Capítulo 2 #2
—Vale, admito que te ha quedado bien —dijo Hannia, mirando su reflejo con aprobación—. Pero seguimos yendo a la fiesta en tacones… ¿En serio?
Valeria les guiñó un ojo mientras guardaba el maquillaje.—Chicas, estamos en Barcelona. Esta noche vamos a brillar, ¿listas?
Elena y Hannia se miraron, medio riendo ante la situación, pero decidieron dejarse llevar por la espontaneidad del momento.
Mientras salían del museo, ahora con una apariencia totalmente distinta a la de hacía solo unos minutos, Elena sintió una extraña mezcla de emociones.
La noche se avecinaba, y aunque su vida cotidiana parecía normal por fuera, las sombras de sus sueños seguían esperando en el fondo de su mente, listas para resurgir en cualquier momento.
Las risas de las tres amigas resonaban en la estación mientras esperaban el metro, ajenas a las miradas curiosas que atraían a su alrededor.
Con su renovado aspecto, no pasaban desapercibidas.
El brillo en los ojos de Valeria, el elegante porte de Hannia, y la recién descubierta confianza en la actitud de Elena las convertían en el centro de atención sin siquiera intentarlo.
Durante el trayecto de veinte minutos que separaba el museo del Club Opium, el más famoso del frente marítimo de Barcelona, se dejaron llevar por la emoción del momento.
Valeria, siempre tan extrovertida, compartía chismes y anécdotas que provocaban carcajadas entre las tres, mientras Elena, por primera vez en días, lograba desconectar de la tensión que la había estado persiguiendo.
El bullicio del metro, las miradas curiosas de otros pasajeros, e incluso el calor que aún se aferraba a la noche veraniega, pasaban desapercibidos para ellas.
—¡Están robando miradas! —exclamó Valeria, inclinándose hacia Hannia y Elena mientras un grupo de turistas trataba disimuladamente de sacarles fotos.
Hannia rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír. Elena, sintiendo el cambio en su propia energía, también se permitió disfrutar de la atención. Por un instante, el mundo parecía estar a sus pies, como si cada detalle de esa noche las hiciera brillar un poco más.
Cuando llegaron al Club Opium, las luces brillantes del paseo marítimo se reflejaban en el mar cercano.
La vibrante música electrónica del club se escuchaba desde la distancia, mezclándose con el sonido de las olas, rompiendo suavemente en la orilla.
La entrada estaba llena de gente esperando para entrar, pero Valeria, siempre con contactos en todas partes, las hizo pasar de inmediato.
Al entrar, fueron recibidas por un estallido de luces de neón y el ritmo constante de la música.
El ambiente dentro del club era eléctrico, con la pista de baile llena de cuerpos que se movían al unísono bajo las luces estroboscópicas. Valeria los guio hacia una mesa donde se encontraron con varios amigos que ya estaban allí. Un par de ellos las recibieron con abrazos y una efusiva bienvenida.
—¡Por fin llegasteis! —exclamó Sergio, un amigo común, mientras abrazaba a Valeria—. Pensábamos que no ibais a venir.
—Nos hicimos esperar para dar más impacto —respondió Valeria con una sonrisa traviesa, lanzándole una mirada cómplice a Elena y Hannia.
Elena saludó a los demás con una sonrisa; se sintió más relajada de lo que esperaba.
Sus amigos siempre habían sido un refugio para ella, y en ese momento, con la música vibrando a su alrededor y las luces de colores iluminando el ambiente, por un instante, logró dejar atrás la inquietud que la había atormentado.
Pidieron unas copas. Disfrutaron de la compañía y de la música, dejándose llevar por la energía del lugar. Valeria ya estaba en la pista de baile, moviéndose con una gracia que atraía miradas, mientras Hannia charlaba con otro amigo sobre la próxima exposición en la ciudad.
Elena se quedó un momento en la mesa, observando todo a su alrededor.
El Club Opium estaba lleno de vida: las luces, la música, el constante murmullo de conversaciones mezcladas con risas.
En medio de todo ese caos de sonidos y colores, sintió una punzada de incomodidad en su pecho.
Miró el espejo detrás de la barra y, por un segundo, la alegría de la noche se pudrió.
Entre el neón y el alcohol, una figura oscura rasgó el reflejo; no era una imagen, sino un agujero de aceite negro que absorbía el brillo de las botellas.
Elena parpadeó, y el vacío se cerró como una boca que ha terminado de tragar, devolviéndole solo su propio rostro pálido y una respiración que sabía a miedo.
Sacudió la cabeza, intentando ignorar esa sensación. Era solo su mente jugándole una mala pasada, una mezcla de cansancio y el ambiente intoxicante del club. Se levantó de la mesa, decidida a no dejarse llevar por sus pensamientos oscuros.
