror la hacía temblar, no podía ignorar la atracción magnética y oscura que la encadenaba a ese vacío.

Erevan seguía allí, una mancha de pérdida en mitad del caos, observándola desde una distancia que dolía.

Gritó en el vacío de su mente, intentando arrancarse de aquel pantano de sombras que se apretaban contra sus costillas, buscando el último resto de su aliento. En un último esfuerzo desesperado, con el corazón martilleando un ritmo de guerra y los pulmones ardiendo, logró rasgar el velo y liberarse.

Elena despertó de golpe, empapada en sudor, temblorosa y con el cuerpo tenso por el miedo.

Se sentó de inmediato en la cama, con los ojos muy abiertos, tratando de recordar dónde estaba.

Aún podía sentir la presencia de la sombra, como si no hubiera desaparecido del todo.

Su respiración era rápida y errática, pero no solo por el miedo.

Algo más se agitaba en su interior, algo que la perturbaba tanto como la aterraba.

¿Por qué no podía sacarla de su mente? Había una atracción en esa oscuridad que no lograba entender, una conexión que la inquietaba muchísimo.

Miró a su alrededor, y todo en su habitación estaba en silencio, la sensación de pavor aún la rodeaba.

Volteó hacia el reloj en su mesita de noche. Las luces digitales brillaban en la oscuridad, y el tiempo parecía haberse congelado en ese instante. La pantalla marcaba las tres de la mañana, una y otra vez.

Elena se abrazó a sí misma, tratando de calmar los temblores que sacudían su cuerpo.

Sabía que lo que había experimentado no era solo una pesadilla común. Algo estaba sucediendo, algo mucho más profundo y oscuro que cualquier cosa que hubiera enfrentado antes.

Y mientras la noche continuaba envolviéndola en su manto de sombras, Elena no pudo evitar preguntarse qué había pasado, por qué las pesadillas habían regresado.

Elena pasó el resto de la madrugada en un estado de duermevela, incapaz de encontrar un descanso verdadero.

Cada vez que cerraba los ojos, las sombras parecían acecharla, y su mente no dejaba de reproducir la sensación de terror que había experimentado horas antes.

Intentaba ordenar sus pensamientos, buscarle sentido a lo que había vivido, pero cuanto más lo pensaba, más inabarcable se volvía.

Todo se entremezclaba en una confusión de imágenes fragmentadas: la figura de Erevan alejándose, las sombras que la rodeaban, y esa sensación de que algo más grande se movía en las profundidades de sus sueños.

Cuando el primer rayo de luz se filtró por la ventana de su habitación, sintió un extraño alivio.

La oscuridad de la noche se desvanecía, pero el peso de lo vivido aún la mantenía cautiva.

Sabía que no podía seguir así, que debía continuar con su vida normal, aunque la realidad estuviera empezando a desmoronarse bajo sus pies.

Con un suspiro profundo, se levantó de la cama, sintiendo el cansancio en cada fibra de su ser.

Entró al baño y dejó que el agua tibia de la ducha cayera sobre su cuerpo, relajando por un momento los músculos tensos.

Cerró los ojos bajo el chorro de agua, intentando dejar ir las imágenes que la habían atormentado, pero los recuerdos de la pesadilla seguían acechándola.

A pesar de todo, la ducha la ayudó a centrarse de nuevo, a recordar que tenía que enfrentar un nuevo día.

Se vistió con ropa cómoda y práctica: unos jeans oscuros y una camiseta blanca.

Fue a la cocina, abrió el refrigerador y tomó lo primero que encontró, un yogur y una manzana.

Su mente seguía divagando en las preguntas que la atormentaban.

¿Por qué Erevan se había alejado tan rápido?

¿Qué había desencadenado esa pesadilla tan intensa?

Terminado su desayuno improvisado, recogió sus cosas y se dispuso a salir.

El aire de la mañana era fresco, una brisa suave acariciaba su rostro mientras caminaba hacia la universidad.

El bullicio del campus ya comenzaba a cobrar vida, y las calles se llenaban de personas que, a diferencia de ella, parecían despreocupadas, sumidas en sus rutinas diarias.

Elena intentaba seguir adelante con la suya.

Llegó a las clases y trató de concentrarse en las lecciones, pero su mente se negaba a cooperar.

Las palabras de los profesores se volvían ecos distantes, y sus pensamientos la arrastraban de vuelta a los eventos de la noche anterior.

A cada paso que daba por el campus, a cada mirada distraída a sus apuntes, sentía como si algo estuviera observándola desde las sombras, una presencia silenciosa que no la dejaba en paz.

Durante el almuerzo, Elena intentó regresar a la rutina con Valeria y Hannia, quienes la recibieron con sonrisas y bromas ligeras.

