Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 3 #2
19%

Capítulo 3 #2

Flotó un poco más, sin apuro, saboreando cada segundo de esa paz que pocas veces encontraba.

El mar la recibía, la cuidaba, y en ese momento, nada más importaba.

Elena abrió los ojos bajo el agua, observando cómo la luz del sol se filtraba a través de la superficie, creando destellos dorados que danzaban alrededor de ella.

El tiempo se detuvo allí abajo, todo era sereno y lento, muy diferente al caos que solía vivir en su día a día.

Se quedó un momento flotando bocarriba, con los ojos cerrados, escuchando únicamente el suave chapoteo del agua.

Por primera vez en mucho tiempo, se permitió sonreír. No había prisa por volver a la orilla, no había sombras persiguiéndola en ese momento. Solo estaba ella, el mar, y el instante de paz que se había regalado.

Sintió un roce en su pierna, y el mundo a su alrededor se detuvo.

Su corazón, que latía en calma, golpeó con violencia dentro de su pecho.

Abrió los ojos de golpe, intentando racionalizar el contacto.

“Una planta”, pensó, “solo una planta.” Pero algo más profundo, más instintivo, le gritaba que no era así.

Entonces, sintió un dolor punzante y agudo que perforó su muslo como un aguijón.

El calor sofocante del día parecía desvanecerse en ese momento, reemplazado por una ola de frío y terror.

Elena miró hacia abajo, y ahí estaba, flotando muy tranquila en el agua, la medusa.

Su forma gelatinosa parecía inofensiva, pero el ardor en su pierna contaba otra historia.

El dolor comenzó a extenderse, como si el veneno se filtrara en su sangre, irradiando un fuego bajo su piel.

La calma del mar se volvió una amenaza latente, como si ese paraíso ahora la atrapara en una pesadilla sin salida.

Su primer impulso fue moverse, pero cada vez que lo hacía, el ardor se intensificaba, haciéndola gemir en silencio.

El miedo se transformó en pánico, su respiración se volvió errática, rápida.

El agua, antes tan fresca y reconfortante, ahora se sentía densa, pesada, como si la estuviera arrastrando hacia abajo.

Sus brazos intentaron empujarla hacia la superficie, pero el dolor en sus músculos la paralizaba.

Cada brazada parecía más débil que la anterior, y el aire en sus pulmones comenzó a desaparecer.

Entonces, en el rabillo de su ojo, vio algo más.

No era solo una medusa; eran muchas. Decenas, tal vez cientos, rodeándola como una trampa viva.

Los cuerpos translúcidos flotaban a su alrededor, moviéndose con una lentitud inquietante, pero segura; como depredadores que acechan a su presa.

Los tentáculos no rozaban su piel; la marcaban con una caligrafía de fuego, cada contacto encendiendo una punzada que parecía coserle los nervios al oleaje.

Eran filamentos de una pesadilla eléctrica acechando desde un abismo que de pronto se sentía hambriento.

Intentó moverse, pero cada espasmo atraía un nuevo látigo de veneno.

El dolor dejó de ser una sensación para convertirse en un enjambre de agujas que se clavaba en sus piernas, sus brazos y su vientre.

Era un incendio bajo el agua, un fervor que crecía con cada segundo en ese infierno líquido.

El mar ya no era agua; se había vuelto espeso como sangre estancada, una masa sofocante que la aprisionaba en un útero de sal y muerte.

No podía pensar con claridad, solo sentía ese ardor constante que consumía cada rincón de su cuerpo.

Su visión comenzó a nublarse, y el mundo bajo el agua se volvió un caos distorsionado de sombras y formas borrosas.

Su cabeza empezó a dar vueltas. Sus pulmones clamaban por aire, pero no podía controlar sus movimientos.

Trató de gritar, pero solo tragó agua. Sintió como si todo se estuviera cerrando a su alrededor, como si el océano la estuviera devorando poco a poco, sin piedad.

Sus extremidades se paralizaban, el frío de su sangre dominaba cada célula de su cuerpo.

El dolor no la dejaba escapar, y cada vez que intentaba nadar más allá de las medusas, otro tentáculo se enredaba en su piel.

El pánico, esa bestia que siempre había temido, la envolvía ahora por completo.

Su cuerpo no respondía, su mente se sumergía en el pavor, mientras sus ojos se cerraban poco a poco, perdiendo la batalla.

Justo antes de que el silencio absoluto se apoderara de todo. Una voz, familiar, pero lejana, se filtró a través del caos de su mente. Era baja, profunda, resonaba en lo más profundo de su conciencia.

—Elena… —La voz cortó el terror como un cuchillo—. Lucha.

Era la voz de la Sombra en sus sueños; esa presencia inconfundible, poderosa, que había estado acechando sus pesadillas.

Pero esta vez, no la intimidaba, no la aterrorizaba.

La orden resonó en su mente con una claridad que rompió la oscuridad que la había rodeado.

La sacudió, devolviéndole el control sobre su cuerpo.

—Lucha.

Elena no tenía fuerzas, su cuerpo apenas respondía.

Pero esa voz… esa voz no dejaba lugar para la derrota.

Con cada onza de energía que le quedaba, intentó mover sus brazos.

El mar seguía oprimiéndola; sin embargo, algo en su interior la empujaba a seguir.

Con cada brazada, el dolor se mantenía; no obstante, su mente se centraba en una sola cosa: sobrevivir.

