Capítulo 4
EL LÍMITE DEL SUEÑO

Elena caminaba de regreso a su departamento en Bellaterra.
La fresca brisa de la noche le despeinaba el cabello; sin embargo, en su mente se libraba una batalla entre dos deseos opuestos.
Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, iluminando la distancia que se extendía entre el bullicio del día y la tranquilidad solitaria de su hogar.
Se sentía atrapada en un limbo entre el mundo real y el onírico, entre su deseo de descubrir la verdad sobre la Sombra y su necesidad de aferrarse a la realidad.
Elena se detuvo un momento antes de cruzar la calle, mirando las estrellas en el cielo.
Desde que había sentido la presencia de la Sombra en el mar, todo en su vida parecía haber dado un giro extraño.
¿Cómo podía alguien que debía ser aterrador salvarla?
¿Qué quería la Sombra de ella? ¿Era peligroso o… algo más?
La idea de confrontarlo la atormentaba. Si se dormía, lo encontraría de nuevo, podría hacerle las preguntas que rondaban su mente, pero a la vez temía lo que podría descubrir.
“¿Por qué me salvaste?”, era la pregunta que flotaba en sus pensamientos.
Pero al mismo tiempo, una parte de ella deseaba que la sombra desapareciera de su vida, que la dejara tranquila, que pudiera volver a tener noches de paz y días sin sobresaltos.
“¿De verdad quiero eso?”, se preguntaba una y otra vez mientras su mente daba vueltas sobre la misma cuestión.
Cuando llegó a su departamento, se detuvo frente a la puerta.
El frío tacto del pomo la devolvió a la realidad.
Entró y dejó caer su bolso en el sofá, con la misma sensación de pesadez que había sentido en los últimos días.
Sabía que no podía ignorar por más tiempo lo que estaba ocurriendo.
Con un suspiro, se dirigió a la cocina y se sirvió un vaso de agua, notando cómo una de las sutiles marcas que habían dejado las medusas en su piel comenzaba a desaparecer.
Sus manos temblaban ligeramente. El dilema la consumía.
Elena decidió darse una ducha antes de acostarse, como si el agua pudiera lavar las dudas y los miedos que la asfixiaban.
Mientras el agua caliente caía sobre su piel, el sonido del líquido que golpeaba el suelo de la ducha le recordó el murmullo constante del mar.
Cerró los ojos y dejó que la imagen de las olas la envolviera, sintiéndose de nuevo en el agua, entre la realidad y el sueño.
Allí, donde había sentido a la Sombra por primera vez de una manera diferente.
Se dirigió a su cama, sabiendo que no podía escapar de lo que venía. A pesar de todo, el cansancio la vencía. Con cada respiración más profunda, sentía que el sueño se apoderaba de su cuerpo, arrastrándola una vez más hacia ese mundo desconocido donde la Sombra la esperaba.
El sueño la envolvió, como una manta tibia.
Esta vez, el sueño no fue abrupto ni aterrador.
Se encontró caminando por un paisaje vasto y surrealista, con un cielo de colores que cambiaban constantemente entre el amanecer y el atardecer.
Las montañas distantes parecían flotar en el horizonte, mientras que el suelo bajo sus pies era de un verde luminoso que casi parecía brillar.
Elena caminó, sabiendo que estaba en un lugar diferente, más allá de los sueños normales. Este era un mundo donde las reglas eran diferentes. Sentía su presencia a lo lejos, como un eco persistente que la guiaba sin que él estuviera allí físicamente.
—Sombra —susurró, con un temor que casi le impedía pronunciar su nombre.
El eco de su voz resonó en el aire, y algo a lo lejos pareció moverse. La Sombra estaba cerca, lo sabía, lo sentía. Elena continuó caminando, sus pies moviéndose con una determinación que no había sentido antes. Esta vez, no iba a esperar a que él la encontrara. Esta vez, lo buscaría ella misma.
Mientras avanzaba, el paisaje comenzó a cambiar.
El cielo se oscureció poco a poco, volviéndose de un azul profundo, casi negro.
Las sombras a su alrededor se alargaron y se retorcieron, pero no la asustaban.
Sabía que estaba cerca. Su corazón latía con fuerza, pero no era miedo lo que sentía, era anticipación.
Finalmente, lo vio. La Sombra estaba de pie a lo lejos, envuelto en la oscuridad, como siempre. Su figura era imponente, pero esta vez había algo diferente en él. No se movió hacia ella, solo la observó en silencio mientras se acercaba.
Elena detuvo su paso a pocos metros de él, su respiración entrecortada por la tensión del momento. Por fin, se atrevió a hacer la pregunta que había estado ardiendo en su mente.
—¿Por qué me salvaste? —Su voz era más firme de lo que esperaba.
La Sombra no respondió de inmediato. Su presencia era densa, casi tangible, y llena de misterio. La luz que solía brillar en los ojos de Elena se reflejaba en la oscuridad que él emanaba.
Durante lo que pareció una eternidad, el silencio entre ellos fue absoluto.
Su voz resonó en el aire, grave y vibrante, como el eco de un trueno lejano.
—No es lo que crees… —dijo Sombra, su tono cargado de algo que Elena no pudo identificar del todo.
—¿Qué soy para ti? —preguntó ella, su voz temblorosa ahora—. ¿Por qué me sigues? ¿Por qué yo?
