Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

El resto de la jornada transcurrió sin más interrupciones extrañas. Clientes entrando y saliendo. Conversaciones triviales sobre el clima. Recomendaciones de cervezas locales. El constante sonido de vasos chocando.

Elena se concentró en la actividad, permitiendo que su mente se mantuviera ocupada, evitando así que los pensamientos sobre las sombras y las palabras de la mujer regresaran a atormentarla.

Al fin terminó su turno. El bar comenzaba a vaciarse, y el bullicio se apagaba poco a poco hasta convertirse en un murmullo bajo. Elena se quitó el delantal con un suspiro de alivio. Luis se acercó, apoyado contra la barra, dándole un leve codazo amistoso.

—¿Todo bien, Elena? Te noté un poco distraída hoy —dijo, medio en broma, pero con una pizca de genuina preocupación en su voz.

—Sí, estoy bien. Solo un día largo —respondió, recogiendo sus cosas y sonriendo para tranquilizarlo.

Luis asintió satisfecho con la respuesta, y se despidieron con un gesto antes de que Elena saliera al fresco de la noche.

Elena caminaba por las calles estrechas del Born, dejando atrás la cervecería. La temperatura había descendido ligeramente, pero el aire aún estaba cargado con el calor acumulado durante el día.

A medida que se adentraba en el corazón del barrio, el ruido de la ciudad menguaba, y las sombras de los edificios antiguos se alargaban a su paso, deslizándose bajo las luces amarillentas de las farolas.

Aquella noche, decidió desviarse del camino habitual.

En lugar de seguir su ruta normal hacia el metro, se dirigió hacia la plaza del Rey.

Era una pequeña plaza histórica, escondida entre los recovecos del barrio Gótico, donde las piedras de los edificios antiguos susurraban secretos olvidados por el tiempo.

Al entrar en la plaza, la atmósfera cambió. La oscuridad aquí parecía diferente, más densa, casi palpable. La plaza del Rey, con sus muros medievales y su aire solemne, siempre había tenido una especie de magnetismo silencioso, como si el pasado aún respirara en cada rincón.

Elena se detuvo en el centro de la plaza, observando la silueta de la Capilla Real de Santa Ágata, que se alzaba imponente en un extremo.

Las luces proyectaban sombras sobre el suelo empedrado, y por un momento, la sensación de sus pesadillas se filtró en la realidad.

En su mente, las sombras de sus sueños se fundían con la historia oscura de la ciudad.

Podía imaginar las antiguas intrigas que habían tenido lugar en ese mismo sitio, como si las figuras del pasado aún caminaran a su alrededor, ocultas entre las sombras.

El silencio de la plaza era tan denso como el vacío que precede a una tormenta.

Elena sentía cómo la historia caía sobre ella como una presencia vigilante.

Se estremeció, sintiendo un escalofrío que recorrió su espalda.

La tranquilidad de la noche contrastaba con la sensación inquietante que la envolvía.

Su mente comenzó a divagar, conectando las sombras de sus sueños con las antiguas figuras que alguna vez habitaron la ciudad.

La plaza del Rey había sido testigo de muchas historias, algunas escritas y otras olvidadas, pero todas impresas en las piedras que la rodeaban, como cicatrices que el tiempo se negó a borrar.

Elena se preguntó si las sombras que la perseguían podrían estar conectadas de alguna manera con este lugar, como si las antiguas leyendas y sus pesadillas compartieran un hilo invisible que cruzaba el tiempo.

Las luces de las farolas parpadearon por un breve instante, y en ese parpadeo, el aire se volvió más espeso.

Un escalofrío le recorrió la piel de nuevo, y su respiración se volvió más rápida, sentía que la oscuridad estaba a punto de devorarla. Miró alrededor, buscando alguna figura entre las sombras, pero la plaza estaba completamente vacía.

Finalmente, sacudió la cabeza para ahuyentar esos pensamientos.

Era solo su imaginación jugando con ella.

Aceleró el paso, abandonando la plaza y dirigiéndose hacia el metro.

Sin embargo, el peso de esa noche y de las palabras de la anciana seguía colgando sobre ella, como una sombra que no podía sacudirse.

Elena caminó hacia Plaza Catalunya, sintiendo que, aunque había dejado la plaza del Rey atrás, las sombras de su mente seguían a su lado: silenciosas, pacientes, esperando el momento de aparecer una vez más.

Llegó a la estación del metro, donde un tren casi vacío la esperaba en el andén. Era inusual encontrar el vagón tan desierto a esa hora, pero Elena apenas le dio importancia. El aire acondicionado en el interior estaba a tope, creando un fuerte contraste con el calor persistente del exterior.

Las ventanas del tren se empañaban con vapor, cubriéndose con una fina neblina debido al choque entre la temperatura abrasadora que aún rondaba por las calles de Barcelona y el ambiente frío dentro del tren.

Esa extraña combinación de calor y frío le provocaba una inquietud visceral, como si algo intangible se escondiera tras el velo opaco de las ventanas empañadas.

Se sentó junto a la ventana y apoyó la cabeza en el vidrio helado.

