Capítulo 5
ENTRE SOMbrAS Y SECRETOS

Elena pasó el día con una extraña sensación de expectación.
No podía dejar de pensar en Erevan, en cómo había desvanecido su forma en la penumbra de su sueño.
Había algo entre ellos, algo más profundo de lo que parecía, y aunque todavía no entendía por completo lo que estaba sucediendo, la idea de descubrir más sobre él la mantenía inquieta y ansiosa.
Durante la mañana, el eco de sus palabras seguía resonando en su mente.
“Quizás… Pero cuando lo haga… ¿estarás lista para lo que viene?”
Esas palabras tenían un peso distinto, como si la prepararan para algo que aún no lograba imaginar.
La conexión entre ellos, aunque enigmática y difusa, comenzaba a volverse algo más tangible.
Mientras se preparaba para salir al campus, no pudo evitar mirarse en el espejo un poco más de lo habitual.
Sus ojeras, que habían sido una constante durante las últimas semanas, habían disminuido.
Se veía menos cansada, más serena. El peso que solía arrastrar consigo se había aligerado, aunque sabía que no se había desvanecido por completo.
Todavía quedaban muchas preguntas sin respuesta.
Las clases de ese día pasaron en una especie de neblina para Elena. Aunque intentaba concentrarse en las conferencias, su mente seguía vagando hacia Erevan.
A veces, sentía su presencia, observándola desde algún lugar oculto, aunque sabía que eso no era posible. O, al menos, no en el mundo real. Sin embargo, la sensación persistía, y con cada minuto que pasaba, la atracción hacia él crecía más.
Valeria y Hannia notaron que Elena estaba distraída, pero ninguna de las dos dijo nada. Las tres compartieron su almuerzo en silencio, una paz extraña que contrastaba con las conversaciones usuales y animadas que solían tener.
—Estás más callada hoy —comentó Hannia mientras revolvía su ensalada. No era una pregunta, sino una observación. Sus ojos intentaban leer los pensamientos de Elena, pero la expresión de Elena estaba oculta tras una cortina de serenidad, la cual Hannia no logró penetrar.
—Solo cosas de la universidad —mintió Elena, con una sonrisa forzada que no alcanzaba sus ojos—. Ya sabes, los exámenes, los proyectos. Lo típico.
Valeria asintió, aunque no parecía convencida. Elena pudo notar cómo las dos amigas intercambiaban miradas rápidas, como si estuvieran debatiendo si seguir indagando o dejar el tema así.
Sin embargo, no hubo más preguntas. Terminó el almuerzo, y las tres amigas se separaron, cada una tomando su propio camino a sus respectivas actividades de la tarde.
Esa noche, el cansancio que había sentido por semanas regresó, pero no era físico. Era un agotamiento emocional que la dejó sumida en pensamientos dispersos mientras se recostaba en su cama.
Las sombras de su habitación bailaban con la luz que se filtraba por la ventana, proyectando figuras abstractas que le recordaban a Erevan.
Se giró de un lado a otro, incapaz de encontrar una posición cómoda para dormir.
El reloj en su mesilla brillaba con un resplandor suave, marcando las 23:45 h.
Sabía que debía dormir, pero su mente estaba demasiado inquieta, y su corazón demasiado acelerado.
Cerró los ojos e intentó vaciar su mente, concentrarse en su respiración, pero cada vez que su mente comenzaba a relajarse, la imagen de Erevan volvía a aparecer.
Después de lo que parecieron horas, se dejó arrastrar por el sueño.
El paisaje de su sueño esta vez no era oscuro ni amenazante, sino cálido y acogedor.
El cielo era de un azul profundo, y el aire tenía un aroma dulce, como si estuviera rodeada de flores invisibles.
Estaba en un prado, un lugar desconocido, pero extrañamente familiar, donde el sol brillaba alto y el viento acariciaba su piel con una suavidad casi reconfortante.
Caminaba descalza sobre la hierba, sintiendo su frescura bajo sus pies. La sensación era tan vívida que, por un momento, se preguntó si realmente estaba soñando o si había cruzado de alguna manera a otro lugar, una especie de limbo entre el mundo de los sueños y la realidad.
Erevan estaba allí, en el horizonte, una sombra alargada destacada contra el cielo brillante.
A medida que se acercaba, su forma comenzó a definirse más, su silueta oscura contrastando con la luz que llenaba el paisaje.
A diferencia de los otros encuentros, esta vez su presencia no era ominosa ni perturbadora. Era serena, casi… humana.
Elena sintió una oleada de alivio mezclada con curiosidad mientras se acercaba a él.
Las preguntas que había estado guardando comenzaron a agolparse en su mente, pero ninguna de ellas encontró palabras de inmediato.
Solo se detuvo frente a él, sintiendo una conexión indescriptible, algo más allá de la atracción física o emocional.
Era como si sus almas estuvieran entrelazadas de alguna manera, como si hubieran compartido algo mucho más antiguo de lo que podían comprender.
—Has vuelto —dijo ella, su voz era un susurro en el viento.
Erevan asintió lentamente, sus ojos invisibles fijos en ella.
—No pude mantenerme lejos —respondió, su tono suave, pero cargado de una verdad que Elena no podía ignorar—. Algo en ti me llama, y aunque debería alejarme, no puedo.