Sus amigas hablaban alegres sobre los planes del fin de semana y el último chisme del campus, pero Elena apenas podía concentrarse en la conversación.

Su mente estaba en otro lugar, sumergida en una nube de pensamientos inquietantes que no podía sacudirse.

Aunque intentaba mantener una sonrisa en su rostro y asentir en los momentos adecuados, la sensación de que algo oscuro la acechaba no la dejaba en paz.

Valeria fue la primera en notar la distracción de Elena, pero esta vez no la presionó.

Tanto ella como Hannia atribuían su comportamiento a las pocas horas de sueño y el estrés del día a día.

Las dos amigas intercambiaron miradas de complicidad, dejando que Elena siguiera inmersa en sus pensamientos, aunque percibían que algo más profundo la estaba afectando.

Después de las clases, Elena se dirigió a la cervecería, con la esperanza de que el ajetreo del trabajo le permitiera distraerse un poco.

Afortunadamente, le tocaba el turno de mesera, lo que significaba que tendría poco tiempo para pensar.

El vaivén entre clientes, platos y mesas la ayudaba a despejar su mente y, por un rato, se sintió casi normal.

El bullicio constante, las órdenes rápidas, y el movimiento entre la cocina y las mesas la mantenían ocupada, alejándola de la realidad que había comenzado a desmoronarse en sus sueños.

Mientras trabajaba, notó a un chico sentado en una mesa de la terraza junto a sus amigos.

No dejaba de mirarla, una sonrisa juguetona en su rostro mientras sus amigos lo animaban a hablarle.

Elena, desinteresada, se concentró en su rutina, tratando de ignorar las miradas insistentes que sentía sobre ella.

Sin embargo, en un momento, mientras pasaba con una bandeja llena de vasos, volteó y casi chocó con él.

—¡Uy! Perdona —dijo el chico, esbozando una sonrisa nerviosa mientras se pasaba una mano por el cabello, claramente buscando una excusa para hablarle—. No quería asustarte.

Elena lo miró, intentando ser educada pero sin interés real en continuar la conversación. —No te preocupes —respondió con una sonrisa cortés mientras intentaba esquivar la situación y volver a su trabajo.

El chico, sin embargo, no desistía. —Sabes, te he visto trabajar antes. Eres muy rápida con las mesas —dijo, intentando iniciar una conversación que no interesaba a Elena.

—Gracias —respondió ella sin mucho entusiasmo. Le daba por su lado, solo para mantener la cordialidad, pero su mente ya estaba volviendo a las tareas que le quedaban por hacer antes de que terminara su turno.

Charlaron un rato corto, él le pidió algo a Elena y ella, para salir de la situación, aceptó.

El chico sonrió aliviado cuando Elena, casi por compromiso, le dio su Instagram.

Él regresó triunfante a su mesa, donde sus amigos lo recibieron con vítores y aplausos, como si hubiera ganado una especie de premio.

Elena solo suspiró aliviada de que el encuentro hubiera llegado a su fin, volviendo a centrarse en su trabajo.

El día pasó rápido, y antes de que se diera cuenta, la noche había caído.

Las mesas en la cervecería comenzaban a quedarse vacías, y la música de fondo se había suavizado hasta convertirse en un susurro lejano.

Elena aprovechó esos momentos de calma para limpiar las mesas restantes y cerrar la terraza.

Mientras limpiaba una mesa en la esquina, sintió de repente que alguien le tomaba la mano. Al mirar, vio una mano arrugada y vieja, agarrándola con fuerza. El sobresalto la hizo saltar hacia atrás.

—Ten cuidado, niña —dijo una voz áspera, grave, cargada de advertencia.

Elena alzó la vista rápidamente. Era la misma anciana que había venido semanas atrás.

La misma que le había dejado aquellas palabras inquietantes sobre las sombras. Elena estaba segura de que la mujer no estaba en la mesa cuando se había acercado. Era como si hubiera aparecido de la nada.

El aire a su alrededor se enfrió de repente, y su corazón comenzó a latir con fuerza en su pecho. El rostro de la anciana estaba iluminado solo por la tenue luz de las farolas exteriores, lo que hacía que sus ojos claros y translúcidos parecieran brillar de una manera perturbadora.

—¿De qué me está hablando? —preguntó Elena, tratando de mantener la calma, mientras la inquietud se deslizaba por su piel como una serpiente helada.

—Las sombras, niña… no puedes confiar en lo que no puedes ver —dijo la anciana con un susurro, su voz llena de una sabiduría antigua que le erizó la piel—. No todo es lo que parece en la oscuridad. Ten cuidado, porque lo que te atrae… también puede destruirte.