Cerró los ojos por un momento, intentando relajarse.

Sin embargo, a pesar del cansancio que la consumía, la quietud del vagón vacío solo intensificaba su sensación de aislamiento.

El tren avanzaba con un murmullo constante, pero cada tanto, un leve crujido o el cambio repentino de luces en los túneles la hacían abrir los ojos, inquieta.

Fuera, a través del velo de vapor en la ventana, las luces de la ciudad se desdibujaban en un resplandor amarillo.

La luna nueva había oscurecido el cielo, dejándolo sin el brillo plateado habitual que Elena encontraba reconfortante.

Parecía como si incluso el cielo se hubiera alineado con el tono oscuro de sus pensamientos y pesadillas.

El trayecto a Bellaterra fue largo, pero también extraño en su serenidad.

No había más pasajeros que entraran o salieran, solo el constante vaivén del tren, avanzando en silencio hacia su destino.

Elena intentaba distraerse, pero no podía evitar sentir la ligera presión en su pecho, esa sensación inquietante que había permanecido con ella provocada por las palabras de la anciana y la sensación de escalofríos en la plaza del Rey.

Cuando al fin llegó a la estación de Bellaterra, el aire caliente la envolvió de nuevo al bajar del tren.

El contraste con el frío interior del vagón era casi sofocante, y el silencio en la estación, apenas interrumpido por el eco de sus propios pasos, resonaba de manera incómoda.

El tren, con su brillo metálico, se alejaba por las vías, dejando tras de sí el chirrido metálico de sus ruedas.

Elena quedó sola en el andén, mientras el canto de los insectos nocturnos llenaba el aire como un susurro inquietante.

El sendero hacia las villas universitarias estaba rodeado de un bosque frondoso, que solía darle una sensación de paz durante el día e incluso durante la noche.

Pero aquella noche, en especial, bajo el cielo oscuro de la luna nueva, la ausencia de luz volvía cada rama, cada sombra, más densa, casi amenazante.

Las farolas que bordeaban el camino parecían estar más distantes de lo normal, sus débiles halos de luz apenas lograban perforar el velo espeso que cubría el bosque.

Elena avanzaba con cautela, sus pisadas amortiguadas por el asfalto y las hojas caídas.

El aire, impregnado del olor a pinos y tierra húmeda, parecía vibrar con una energía extraña, como si el bosque mismo estuviera observándola.

A cada paso, la oscuridad la rodeaba, y la sensación de estar siendo observada desde algún punto entre los árboles regresó, clavándose en su mente como un aguijón.

El viento susurraba entre las hojas, y aunque no era fuerte, su sonido la hacía estremecerse.

La noche la envolvía con una manta pesada, y con cada metro que avanzaba, la tensión en su cuerpo crecía.

Cada pequeño ruido —un crujido de ramas, el aleteo de algún ave nocturna— le hacía girar la cabeza, buscando algo que nunca lograba ver.

Por un momento, Elena se detuvo en medio del sendero, tratando de calmarse, de recordar que era solo su mente jugando con ella.

Miró hacia los árboles que se alzaban imponentes a su alrededor, pero todo lo que podía ver eran sombras largas y densas, como si el bosque las hubiera tejido deliberadamente para encerrar cualquier atisbo de luz.

Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando se dio cuenta de que no podía ver el cielo a través de las copas de los árboles. El manto de la noche parecía más profundo de lo que debería ser, como si algo hubiera suprimido incluso la más mínima luz natural.

Apresuró el paso, sintiendo que el silencio del bosque se volvía cada vez más pesado. El eco de sus propias pisadas resonaba más fuerte en sus oídos, y el camino entre la estación y su departamento, que normalmente tomaba unos diez minutos, se sentía interminable aquella noche.

Tras lo que le pareció una eternidad, divisó las primeras luces de las villas universitarias a lo lejos. El alivio la invadió, aunque la sensación de ser observada aún persistía, clavada en su piel como una advertencia.

Cuando llegó a su departamento, apenas iluminado por la luz tenue de una lámpara junto a la puerta, soltó un suspiro largo y tembloroso.

Sacó la tarjeta de su bolso, sus manos vibraban con un ligero temblor por la tensión acumulada.

Al insertar la tarjeta en la cerradura y empujar la puerta, se permitió un pequeño momento de respiro.

El interior de su apartamento, aunque modesto, se sentía cálido y seguro en comparación con la oscuridad que había dejado atrás.

Cerró la puerta detrás de ella y apoyó la espalda contra ella por un momento, dejando que el peso de la noche se desvaneciera lentamente.

Pero en el fondo, sabía que el verdadero reto aún estaba por venir.

La noche era joven, y con ella, las sombras que habían estado acechándola, esperaban en los rincones de su mente, listas para regresar en cuanto cerrara los ojos.

Elena se permitió unos minutos de descanso, apoyada contra la puerta, sintiendo cómo la seguridad de su pequeño departamento la envolvía, protegiéndola del peso de la noche exterior. Soltó su bolso en una esquina y, con movimientos lentos y automáticos, se dirigió hacia su habitación.