La sombra dio un paso hacia ella, pero el espacio entre ambos parecía alargarse, como si una fuerza invisible los mantuviera separados.
Elena sintió una extraña mezcla de temor y fascinación.
Sabía que estaba a punto de obtener respuestas, pero al mismo tiempo, no estaba segura de querer escucharlas.
—Hay algo en ti que no he visto en otros —admitió Sombra, su voz suave pero cargada de gravedad—. Tu luz… me llama de una manera que no comprendo. No es mi intención aterrorizarte, pero no puedo evitar seguirte.
Elena frunció el ceño, confundida por sus palabras. ¿Luz? ¿Qué significaba eso?
—¿Qué eres tú? —susurró Elena, más para sí misma que para él.
Sombra permaneció en silencio por un momento antes de responder.
—Soy una sombra en un mundo de oscuridad; un ser destinado a alimentarse de los miedos de los mortales. Sin embargo, tú… tú me has hecho dudar. Y eso, Elena, es algo que no debería suceder.
Elena sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. No había nada en su tono que indicara amenaza, pero la revelación de que su existencia misma estaba provocando cambios en la Sombra era desconcertante. Su mente estaba llena de preguntas, pero no sabía cómo formularlas.
—¿Por qué yo? —Elena trataba de entender su lugar en todo esto.
Sombra dio otro paso hacia delante, y esta vez la distancia entre ellos disminuyó.
—No lo sé… pero siento que la respuesta está en ti —y su voz, aunque grave, tenía una nota de vulnerabilidad que sorprendió a Elena.
De repente, el mundo a su alrededor comenzó a desmoronarse. Las sombras se agitaban como si estuvieran vivas, y el suelo temblaba bajo sus pies. Elena sintió cómo la conexión con Sombra se debilitaba, como si algo los estuviera separando de nuevo.
—¡No te vayas! —gritó Elena, desesperada por mantenerlo cerca.
—Nos volveremos a encontrar… — Fue lo último que escuchó antes de que el sueño se desvaneciera por completo.
Elena despertó en su cama, con el corazón latiendo con fuerza.
El reloj marcaba las 3:15 de la mañana. Se sentó en la cama, tratando de procesar lo que acababa de suceder.
La Sombra no era solo una presencia aterradora en sus sueños.
Había algo más en él, algo que ella aún no comprendía del todo, pero que la estaba arrastrando hacia un mundo que apenas comenzaba a descubrir.
Sabía que no podía evitarlo más. No podía huir de la Sombra, ni de las respuestas que él tenía. Por mucho que quisiera aferrarse a la normalidad, la verdad era que estaba profundamente entrelazada con él, de una manera que ni siquiera la propia Sombra parecía entender del todo.
Elena se recostó de nuevo, mirando al techo. Su vida había cambiado, y aunque el miedo aún estaba presente, también había una curiosidad que la empujaba a seguir adelante, a descubrir más sobre el misterioso ser que la visitaba en sus sueños.
El equilibrio entre sus mundos estaba a punto de romperse, y ella ya no estaba segura de querer evitarlo.
De un salto, Elena se levantó en la penumbra de su habitación.
Su corazón aún palpitaba con fuerza por el reciente encuentro en el sueño, pero esta vez no podía quedarse quieta.
Encendió la laptop y casi corrió a la cocina a preparar café.
El aroma fuerte llenó el aire mientras su mente se aceleraba a la par con sus latidos.
Volvió a su escritorio, la luz azulada de la pantalla iluminaba toda la habitación mientras las sombras en las esquinas se desvanecían.
Bebió un sorbo de café, caliente y amargo, intentando aclarar sus pensamientos.
Pero cuando sus ojos se posaron en el buscador de la pantalla, la sensación de incertidumbre la golpeó de lleno.
Una línea parpadeaba en el cuadro de búsqueda. Esperando que ella supiera qué hacer.
“¿Por dónde empiezo?”, se preguntó, su mente todavía entrelazada con el recuerdo de la Sombra y las palabras que habían intercambiado en el sueño. “¿Qué busco?”
Su respiración era agitada, y aunque estaba sentada en su habitación en el mundo real, aún sentía la conexión con la Sombra, como si una parte de él todavía estuviera allí, en algún lugar cercano, acechando en los bordes de su percepción.
Colocó las manos sobre el teclado, las yemas de sus dedos apenas rozando las teclas. ¿Demonios? ¿Sueños? ¿Conexiones entre el mundo onírico y la realidad? Ninguna de esas búsquedas parecía suficiente. Se pasó las manos por el cabello, frustrada. Las respuestas no iban a llegar tan fácilmente.
Elena dejó escapar un suspiro, cerrando los ojos por un momento mientras la luz de la pantalla parpadeaba ante ella.
Recordó la sensación del agua en la playa, la presencia de la Sombra salvándola, el desconcierto que había sentido en su sueño cuando él habló sobre su luz.
Esa conexión entre ellos… era profunda, más allá de lo que podía comprender en ese instante.
“¿Y si no estoy buscando la respuesta correcta?”, pensó de repente.
Reabrió los ojos y, con una decisión repentina, escribió “seres oscuros en los sueños” en el buscador.
La pantalla se llenó de resultados diversos: algunos ridículos, otros inquietantes.
Su mirada se detuvo en un título que le llamó la atención.