Capítulo 1 #3
No era solo eso lo que la inquietaba; era la sensación de que la conocía, de que esa entidad también sabía algo de ella que nadie más sospechaba.
Esa conexión la aterrorizaba; sin embargo, también la atraía de manera inexplicable.
Por primera vez, el miedo no era la única emoción que dominaba sus pensamientos.
La idea de descubrir lo que esa sombra significaba, lo que ambos compartían en ese oscuro rincón de su mente, la mantenía despierta.
Algo estaba cambiando. Por más que quisiera negarlo, el misterio se aferraba a ella.
Al día siguiente, la luz del sol atravesaba las cortinas con suavidad, bañando la habitación en un resplandor cálido que contrastaba con la pesadez de la noche anterior.
Elena, a pesar de sus músculos agotados por la falta de sueño, se obligó a levantarse.
Despertó con una paz fugaz, con una esperanza renovada para enfrentar el día.
Sabía que no podía permitirse quedar atrapada en la angustia de sus pesadillas. La vida real, con todas sus pequeñas complejidades, seguía demandando su atención.
Después de una ducha rápida, se enfundó en una camiseta gris clara y unos jeans desgastados. Se recogió el cabello en su habitual moño desordenado y, tras un café cargado, salió de su departamento rumbo al campus.
La universidad era un oasis alejado de la ajetreada ciudad.
El aire, aunque todavía cálido, se sentía más fresco debido a los árboles que bordeaban los senderos.
Elena respiró profundo, dejando que la brisa y la tranquilidad del entorno le ofrecieran un descanso.
A pesar de su agotamiento, la rutina de sus estudios siempre le brindaba una necesaria sensación de estabilidad.
Al llegar a su facultad, se encontró con sus amigas.
Valeria y Hannia estaban sentadas en su rincón habitual.
Valeria hojeaba un pequeño libro sobre nómadas digitales y lo leía con una expresión de concentración fingida, mientras Hannia escribía en su cuaderno; sus gafas de montura delgada resbalaban, como siempre, por su nariz.
—Buenos días, dormilona —bromeó Valeria con una sonrisa de complicidad mientras Elena se sentaba a su lado—. ¿Qué tal la noche?
Elena forzó una sonrisa, agradeciendo el intento de ligereza. Sabía que su amiga estaba tratando de aliviar el ambiente.
—Igual que siempre —dijo encogiéndose de hombros—. Pero ya estoy aquí… lista para sobrevivir otro día.
Sin apartar la mirada de su cuaderno, Hannia añadió:
—Me alegra ver que sigues de pie. Hoy toca sobrevivir a Historia del Arte. Mentalízate.
Elena se dejó llevar por la conversación, sintiendo cómo el peso de sus pensamientos se aligeraba.
Era reconfortante estar con ellas, perderse en la normalidad de la vida universitaria.
La clase de Historia del Arte era una de sus favoritas a pesar de la abrumadora cantidad de información.
Durante las horas que pasaba analizando pinturas renacentistas y esculturas clásicas, Elena lograba desconectarse de las sombras que la acechaban.
Después de las clases, decidieron probar una pequeña cafetería en el Barrio Gótico.
El lugar era acogedor, con paredes cubiertas de libros viejos y una atmósfera cálida que hacía sentir a cualquiera como en casa.
El aroma a café recién molido y bollería fresca llenaba el aire.
Elena se permitió un momento de relajación mientras se acomodaban en una mesa junto a la ventana.
—¿Ya viste la nueva exposición en el MACBA? —preguntó Hannia a Valeria.
—No, pero deberíamos ir —respondió Valeria, mordiendo una galleta de avena con chocolate—. He oído que el museo de arte contemporáneo es increíble. Y además, nos vendría bien hacer algo fuera de la rutina, ¿no?
Elena asintió, sintiendo que esa idea sonaba bien, recordando que hacía unos días había sido ella quien las había invitado al mismo sitio.
Hacía mucho que no se permitía disfrutar de las pequeñas cosas que antes la llenaban de energía.
Quizá una visita al museo era justo lo que necesitaba para despejar su mente de las pesadillas que la acosaban; además era la exposición que tantas ganas tenía de ver.
—Podríamos ir el viernes por la tarde —propuso Elena, tomando un sorbo de su café—. Después de clases. Sería un buen comienzo para el fin de semana.
—Hecho —dijo Valeria con una sonrisa amplia—. Solo si prometen acompañarme a una fiesta después.
Hannia sonrió entre dientes, rodando los ojos. —Lo dudo, pero veamos qué pasa.
El resto de la tarde pasó en una mezcla de risas y conversaciones ligeras.
Por un momento, Elena se sintió en paz. Aunque el peso de las sombras siempre estaba presente, agazapado en los rincones de su mente, disfrutaba de esos momentos de normalidad.
Eran como pequeñas anclas que la mantenían conectada a la realidad, alejándola de la oscuridad que la esperaba al caer la noche.
Cuando al fin se despidió de sus amigas, Elena caminó hacia su trabajo en la cervecería del Born.
La luz del atardecer teñía las calles de tonos cálidos, pero en su interior, sentía ese nudo ya conocido: una mezcla de agotamiento y esa sensación inexplicable que había estado persiguiéndola desde que comenzaron las pesadillas.