—¡Vamos, Elena! —gritó Valeria desde la pista, animándola a unirse al grupo que bailaba bajo la luz de los reflectores.
Elena sonrió y, dejando sus preocupaciones atrás, se lanzó al ritmo de la música, permitiendo que el calor del momento la envolviera. Por esta noche, las sombras podían esperar.
Entre “Head sus movimientos eran tan fluidos que parecían estar en perfecta sintonía con la música.
La luz se reflejaba en los brillos de su vestido, creando destellos hipnóticos a su alrededor.
Al sonar “Easy Love”, tomaron a Hannia de la mano.
Ella al principio se resistió un poco, pero pronto sucumbió al encanto del momento.
Las tres amigas, sudando y riendo, se lanzaron a la pista con una energía desenfrenada, como si todo el peso de los días pasados se hubiera evaporado.
Bailaban con una libertad y sensualidad que atraían miradas de admiración a su alrededor.
La música las envolvía, transformando cada movimiento en una celebración pura y despreocupada.
El calor subía a medida que las canciones cambiaban, pero eso solo las impulsaba a moverse más rápido, a reír más fuerte.
Las luces brillaban y parpadeaban, creando un espectáculo visual que las hacía sentir como si fueran parte de algo mucho más grande, algo casi trascendental.
Elena, Valeria y Hannia rompieron la pista de baile con su presencia arrolladora, sus risas explotando en el aire mientras el sudor caía por sus cuerpos, resplandeciendo bajo las luces.
Por un momento, nada más importaba. Solo la música, la energía del lugar, y la fuerza de su amistad.
Elena, en ese instante, se sintió invencible, completamente perdida en la magia de la música y el momento.
A las 5:30 am, Elena caminaba hacia la estación de metro; los tacones de Valeria resonaban sobre el pavimento húmedo de la madrugada.
A su lado, Valeria y Hannia seguían charlando efusivas, sus risas aún flotaban en el aire, como ecos lejanos de la euforia que habían dejado en la pista de baile.
La música, los colores vibrantes, las miradas y el calor de los cuerpos aún se sentían en la piel, pero el cansancio empezaba a hacer mella en su mente.
Se despidieron al entrar en la estación, cada una tomando un tren diferente para regresar a sus respectivos hogares.
Elena subió al vagón casi vacío, apoyándose contra el asiento, mientras el traqueteo del tren la arrullaba en un estado de semiinconsciencia.
Afuera, las luces de la ciudad pasaban rápidamente, reflejándose como destellos fugaces en las ventanas.
Aún sentía el ritmo de la música en sus venas, como si su cuerpo no hubiera dejado de moverse.
Cerró los ojos por un momento, dejándose llevar por la vibración del tren y la sensación de la noche que aún la rodeaba.
Había sido una noche diferente, una donde pudo desconectarse de las sombras que la acechaban en sus sueños.
El cristal del vagón le devolvió algo que no era su reflejo.
Por un instante eterno, vio una silueta que no proyectaba luz, una mancha de oscuridad sólida sentada justo detrás de ella.
No era una visión del cansancio; era una presencia parasitaria que parecía alimentarse del traqueteo del tren.
Elena cerró los ojos con fuerza, sintiendo cómo el frío de la ventana le mordía la sien, recordándole que, aunque bailara hasta el amanecer, ella ya no caminaba sola.
Sacudió la cabeza, atribuyendo la visión a su cansancio, y dejó escapar un largo suspiro. La diversión de la noche comenzaba a desvanecerse, y con ella, volvía el peso que había estado arrastrando desde hacía semanas. Se frotó los brazos, sintiendo un escalofrío inesperado recorrer su piel.
Cuando el tren se detuvo en su estación, bajó y caminó en silencio hacia su departamento. El aire de la madrugada era fresco y calmante, un contraste perfecto con la energía intensa del club.
Las farolas iluminaban tenues el camino a través del pequeño bosque que separaba la estación de las villas universitarias, y aunque disfrutaba de la paz, no podía evitar sentirse vigilada de nuevo, como si algo la estuviera observando de nuevo desde las sombras de los árboles.
Finalmente, llegó a su puerta. Soltó un suspiro de alivio al entrar en su apartamento.
El calor acogedor del interior la envolvió, y de inmediato se dejó caer en la cama, sin siquiera molestarse en cambiarse de ropa.
Cerró los ojos, esperando que esta vez el sueño la abrazara con la misma ligereza con la que había bailado esa noche.
Sin embargo, mientras la oscuridad se cernía sobre ella, un eco suave resonó en su mente, casi imperceptible. Un susurro que la llamaba, un recordatorio de que las sombras no la habían abandonado del todo.
Eran solo sueños —se dijo a sí misma— mientras se sumergía en el cansancio. Solo sueños…