Capítulo 2
UN DÍA COMO CUALQUIER OTRO

El despertador sonó a las 7:30 am. La habitación de Elena estaba iluminada por la suave luz del amanecer que se colaba a través de las cortinas semiabiertas.
El sonido monótono del celular interrumpió la calma que reinaba en su pequeño departamento, arrastrándola a la realidad después de una noche inquieta.
Con los ojos todavía entrecerrados, apagó el despertador con un movimiento rápido y, por un momento, se quedó acostada, dejando que la sensación de pesadez en su cuerpo la anclara a la cama.
Elena parpadeó varias veces, tratando de borrar de su mente las últimas imágenes del sueño.
La playa, la sombra… el eco de la voz aún resonaba en su subconsciente.
Sin embargo, el mundo real la llamaba. Las clases, el trabajo, la vida cotidiana.
Todo seguía su curso habitual, aunque ella sentía que algo en su interior había comenzado a cambiar.
Se levantó de la cama con un suspiro, el camisón de satín aún se colgaba de su figura, y se dirigió al baño.
Se miró al espejo y se mojó la cara. De un movimiento, dejó caer al suelo el camisón azul, entró a la ducha y se metió debajo de la lluvia de agua.
Mientras el agua de la ducha caía sobre su piel, casi helada para despejarla por completo, trató de sacudirse el nerviosismo que las pesadillas habían dejado.
Poco a poco fue subiendo la temperatura hasta que sentía el agua cálida abrazar su cuerpo. El vapor llenaba la pequeña estancia, nublando el espejo, mientras Elena intentaba convencerse de que la sombra no tenía ningún poder fuera de su mente. Después de todo, su día iba a ser como cualquier otro.
Luego de vestirse con su ropa habitual de camiseta ligera y jeans cómodos, se sentó en la pequeña mesa del comedor, tomando un café rápido mientras hojeaba sus apuntes para la clase de ese día.
El aroma del café llenaba el aire, aportándole una sensación de familiaridad, pero su mente no podía dejar de divagar hacia las sombras.
En medio de sus pensamientos, su teléfono vibró. Un mensaje de Hannia.
Hannia: “¿Hoy tienes tiempo para estudiar después de clases? Necesito tu ayuda con lo de historia del arte.”
Elena sonrió ante el mensaje y respondió.
Elena: “Claro, podemos vernos en la biblioteca después de la última clase.”
El simple hecho de interactuar con Hannia, con su tono despreocupado, la ayudaba a sentirse un poco más conectada con la normalidad.
Después de todo, sus días seguían transcurriendo igual: clases, trabajo, momentos con sus amigas.
La vida, en teoría, no había cambiado, aunque las sombras de la noche parecían querer robarle esa certeza.
Las primeras horas del día transcurrieron con una monotonía tranquila.
Las clases en el campus eran siempre una especie de refugio para Elena, un lugar donde podía concentrarse en los estudios y distraerse del caos en su mente.
La profesora de historia del arte hablaba con entusiasmo sobre las técnicas de los pintores renacentistas, y Elena tomaba notas, pero en el fondo, sus pensamientos seguían volviendo a la noche anterior a la figura oscura, y el poder que ejercía sobre ella, incluso cuando estaba despierta.
Elena se encontró con Hannia y Valeria durante el descanso, y las tres se dirigieron a la cafetería del campus. El lugar estaba lleno de estudiantes charlando y riendo, disfrutando del breve respiro entre clases.
—¿Cómo va la vida? —preguntó Valeria mientras mordisqueaba un croissant—. Sigues un poco distraída, Elena.
—Estoy bien —respondió Elena, con una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Solo un poco cansada. Ya sabes, los sueños locos de siempre.
—¿Aún con las pesadillas? —preguntó Hannia, frunciendo el ceño—. Eso suena agotador.
Elena asintió, sin querer entrar en detalles. No podía explicar del todo lo que estaba experimentando, y no quería preocupar a sus amigas. Ellas, después de todo, llevaban sus propias vidas, llenas de clases, exámenes y, en el caso de Valeria, una interminable lista de compromisos sociales.
—Me acostumbraré —dijo Elena, quitándole importancia al tema—. Solo es una fase.
—Bueno, si necesitas un descanso de tus sueños, podemos planear una salida este fin de semana —sugirió Valeria, siempre optimista—. Recuerden que hoy es viernes y han prometido acompañarme a una fiesta. Un poco de baile nunca hace daño.
—Lo pensaré. —respondió Elena, agradecida por la sugerencia, pero sabiendo que, por muy tentador que fuera, las sombras siempre encontrarían la manera de alcanzarla.
—Nada de eso —Reclamó Valeria—. Hoy es tu día de descanso en la cervecería, así que después de clases vamos a la exposición y al terminar me acompañan a la fiesta.
Las tres amigas regresaron a la clase. A medida que avanzaba el día, Elena intentó sumergirse por completo en la rutina.
Las páginas de sus apuntes se llenaron de palabras sobre arquitectura gótica y escultura clásica, mientras su mente se esforzaba por mantenerse en la realidad tangible que la rodeaba.
Al terminar las clases, se dirigió a la biblioteca con Hannia.
