Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Es capaz de convertir pensamientos en realidades tangibles, de hacerte creer que el dolor es real, cuando en realidad son solo sombras en tu conciencia… —La voz de la Sombra se deslizaba como un susurro venenoso, acariciando los rincones más oscuros de su mente.

Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda, una mezcla de asombro y terror ante esa revelación. La idea de que su propio miedo pudiera manifestarse de manera tan palpable, tan real, era casi más aterradora que la presencia de la propia Sombra.

—Entonces, ¿qué aspecto tienes en tu propio mundo? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y cautela—. ¿Cómo eres físicamente?

La Sombra no respondió, parecía sopesar la respuesta.

—En mi mundo, mi forma es más definida. Tengo una apariencia fija, como tú.

Mi ser está hecho de energía oscura, moldeada por las fuerzas de mi dimensión.

En los libros humanos más antiguos, hay descripciones vagas de lo que soy, pero no se asemejan del todo a la realidad.

Poseo las características que inspiran sus miedos —explicó con una voz que sonaba como el viento entre los árboles—.

Soy lo que tú temes en la oscuridad, pero también lo que te atrae hacia ella.

Elena lo miró, sintiendo una punzada de curiosidad y fascinación mezclada con temor.

—¿Y hay alguna manera de que yo pueda verte…? —preguntó, su voz temblorosa pero decidida.

La sombra permaneció en silencio por un momento antes de responder.

—He escuchado leyendas… —comenzó, su voz llenándose de un eco profundo que vibraba en el aire, lleno de conocimiento eterno—.

Hace milenios, un humano logró cruzar a nuestro mundo.

Pero no fue por medios comunes —continuó con gravedad—.

Para verlo todo, deberías estar dispuesta a cruzar esa línea, a caminar entre mi mundo y el tuyo.

Elena sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Las palabras de la Sombra tenían un peso extraño, casi primordial, como si le estuviera describiendo algo que había existido mucho antes de que los humanos comprendieran la naturaleza de sus propios miedos.

A pesar de la oscuridad y la incertidumbre que la rodeaba, Elena no pudo evitar seguir preguntando, buscando más respuestas.

—¿Y cómo te llaman en tu mundo? —inquirió, inclinándose hacia delante—. ¿Tienes un nombre?

La figura de la Sombra se movió levemente, como si la pregunta hubiera tocado algo profundo dentro de él. El aire que había a su alrededor se hizo más pesado, y cuando respondió, su voz fue más baja, más seria.

—En mi mundo, los nombres no son como los suyos.

Son antiguos, resonantes… cada sonido contiene poder —explicó, con una calma que bordeaba lo solemne—.

Mi nombre no es una palabra, es un eco atrapado en una piedra milenaria; un sonido que tu garganta humana apenas podría sostener sin romperse.

Pero en este mundo de reflejo, sería… Erevan.

Elena repitió el nombre en su mente. Erevan. Había algo en él que le resultaba imponente, antiguo, como si estuviera conectado a fuerzas que iban más allá de lo que podía entender. El nombre resonaba con un poder desconocido, y en su interior, Elena sintió una mezcla de temor y reverencia.

—Erevan… —murmuró, probando el sonido en sus labios—. ¿Eso es quien eres?

—Es una parte de mí —respondió Erevan, su voz profunda vibrando en el aire como si el mismo sueño temblara ante su presencia—. Pero ahora, en tu mundo y en tus sueños, eso es lo que seré para ti.

Elena asintió, sintiendo que había descubierto algo importante, pero al mismo tiempo, apenas había rozado la superficie del misterio que representaba la sombra de Erevan.

La Sombra se quedó en silencio por un instante que a Elena le pareció eterno.

Erevan, que había estado envuelto en misterio, ahora parecía querer desvanecerse.

La conexión que acababan de forjar, la sensación de haber descubierto algo profundo, comenzaba a desmoronarse, y Elena sintió una punzada de desesperación al ver que él se alejaba.

—Debo irme —dijo Erevan, su voz arrastrando una tristeza inusual para un ser que vivía en las sombras—.

Tú no eres mi misión, Elena. No debería haberte encontrado; no estás destinada para mí.

Debo regresar a lo que estaba destinado.

Hay cosas en mi mundo que requieren de mí…

—hizo una pausa, como si el peso de sus propias palabras lo forzara a detenerse—. Y tú… perteneces allá, en tu realidad.

Elena dio un paso hacia él, su corazón latía con fuerza. No quería que se fuera, no ahora. Había demasiadas preguntas, demasiadas cosas que todavía no entendía. Lo que había descubierto sobre Erevan solo había despertado más curiosidad, más necesidad de conocerlo.

—Espera —pidió, con su voz quebrándose—. No te vayas todavía. Necesito saber más… saber quién eres y por qué… por qué te acercaste a mí.

La figura de Erevan se volvió hacia ella, su silueta oscura pareciendo titubear por un momento. El aire a su alrededor vibraba con una energía densa, como si el espacio mismo estuviera bajo su control.

—No puedo quedarme —dijo con firmeza, pero su voz tenía un tono suave, casi compasivo—. Si me quedo más tiempo, pondré en peligro a ambos. Y no busco eso para ti, Elena.

Elena sintió un vacío formarse en su pecho, pero asintió, sabiendo que no podía obligarlo a permanecer. Sin embargo, algo dentro de ella, una chispa de determinación, la impulsaba a no dejar ir tan fácilmente lo que había comenzado a descubrir.

—Entonces, volverás —afirmó en vez de preguntar con su voz, adquiriendo una seguridad inesperada—. Sé que volverás.

Erevan no respondió. La sombra a su alrededor comenzó a desvanecerse, su figura oscureciéndose como si se estuviera fundiendo con la misma nada.

—Quizás —susurró su voz, apenas perceptible en la penumbra del sueño—. Pero cuando lo haga… ¿estarás lista para lo que viene?

Y con esas palabras, Erevan desapareció, dejando a Elena sola en la vastedad de su propio sueño.

El silencio que le siguió, fue pesado pero pacífico. Elena, en lugar de sentir el temor que había en sueños anteriores, sintió una calma inesperada.

Sabía que había cruzado una línea, y aunque no entendía del todo lo que eso significaba, algo dentro de ella le dijo que este era solo el comienzo.

Elena despertó lentamente, como si el sueño hubiera decidido dejarla ir en lugar de arrastrarla de vuelta a la realidad con el habitual sobresalto. Parpadeó mientras la luz de la mañana se filtraba por la ventana, bañando su habitación en un resplandor suave y acogedor.

Se sentía tranquila. A pesar de la intensidad del sueño, la sensación de calma persistía, como si el eco de la voz de Erevan aún la envolviera.

Se sentó en la cama, respirando profundamente mientras las piezas del sueño se acomodaban en su mente.

No todo estaba claro, pero había algo diferente en esta mañana.

Erevan se había ido, pero no del todo. Él volvería, y la próxima vez, ella estaría más preparada. Se estiró y dejó que el nuevo día comenzara, con una leve sonrisa en los labios