A pesar de que las medusas seguían rondando a su alrededor, ya no importaban.

La voz de la Sombra no llegó a sus oídos, sino que detonó en su médula espinal.

Fue un ancla de hierro negro arrojada en mitad de su naufragio, un comando que le devolvió el gobierno de sus músculos cuando ya eran solo carne rendida al frío.

No era una ayuda, era un reclamo de propiedad sobre su vida.

Después de lo que pareció una eternidad, sus manos rompieron la superficie del agua, y luego su cabeza emergió.

El aire entró bruscamente en sus pulmones, y tosió mientras seguía moviéndose con desesperación hacia la orilla.

Cada brazada era un esfuerzo titánico, pero la fuerza que la Sombra le había proporcionado seguía empujándola hacia delante.

Cuando sus pies tocaron el fondo arenoso, Elena apenas pudo mantenerse en pie.

Su cuerpo temblaba incontrolado, y su piel ardía como si mil agujas la perforaran a la vez.

Cada paso hacia la orilla era una batalla, pero estaba viva.

Con el agua, aun escurriendo de su cuerpo, tambaleándose, sintió las olas, empujándola hacia la playa, como si el mar la despidiera después de su tormento.

Al llegar a la orilla, las miradas de sus amigas se encontraron con ella. El horror en sus ojos fue inmediato.

—¡Dios mío, Elena! —gritó Hannia, corriendo hacia ella. Su rostro estaba pálido de la angustia, sus ojos fijos en las manchas rojas y las marcas hinchadas que cubrían el cuerpo de Elena.

Valeria la seguía, con el ceño fruncido, pero sus ojos también reflejaban el mismo pánico. —¡Elena, qué te ha pasado! —dijo, su voz aguda, apenas conteniendo el miedo.

Elena intentó sonreír, aunque sus músculos se resistían. Sentía el ardor en cada centímetro de piel. Los tentáculos de las medusas habían dejado su rastro como una quemadura viva, y cada paso se volvía más doloroso.

—Estoy… bien —logró decir entre respiraciones entrecortadas, mientras su cuerpo aún temblaba de la experiencia.

Sus piernas apenas la sostenían. Trató de mantener la compostura, pero la debilidad la obligó a caer sobre su toalla.

Hannia se arrodilló a su lado con los ojos llenos de lágrimas contenidas.

Valeria se mantenía cerca, observando con incredulidad las marcas rojas que se extendían por sus brazos y piernas.

—¿Qué te pasó allá adentro? —preguntó Hannia, incapaz de ocultar el nerviosismo en su voz—. ¡Estás llena de picaduras!

—Medusas —respondió Elena, su voz, apenas era un susurro, su mirada perdida en el horizonte—. Fue un pequeño percance.

Pero por dentro, las imágenes seguían vivas e intensas.

Sabía que no solo había sido un “percance”.

Algo más había ocurrido en ese mar. Algo mucho más oscuro.

Sintió la presencia de la Sombra, aun rondando en su mente, como una advertencia silenciosa.

No podía contarlo. Así que, en lugar de eso, les ofreció una débil sonrisa, intentando calmar a sus amigas.

—De verdad, estoy bien —murmuró, aunque sus piernas aún temblaban—. Solo necesito un momento.

Hannia y Valeria intercambiaron miradas de incredulidad. Sabían que algo más había pasado, pero el miedo las mantenía en silencio.

Elena se quedó sentada en su toalla mientras trataba de calmar su respiración. Las miradas de sus amigas estaban fijas en ella, preocupadas.

Elena cerró los ojos por un momento, sintiendo la cálida brisa del mar en su rostro. Pero detrás de esa aparente calma, su mente estaba lejos de descansar.

Lo que había sucedido en el agua no era una coincidencia. La Sombra la había salvado. Lo sabía con una certeza inexplicable, como si una parte de ella siempre hubiera estado conectada a él. Pero, ¿por qué? ¿Por qué a ella? ¿Y qué significaba eso realmente?

Mientras las voces de Valeria y Hannia resonaban a su alrededor, hablando sobre accidentes triviales, Elena apenas podía concentrarse en la conversación.

Su mente regresaba una y otra vez al momento en que sintió la presencia de la Sombra.

Esa sensación envolvente, esa voz que la había arrancado del borde de la muerte…

no era solo un sueño. No podía serlo. Y ahora, la idea de que ese ser oscuro y misterioso estaba de alguna manera entrelazado en su vida real la llenaba de una mezcla de fascinación y temor.

Cada vez que intentaba sacudirse el pensamiento, volvía con más fuerza, como una corriente que la arrastraba hacia lo desconocido. ¿Qué quería la Sombra de ella? ¿Por qué la había salvado?

Elena abrió los ojos y miró hacia el mar.

Las olas seguían rompiendo calmadas en la orilla, como si nada hubiera cambiado.

Sin embargo, para ella, todo era diferente.

Las preguntas giraban en su mente con una intensidad que la empezaba a consumir.

Se sentía atrapada entre dos mundos: uno tangible y real, y otro hecho de sombras y misterios que no podía entender, pero que la atraían sin remedio.

Sabía que no podía seguir ignorando lo que había pasado.

Tenía que enfrentarse a ello. Tenía que enfrentarse a él.

La Sombra ya no era solo una figura en sus pesadillas, ni un demonio atrapado en los confines de su mente.