Pasaron un par de horas revisando los apuntes y preparándose para el próximo examen.
Las luces de la biblioteca, el susurro de las páginas al pasar y el sonido leve de teclados, la envolvieron en una burbuja de calma que la ayudaba a recuperar un poco de su equilibrio.
—Eres una salvavidas —dijo Hannia con una sonrisa después de un par de horas de estudio—. No sé cómo habría sobrevivido a esta clase sin ti.
—Es solo cuestión de organizarse un poco más —respondió Elena, disfrutando del pequeño momento de normalidad.
Con las tareas del día cumplidas, Elena decidió aprovechar la tarde para visitar el Museu de Ciències Naturals junto a Valeria y Hannia.
Necesitaba algo que la conectara con la rutina, algo que le permitiera disfrutar del presente sin que las sombras de sus sueños la persiguieran.
El museo era el lugar perfecto: los pasillos llenos de vida natural, las exposiciones fascinantes y el simple hecho de estar con sus amigas le daba esa sensación de normalidad que tanto anhelaba.
Caminaron juntas por las salas llenas de esqueletos de animales antiguos, exhibiciones de minerales brillantes y dioramas que representaban los ecosistemas de todo el mundo.
La voz de Valeria resonaba con entusiasmo mientras hablaba sobre su interés en la evolución de las especies, mientras Hannia se detenía a admirar cada pequeña roca y planta con una atención casi reverente.
Elena, por su parte, se dejaba llevar por la tranquilidad del lugar.
Observaba los detalles en cada exposición, intentando sumergirse en la riqueza del conocimiento que la rodeaba.
Aunque no podía evitar que su mente divagara hacia los sueños que la atormentaban, el ambiente del museo y la presencia de sus amigas le ofrecían una distracción bien recibida.
—Este lugar siempre me hace sentir tan pequeña —comentó Valeria mientras miraba hacia la réplica de un dinosaurio enorme que ocupaba el centro de una de las salas principales—. Es increíble pensar en todo lo que existió antes que nosotros.
Elena sonrió y asintió, sintiendo la misma sensación de humildad ante la grandeza del tiempo. Pero, por un momento, la sombra de la duda se filtró en sus pensamientos. ¿Y si las cosas que veía en sus sueños también formaban parte de un pasado antiguo, algo que existía más allá de su comprensión?
El resto de la visita transcurrió en una mezcla de risas y comentarios ligeros. Elena, por primera vez en días, se sintió un poco más ligera, como si las sombras que la acechaban se hubieran desvanecido al menos por un tiempo.
Antes de salir del museo, Valeria hizo un gesto dramático, levantando la mano para que se detuvieran.
—Esperen un momento, chicas. Tengo que pasar al baño —anunció con un brillo en los ojos que siempre indicaba que algo tramaba.
Hannia y Elena intercambiaron miradas curiosas, acostumbradas a las extravagancias de su amiga, pero sin saber exactamente qué esperar esta vez. Valeria desapareció por unos minutos, y al salir del baño, la sorpresa en los rostros de Hannia y Elena fue imposible de ocultar.
Valeria emergió con un vestido negro ceñido al cuerpo, cubierto de pequeños brillos que relucían con cada movimiento.
El vestido apenas le cubría las caderas, y combinaba perfectamente con unos zapatos cerrados de tacón alto que hacían que su figura pareciera aún más esbelta.
Su maquillaje estaba impecable, con los labios pintados de un rojo profundo que contrastaba con su piel.
—¿De dónde… de dónde sacaste eso? —preguntó Elena, entre sorprendida y divertida, mirando a Valeria de arriba abajo.
Hannia, con los ojos abiertos de par en par, solo negó con la cabeza, como si no pudiera comprender cómo Valeria había pasado de la versión casual del museo a la glamorosa mujer que ahora tenían frente a ellas.
—Siempre hay que estar preparadas para una emergencia —respondió Valeria con una sonrisa pícara, girando sobre sus talones para mostrar el vestido desde todos los ángulos—.
¡Vamos, chicas! No podemos ir a una fiesta con esta pinta.
—Y antes de que pudieran protestar, las arrastró de vuelta al baño del museo.
—Valeria, no pienso ponerme un vestido así —dijo Hannia, entre risas y quejas, mientras Valeria comenzaba a sacar de su bolsa un kit de maquillaje y algunos accesorios improvisados.
—Confía en mí, Hannia. Solo un poco de maquillaje y unos retoques. Nada demasiado extravagante —prometió Valeria mientras comenzaba a aplicarles corrector bajo los ojos y un poco de sombra en los párpados frente al espejo del baño.
Elena se dejó llevar por la energía de Valeria, que parecía estar en su elemento.
Se miró en el espejo mientras su amiga le pasaba un labial color ciruela y le arreglaba el cabello en un peinado sencillo pero elegante.
La transformación fue sutil, pero efectiva.
Elena casi no se reconocía, viendo cómo sus facciones, casi siempre suaves y naturales, adquirían un toque más audaz y misterioso bajo las manos expertas de Valeria.
Hannia, por su parte, seguía suspirando mientras se dejaba maquillar, aunque no pudo evitar sonreír cuando Valeria le terminó de arreglar el cabello con un par de horquillas brillantes.