Al llegar a la cervecería, se colocó el delantal y se dirigió a la barra.
Esta vez, le tocaba el turno de atender cara a cara a los clientes.
El bar estaba animado como de costumbre, lleno de conversaciones entrecortadas y el sonido constante del tintineo de vasos.
Elena apreciaba el trabajo como una distracción de sus propios pensamientos, pero esa noche en particular, una inquietud extraña se le aferraba, y no podía sacudírsela del todo.
—¿Todo bien, Elena? —preguntó Luis, uno de los camareros, mientras pasaba junto a ella con una bandeja llena de cervezas—. Estás más callada de lo normal.
—Sí, solo un poco cansada —respondió Elena con una sonrisa forzada.
—Vale, vale. Avísame cualquier cosa —dijo Luis, dándole una palmada en la espalda antes de perderse entre las mesas abarrotadas.
Elena comenzó a atender a los clientes que se acercaban a la barra.
Una pareja de turistas pidieron un par de cervezas locales y charlaron efusivos sobre su viaje por España.
Una chica joven, de cabello azul y piercings en la nariz, le pidió una cerveza IPA y le contó un poco cómo estaba planeando mudarse a Berlín el próximo mes.
—Suena emocionante —comentó Elena, tratando de mantenerse entusiasta mientras llenaba el vaso—. Buena suerte con todo.
—Gracias. Te recomiendo que lo visites alguna vez —respondió la chica antes de marcharse con su cerveza en mano.
Todo transcurría de manera habitual hasta que una mujer se acercó a la barra.
Era una mujer de avanzada edad, que caminaba con una lentitud casi etérea.
Sus ojos, de un gris claro casi translúcidos, miraban a Elena con una intensidad que la hizo estremecer.
La mujer llevaba una bufanda color violeta que contrastaba con su piel pálida y delgada, casi como pergamino.
—Buenas noches —dijo la anciana en un tono suave pero firme—. ¿Podrías servirme un té? Algo bien caliente.
Elena parpadeó, sorprendida por la petición. No era común que alguien pidiera té en una cervecería, especialmente a esa hora.
—Claro, un momento —respondió, forzando una sonrisa mientras preparaba el té. Le entregó la taza caliente y de nuevo se encontró con la mirada penetrante de la anciana.
—Gracias, querida —dijo la mujer, sin apartar la vista de Elena—. Te ves cansada, ¿Has dormido bien?
Elena sintió una corriente de incomodidad recorrer su cuerpo. Esa pregunta, aunque simple, resonaba de una manera extraña, como si la anciana supiera algo más. Trató de restarle importancia.
—He tenido algunas noches difíciles —admitió, sin querer parecer grosera—. Pero todo bien.
La anciana sorbió el té poco a poco, con la mirada aún fija en Elena. El ambiente a su alrededor parecía ralentizarse, como si la conversación hubiera creado una burbuja de tiempo aparte del bullicio del bar.
—Las sombras… —, susurró la mujer, inclinándose apenas adelante—. A veces, no son solo sueños. Algunas veces, lo que te persigue en la oscuridad tiene un propósito. Pero no temas, niña. No siempre son lo que parecen.
Elena se quedó paralizada. Su corazón dio un vuelco en el pecho. ¿Cómo podía saber esta mujer sobre sus pesadillas? ¿Era solo una coincidencia? Antes de que pudiera reaccionar, la anciana sonrió de manera casi imperceptible y se levantó de su asiento con una tranquilidad inquietante.
—Gracias por el té, querida. Cuídate.
Depositó un par de euros en la barra y se alejó con una calma desconcertante hacia la puerta.
Elena se quedó en silencio, observando cómo la anciana desaparecía entre la multitud. Sentía como si todo el aire hubiera sido extraído de la sala por un momento. No podía sacudirse la sensación de que esa mujer sabía algo sobre sus sueños, algo que ella misma aún no entendía.
El resto de la noche transcurrió con normalidad, pero en la mente de Elena, las palabras de la anciana resonaban una y otra vez. “Las sombras… no siempre son lo que parecen.”
Aún inmersa en las palabras de la anciana, Elena se sobresaltó cuando una mano apareció frente a sus ojos, sacándola bruscamente de su ensoñación.
—¡Eh, Elena! —la voz de Luis rompió el hechizo que la conversación con la anciana había dejado en su mente—. Tía, el turista de la barra te llama. Quiere otro trago.
Elena parpadeó varias veces, intentando reorientarse. El bullicio del bar volvió a inundar sus oídos, devolviéndola a la realidad. Giró hacia la barra, donde un hombre de mediana edad, con una camisa de lino y una cámara colgando del cuello, agitaba una mano en su dirección.
—Perdona. ¿Podrías ponerme otra cerveza? —pidió el hombre, con un acento español.
—Claro, ahora mismo —respondió Elena, recuperando la compostura mientras se dirigía a la máquina para servirle su bebida.
El hombre le agradeció con una sonrisa, y Elena le devolvió el gesto. Era su trabajo, después de todo. Poco a poco, la sensación inquietante que la había invadido durante la conversación con la anciana comenzó a desvanecerse, reemplazada por la rutina familiar del turno nocturno.