Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

ENTRE SOMbrAS Y SUSURROS



Elena se había dormido cerca de las 6:30 am del sábado, su cuerpo extenuado por la larga noche de fiesta, pero su mente aún inquieta por la sombra que habitaba sus sueños.

Apenas se tumbó en la cama, se deslizó en un sueño ligero, sin la profundidad reconfortante que esperaba encontrar.

El ambiente a su alrededor en ese sueño parecía tranquilo, pero una inquietud latente persistía, como si algo invisible estuviera al acecho.

El campo no era tierra, sino un lienzo de amnesia que se estiraba hasta un horizonte sin sangre.

Bajo sus pies, la hierba no susurraba; siseaba secretos en un idioma de insectos, un rumor seco que se le enredaba en los tobillos como una advertencia que su mente se negaba a traducir.

Todo a su alrededor era vasto y silencioso, pero no se sentía sola.

La presencia de la Sombra estaba allí; la sintió en la piel, como un escalofrío que la rodeaba; no obstante, esta vez él no se acercaba.

Se mantenía distante, como una sombra apenas visible en el horizonte.

Elena caminaba despacio, notando cómo cada paso hacía que el aire se espesara un poco más, pero la Sombra no se manifestaba como en las noches anteriores.

Había una pausa, una sensación de espera, como si algo se estuviera preparando.

Elena podía percibir su esencia, una mezcla de misterio y peligro, pero sin la opresión que solía envolverla.

Era como si él la estuviera observando desde lejos, indeciso o esperando por algo más grande, algo que aún no se había revelado.

Se detuvo un momento, sintiendo que no tenía por qué seguir caminando.

La brisa fría rozaba su piel, y aunque el paisaje era extraño y apacible, la sensación de expectación era abrumadora.

Cerró los ojos y se concentró en su respiración, tratando de encontrar calma dentro de esa inquietud, pero incluso con los ojos cerrados, podía sentir que Sombra estaba allí, observándola desde algún lugar en las penumbras.

Una figura en el borde de su percepción, una presencia que se mantenía apartada pero siempre al acecho.

“¿Por qué no te acercas esta vez?”, pensó Elena, pero no pronunció las palabras en voz alta. El silencio era demasiado denso como para romperlo.

Después de lo que pareció una eternidad, el paisaje comenzó a desvanecerse poco a poco, como si la realidad del sueño estuviera siendo absorbida por la nada.

La Sombra seguía allí, pero no hacía ningún movimiento, no emitía ningún sonido, solo permanecía en ese limbo entre el mundo real y el onírico.

Elena se despertó, sintiendo la ligereza del sueño aún aferrada a sus sentidos.

El reloj en su mesita de noche marcaba las 11:45 am, más tarde de lo habitual para ella.

El sol brillaba en las cortinas y bañaba su habitación con un resplandor cálido.

El sonido suave de los pájaros afuera contrastaba con la extraña calma de su sueño, como si el mundo real estuviera tratando de sacarla del torbellino emocional en el que había estado inmersa.

Se levantó con pesadez, sintiendo cómo su cuerpo aún arrastraba el cansancio de la noche anterior. El aroma del café que su vecina de piso había preparado llenaba el aire, y por un momento, Elena permitió que la cotidianidad de la mañana del sábado la arrullara en una falsa sensación de seguridad.

Mientras se dirigía a la cocina, los ecos del sueño persistían en su mente. No era como las pesadillas anteriores, llenas de opresión y miedo, pero tampoco había sido un sueño reparador.

La sombra había estado allí, observando desde la distancia, sin acercarse demasiado, como si algo lo retuviera.

La sensación de misterio y peligro seguía presente, pero no era tan sofocante.

Era como si la conexión entre ellos estuviera evolucionando, convirtiéndose en algo más profundo, aunque aún no lograba comprender qué significaba todo aquello.

Elena se sirvió una taza de café, sus pensamientos vagando entre los recuerdos de la noche anterior en el Club Opium y la extraña sensación de calma que había experimentado en su sueño.

Sabía que aquello no era el final, ¿o sí?

¿La Sombra volvería? Intrigada, se sumergía en sus pensamientos, aliviada por una noche sin pesadillas, pero desconcertada por la ausencia de esa presencia oscura que había comenzado a formar parte de sus noches.

Mientras bebía su café, Elena decidió que, por ahora, lo mejor sería centrarse en el presente.

Quedaba mucho por descubrir sobre la Sombra y lo que quería de ella, pero sabía que las respuestas no llegarían de inmediato.

Debía mantener su mente despejada, enfocada en su vida cotidiana, aunque en lo profundo de su ser percibía que el frágil equilibrio entre ambos mundos podría estar a punto de romperse.

Un golpe fuerte en la puerta de su departamento la hizo saltar, sacándola bruscamente de sus pensamientos. El café se derramó por todo su pijama, tiñendo la tela con manchas oscuras y cálidas.

Otro golpe, seguido de una voz conocida, resonó a través de la puerta.

—¡Elena, abre la puerta! ¡Soy yo, Valeria! —gritó desde el otro lado, impaciente.