Elena sintió un calor recorrer su cuerpo. Sus palabras resonaban en su mente como un eco, recordándole que no estaba sola en este extraño juego de sombras y luz. Pero también sabía que había algo más, algo oscuro y profundo que Erevan aún no le había revelado.
—¿Qué es lo que nos separa? —preguntó, rompiendo el silencio entre ellos—. ¿Por qué siento que hay algo que no me estás diciendo?
Erevan se quedó quieto, su figura oscura pareciendo más sólida que nunca. El aire a su alrededor pareció enfriarse por un momento, como si las palabras que estaba a punto de pronunciar llevaran un peso considerable.
—Hay cosas en mi mundo… reglas, obligaciones que no puedo romper —dijo con un tono que denotaba una especie de melancolía—. Nosotros existimos con un propósito claro, y ese propósito es lo que me ha mantenido apartado.
No debería estar aquí, hablando contigo, pero… —hubo una pausa tensa—. No puedo evitarlo.
Elena dio un paso más cerca de él, sintiendo la atracción entre ambos crecer a medida que la distancia física se reducía.
—¿Y cuál es ese propósito? —insistió, su voz firme, aunque su corazón latía con fuerza.
Erevan parecía estar debatiendo internamente, como si revelar la verdad pudiera cambiar algo irrevocable entre ellos. De pronto, su voz salió en un susurro casi quebrado.
—Nos alimentamos del miedo, Elena. Somos parásitos de la angustia, segadores que recogen la cosecha de bilis y gritos que los mortales siembran al cerrar los ojos.
Mi especie no vive de aire, sino del sudor frío que emanan sus frentes a las tres de la mañana.
Eso es nuestra naturaleza, nuestra razón de ser.
Cada demonio tiene asignado un alma que acechar, y nuestro deber es hacer que esas almas produzcan el miedo que nos fortalece.
Elena sintió un nudo formarse en su garganta. Aunque había intuido algo parecido, escucharlo de sus labios lo hacía más real, más tangible. Se dio cuenta de que su relación con Erevan no era solo compleja, sino también peligrosa.
—¿Entonces… deberías estar alimentándote de mí? —preguntó Elena, su voz reflejando una mezcla de incredulidad y tristeza.
Erevan asintió, sus palabras estaban cargadas de seriedad.
—En efecto, esa es mi naturaleza. Pero no estoy asignado a ti.
Aun así, si estuviera cerca de ti bajo circunstancias normales, debería estar alimentándome de tu miedo en este mismo momento —admitió, con un tono cargado de confusión—.
Sin embargo, por alguna extraña razón, eso no sucede contigo.
No puedo provocarte el miedo que debería.
En lugar de eso, siento una conexión que no logro entender. Y es esa conexión la que me ha mantenido cerca de ti, a pesar de las reglas que me gobiernan.
Elena se quedó en silencio, intentando procesar lo que acababa de escuchar.
Había algo oscuro entre ellos, algo que amenazaba con separarlos de manera irrevocable, pero también había algo más, algo poderoso que los mantenía unidos a pesar de todo.
Su atracción hacia Erevan no era simplemente física o emocional, sino algo más profundo, que trascendía sus mundos.
—Erevan… —empezó a decir, pero las palabras se le atascaban en la garganta—. Si esto es tan peligroso… ¿Por qué sigues aquí?
Erevan no respondió. En cambio, se inclinó hacia ella, su presencia, envolviéndola como una brisa fría pero reconfortante.
—Porque, Elena —susurró—, hay algo en ti que me hace sentir que hay más en este mundo que solo oscuridad. Y por esa razón, no puedo alejarme.
Elena se quedó en silencio por un momento, digiriendo lo que Erevan acababa de revelar.
En lugar de sentir miedo o tristeza, una pequeña chispa de curiosidad y determinación se encendió dentro de ella.
Aunque no entendía lo que significaba esa conexión entre ellos, algo en su interior le decía que había más en juego de lo que ambos podían ver en ese momento.
Era como si, a pesar de la oscuridad que rodeaba a Erevan, hubiera una verdad más profunda que solo esperaba ser descubierta.
De repente, la realidad del sueño se fracturó.
El ambiente, que antes era una penumbra acogedora, comenzó a transformarse en algo enfermo.
El aire se volvió espeso como sangre coagulada y el frío le mordió los huesos con dientes de granizo, como si un manto de hielo invisible hubiera sellado el prado.
Las sombras dejaron de ser proyecciones para convertirse en lianas de brea viva, alargándose y retorciéndose con una voracidad de animal hambriento.
Elena sintió cómo la piel se le erizaba y su corazón golpeaba su pecho como un pájaro atrapado en una jaula de huesos.
La familiar sensación de miedo regresó con una intensidad abrumadora, reclamando su lugar.
Observó a Erevan, y por primera vez desde que lo había conocido, lo vio desconcertado. Su figura oscura se agitaba como si no pudiera controlar lo que estaba sucediendo a su alrededor.
Observó a Erevan, y por primera vez lo vio desconcertado.
Su figura oscura se agitaba, perdiendo su solidez, como si la propia oscuridad estuviera intentando digerirlo.