Capítulo 1 #5
Fue dejando un zapato deportivo en el pasillo uno delante del otro, se desvistió con calma, deshaciéndose de la camiseta gris y los jeans desgastados que habían soportado el calor y el bullicio del día.
Optó por ponerse un camisón de satín ligero, de un color azul pálido que contrastaba con su piel clara.
Era una prenda sencilla, sin adornos, pero la textura suave sobre su piel siempre le resultaba reconfortante.
La tela caía con fluidez sobre su cuerpo, llegando justo por encima de las rodillas, con tirantes delgados que se apoyaban en sus hombros.
Solía reservarlo para las noches más calurosas, pero esta vez, lo eligió por la necesidad de sentir algo liviano, casi etéreo, después de todo lo que había soportado ese día.
Antes de acostarse, decidió terminar una pequeña tarea universitaria.
Se sentó en su escritorio y abrió su laptop, revisando rápidamente los apuntes sobre la historia del arte que había tomado más temprano.
La tarea era sencilla: un análisis breve de una obra renacentista que habían discutido en clase.
Elena comenzó a escribir con rapidez, sus pensamientos fluyendo con facilidad por la pantalla, mientras se dejaba llevar por la tranquilidad que le proporcionaba concentrarse en algo tan tangible y concreto.
En la esquina de la pantalla, un mensaje de Hannia interrumpió su concentración.
Hannia: “¿Sobreviviste al turno? ”
Elena sonrió ante la pantalla y respondió.
Elena: “Sí. ¿Tú qué tal? ¿Ya terminaste el trabajo de arte?”
Hannia: “Casi, estoy peleando con los últimos párrafos. Pero necesito café, o me quedaré dormida sobre el teclado.”
Elena: “Yo acabo de terminarlo, si necesitas ayuda, me avisas.”
La conversación siguió durante unos minutos más, con bromas ligeras y quejas sobre los profesores y las exigencias del curso.
La charla, aunque breve, logró despejar la mente de Elena.
De alguna manera, el intercambio trivial con su amiga hizo que la tensión que había estado acumulando durante el día se disipara, como si el simple hecho de hablar de cosas cotidianas la hubiera arrancado temporalmente de las sombras que la acechaban.
Cerró el portátil y se dejó caer en la cama. El camisón de satín acariciaba su piel mientras se acomodaba bajo las sábanas ligeras. Por primera vez en varios días, no pensó en las pesadillas.
Se sentía tranquila, como si, a pesar del incidente con la anciana, la normalidad del día hubiera logrado alejar las sombras, aunque fuera solo por una noche.
Cerró los ojos y el sueño la envolvió, llevándola a un espacio onírico que, para su alivio, no estaba teñido de oscuridad.
El sueño comenzó con una escena tranquila.
Elena caminaba por una playa desierta, el sol brillando alto en el cielo.
El mar era de un azul brillante, y las olas rompían suaves contra la orilla.
La brisa marina acariciaba su rostro, y la arena tibia bajo sus pies descalzos le proporcionaba una sensación de paz.
El sonido del mar, tan regular y calmante, llenaba el aire con un ritmo constante y relajante.
Caminaba despacio, disfrutando del paisaje, sus ojos recorriendo el horizonte mientras el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados.
La sensación de libertad era palpable. No había sombras acechándola, solamente la serenidad de un lugar que parecía extrañamente perfecto, casi irreal.
A medida que avanzaba, vio a lo lejos una pequeña cabaña de madera, sencilla pero acogedora. Elena se sintió atraída hacia ella, como si la estructura emanara una calidez familiar.
Al acercarse, notó que las ventanas estaban abiertas y desde el interior se escapaba el aroma a café recién hecho, mezclado con el dulce olor de la madera antigua.
Elena entró en la cabaña. El interior era cálido y acogedor, lleno de luz natural. Se dejó caer en un sillón de cuero envejecido, relajándose por completo. La sensación de seguridad era reconfortante. Estaba disfrutando del calor de aquel hogar.
La luz en la cabaña se desvaneció, de manera tan sutil que Elena apenas lo notó al principio.