La escena era casi cómica. Del otro lado, Valeria estaba fresca y radiante, con un bikini azul claro, lentes de sol y una bolsa de playa tan grande que parecía contener todo lo necesario para sobrevivir un fin de semana en una isla desierta.

Elena abrió la puerta, despeinada, con el pijama empapado de café y ojeras pronunciadas bajo sus ojos.

—¿Qué pasa contigo? —dijo Valeria alzando una ceja y empujando a Elena entrando al departamento—. Quedamos en salir a las 11:00 a la playa.

Elena parpadeó, tratando de recordar su acuerdo mientras se limpiaba la mancha de café con la mano, sin mucho éxito.

—¿La playa? Ah, sí… Lo olvidé por completo. Dame unos minutos para arreglarme —respondió, con una risa nerviosa, antes de cerrar la puerta detrás de Valeria para apresurarse a cambiarse de ropa.

Media hora después, Elena y Valeria estaban en camino hacia la playa de la Barceloneta, charlando y riendo mientras el viento marino les revolvía el cabello.

El sol de mediodía ya brillaba en lo alto, y las calles que bordeaban la playa estaban llenas de turistas y locales buscando un respiro del calor sofocante.

—¡Qué bien viene esto después de anoche! —exclamó Valeria mientras ajustaba los tirantes de su bikini bajo la luz intensa del sol—. A veces me pregunto por qué no vivimos más cerca del mar.

Elena sonrió, sintiendo la energía positiva de Valeria.

La playa siempre había tenido un efecto calmante sobre ella.

A medida que se acercaban, el sonido de las olas rompiendo contra la orilla y las risas lejanas de los bañistas llenaban el aire.

El aroma salado del mar le inundó los pulmones, y por un instante, todo parecía perfectamente normal.

Al llegar, encontraron un buen lugar cerca de la orilla donde extendieron sus toallas. Hannia ya estaba allí, con un sombrero de ala ancha y un libro en mano, relajada bajo el sol. Al verlas, les sonrió y saludó con la mano.

—¡Por fin! Pensé que me había quedado sola —dijo Hannia, dejando a un lado su libro mientras Valeria se dejaba caer en su toalla.

Elena se tumbó en la suya, disfrutando del calor del sol sobre su piel. Las conversaciones eran ligeras y despreocupadas, girando en torno a las trivialidades del día a día, desde los nuevos lanzamientos de Netflix hasta las últimas noticias de sus círculos sociales.

Pasaron el día bañándose en el mar, disfrutando de la arena bajo sus pies y del alivio que proporcionaba el agua fresca.

El ambiente era vibrante; la Barceloneta, con sus chiringuitos y el constante ir y venir de la gente, se llenaba de vida bajo el sol radiante.

Por un momento, las sombras de sus sueños se desvanecían con cada risa y conversación ligera que mantenía con sus amigas.

Entre chapuzones y ratos al sol, Valeria intentaba convencerlas de asistir a otra fiesta por la noche, pero Elena, aunque sonreía y seguía el juego, no podía evitar que su mente vagara hacia los confines de su mundo onírico.

Las olas parecían susurrarle algo, como si las mismas aguas supieran más de lo que parecía.

Una sensación extraña la recorría, como si su cuerpo estuviera dividido entre dos realidades.

—No sé si esta noche estoy para fiestas, Val —dijo Elena, sacudiendo la cabeza con una sonrisa cansada—. Necesito un respiro. Además, ayer ya tuvimos suficiente fiesta para un mes.

Valeria frunció el ceño, pero su tono fue ligero.

—Venga, no seas aguafiestas —bromeó, antes de lanzarse, para convencer a Hannia.

Elena, agradecida por el pequeño espacio que le daban, decidió que necesitaba despejar su mente de verdad. Se levantó y caminó hacia la orilla.

El agua la llamaba; su cristalina tranquilidad era un bálsamo que prometía calma y alivio. A pesar de no ser una nadadora experimentada, siempre le había gustado la sensación de adentrarse un poco más allá de las olas suaves y sumergirse en el agua, dejando que la paz del mar la envolviera.

El agua bajo sus pies estaba fresca, las pequeñas olas acariciaban sus tobillos mientras avanzaba, el agua subía lentamente por sus piernas hasta alcanzar su cintura.

Sintió el frío refrescante que reemplazaba el calor abrasador del sol en su piel.

Siguió caminando hasta que el agua la cubrió por completo.

Se sumergió, permitiendo que el silencio del mar la envolviera.

Nadó despacio, con movimientos suaves, sintiendo cómo el agua la abrazaba.

Cada brazada la llevaba más adentro, y con cada movimiento, el peso en su pecho parecía disiparse un poco más.

Cerró los ojos, flotando, dejando que el mar la sostuviera.

Por un momento, todo estaba en calma. El agua, cálida y suave, se sentía como un abrazo interminable, una pausa de todo lo que la atormentaba.

El sonido de las olas la envolvía, amortiguado bajo el agua, mientras se dejaba llevar por las corrientes.

Se sentía ligera, como si todo lo que había cargado por tanto tiempo se disolviera en ese instante.

Era solo ella y el mar, un espacio seguro, lejos de las preocupaciones, de las sombras, de todo.

Se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo sin sentirse tan tranquila, tan desconectada del caos.