Fuera, el sol que había iluminado la playa comenzó a descender más rápido de lo natural, y el cielo, que antes estaba lleno de colores cálidos, se oscureció en un tono profundo de púrpura.
Elena se levantó del sillón, y una inquietud repentina se apoderó de ella.
Al salir de la cabaña, la playa había cambiado.
El mar, antes calmado, ahora parecía más oscuro, con olas más altas que rompían contra la orilla de manera irregular.
La arena, que había sido suave y dorada, estaba ahora fría bajo sus pies descalzos.
Miró a su alrededor, buscando el sol, pero no había rastro de él. La playa estaba envuelta en penumbra, como si una nube oscura hubiera cubierto todo el horizonte.
Elena comenzó a caminar, tratando de encontrar una salida, pero la playa parecía extenderse infinitamente ante ella.
Sentía el aire pesado, notaba que algo invisible la estaba observando desde lejos.
Los sonidos del mar se volvieron más erráticos, y el viento que antes era suave ahora parecía cortar su piel con su frialdad.
Entonces, sintió de nuevo esa presencia familiar. Esa sombra que había intentado dejar atrás.
Elena se detuvo en seco. La silueta que emergió de la bruma no tenía contornos humanos; era un agujero en el paisaje, una herida abierta que succionaba el calor del mar.
La presencia no caminaba, sino que infectaba el espacio a su paso, devorando la luz de la playa como un tumor negro que se expandía por la arena fría.
Elena sintió cómo el pánico dejaba de ser mental para volverse biológico, como si su propia sangre intentara huir de su cuerpo ante la cercanía del vacío.
La figura avanzaba hacia ella, su andar lento pero seguro. Elena sintió cómo el miedo se apoderaba de su cuerpo, sus pies congelados en la arena, incapaces de moverse.
—Elena… —La voz, profunda y resonante, volvió a llamarla, rompiendo el silencio con una fuerza que reverberaba en sus huesos.
El corazón de Elena comenzó a latir con fuerza, estaba aterrada, pensó en gritar, pero esta vez no estaba dispuesta a quedarse en silencio. Tomó aire y, con un esfuerzo tremendo, logró articular las palabras.
Elena tragó saliva antes de hablar, su corazón palpitaba con fuerza, pero no era solo el miedo lo que la dominaba. Una parte de ella quería escuchar su respuesta, aunque temía lo que podría descubrir.
—¿Quién eres? —preguntó Elena, intentando que su voz no se quebrara. Aunque su mente le gritaba que corriera, sus pies permanecían firmes, anclados al suelo por algo más profundo que el temor.
La sombra no respondió. En lugar de eso, se detuvo a unos metros de ella, como si la estuviera midiendo, estudiando. La tensión en el aire era palpable, y el mar rugía a su alrededor, como si fuera una extensión del ser oscuro que tenía frente a ella.
La figura se inclinó hacia delante, y aunque seguía envuelta en sombras, una sensación de poder emanaba de ella.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres? —preguntó de nuevo Elena con más fuerza, su voz era aún más firme.
—Elena… — Volvió a decir la sombra, con un susurro que parecía mezclar el viento y las olas.
El suelo bajo sus pies comenzaba a desmoronarse, como si la misma tierra la estuviera arrastrando hacia las profundidades.
Intentó moverse, escapar, pero su cuerpo no le respondía.
Entre ese terror, había una curiosidad persistente.
Algo en la manera en que la sombra se movía la intrigaba, una conexión que no podía ignorar.
¿Por qué la seguía? ¿Por qué no podía apartar la mirada de esa oscuridad que la llamaba?
La oscuridad la rodeó por completo, y en ese último instante, antes de ser consumida por las sombras, alcanzó a ver cómo la sombra se definía un poco.
Despertó exaltada, el corazón le latía con fuerza y la cabeza le pulsaba intensamente.
Estaba en su cama, su camisón de satín pegado a su piel, cambiando del tono pálido al oscuro por la humedad de su sudor.
La oscuridad de su habitación era casi total, pero una vez más, el reloj brillaba en la penumbra, marcando las tres de la mañana.