Capítulo 1 #2
Se sentó al borde de la cama y permaneció inmóvil unos minutos, sintiendo los músculos pesados, pero decidida a enfrentar el día.
Con esfuerzo, se dirigió al baño. El espejo le devolvió un reflejo con ojeras profundas, surcos de fatiga que parecían sombras permanentes en su rostro.
Se aferró al lavamanos, observando el rastro del agotamiento en su piel.
Abrió la ducha y dejó que el agua fría cayera sobre sus hombros.
Por un instante, el torrente revitalizó su espíritu, brindándole un alivio momentáneo frente a la pesadez que la consumía.
Pero, bajo la frescura, el rastro de la amenaza seguía allí, agazapado tras sus pensamientos.
Elena estaba decidida a enfrentar su día sin que nada, ni las pesadillas, le impidiera hacerlo.
Más tarde, el campus estaba lleno de vida; estudiantes y profesores se movían de un lado a otro en su rutina diaria.
Elena asistió a sus clases como de costumbre, pero su mente se mantenía lejos de las aulas.
Una y otra vez, sus pensamientos volvían a la sombra que había visto en sus sueños, a la sensación de ser observada por algo que no pertenecía a este mundo.
Después de las clases, regresó a su apartamento solo para cambiar los libros por el uniforme antes de dirigirse al trabajo. En el tren, intentó concentrarse en sus tareas pendientes, pero la inquietud se aferraba a ella como un parásito silencioso.
Al bajar en la estación de Catalunya, se dejó envolver por el caos de la ciudad.
Siempre le había gustado perderse en los callejones del barrio Gótico rumbo al Born; disfrutaba de la historia que emanaba de los muros de piedra, de los grafitis que decoraban las esquinas y de la textura áspera de la piedra bajo sus dedos.
Sin embargo, ese día, incluso esos pequeños placeres lucían empañados.
La cervecería del Born estaba abarrotada de clientes buscando escapar del calor. Para Elena, el trabajo se había convertido en un refugio: allí podía perderse en la rutina y olvidar, por unos momentos, las pesadillas que la acechaban.
Durante el descanso, se reunió con Valeria y Hannia en la cafetería de siempre.
—¿Estás bien? —preguntó Valeria, arqueando una ceja mientras mordía su sándwich. Hannia la miró con la misma preocupación mientras removía el café.
—Has estado callada todo el día. ¿Durmiendo mal otra vez?
Elena intentó sonreír, pero el gesto no alcanzó sus ojos.
—Un poco —dijo, encogiéndose de hombros, aunque el peso de las noches en vela la aplastaba—. No es nada, solo cansancio.
Valeria frunció el ceño, preocupada, pero no insistió.
—Si necesitas hablar, ya sabes dónde encontrarnos —dijo, dejando que el tema quedara en el aire.
Elena asintió, agradecida. No podía profundizar en el asunto; no sabía cómo explicar lo que le estaba pasando cuando ni ella misma lo entendía.
Esa noche, al llegar a su departamento, hizo todo lo posible por evitar la cama.
Preparó café cargado y se sumergió en un libro que llevaba días sin tocar, pero las letras se desdibujaban y su mente vagaba hacia lugares oscuros.
Cambió de estrategia y buscó distracciones en el iPad, navegando sin rumbo fijo para mantenerse alerta.
Sin embargo, el agotamiento hizo que sus ojos ardieran y su cuerpo, traicionero, terminó desplomándose sobre las sábanas.
El sueño la envolvió con una familiaridad aterradora, como una marea fría filtrándose por cada rincón de su ser.
No era la primera vez que caía en ese abismo, pero con cada regreso el terror la consumía un poco más.
El aire se volvió denso, cargado de un silencio tan inquietante que parecía aplastar sus pensamientos.
Cada respiración exigía un esfuerzo sobrehumano, las sombras que la rodeaban le robaban el aliento.
Las sombras comenzaron a moverse, deslizándose como serpientes en la penumbra.
Su avance era imparable. Rodeaban su cuerpo sin tocarlo, aguardando el momento exacto para lanzarse sobre ella.
Elena sentía sus miradas; aquellos ojos invisibles se clavaban en su piel mientras su corazón golpeaba con fuerza, un eco de terror que vibraba en ese lugar sin tiempo ni forma.
El sendero se extendía ante ella hacia una dirección que no recordaba haber tomado.
Sin embargo, la reconoció; ya había estado allí.
No era la primera vez que sus pies recorrían ese suelo vibrante, impregnado de una energía que retumbaba desde las profundidades de la tierra misma.
El miedo crecía dentro de ella, intensificándose con cada paso, como si algo terrible estuviera a punto de suceder.
Sus pasos se hicieron más lentos, titubeantes.
La vibración bajo sus pies aumentó, y al intentar avanzar, la sensación de peligro la hizo titubear.
Las sombras a su alrededor se volvían densas, cada vez más próximas.
Un susurro bajo y constante, apenas audible, comenzó a reverberar en el aire.
No eran palabras, pero lo entendía con certeza: no estaba sola.
Frente a ella, apareció la figura. Era la misma sombra que había estado acechándola en sus sueños, esa figura difusa, alta y deformada por la oscuridad cuyos contornos nunca lograba definir.
Pero esta vez era diferente; había algo tangible en su presencia, algo sólido y real.
El aire se congeló y, aunque cada fibra de su ser le gritaba que huyera, sus pies parecían clavados al suelo.
Elena tragó saliva. Su cuerpo estaba rígido, cada músculo tenso por el miedo.
La sombra permanecía allí, quieta, esperándola.
La distancia entre ellas era breve y, aun así, parecía infinita.
En esa quietud, sintió que algo estaba a punto de romperse; un enfrentamiento inevitable.
El destino la había llevado justo a ese instante.
Sin embargo, por más que intentaba moverse, su cuerpo no respondía.
Las sombras eran como cadenas invisibles que la retenían, obligándola a enfrentarse a lo que venía.
Elena parpadeó. Su respiración era errática y sintió algo extraño en el ambiente: el terror que la había consumido las noches anteriores comenzaba a mezclarse con una curiosa intriga.
¿Por qué no la atacaba? La sombra no era solo una amenaza; era algo más, algo que no lograba comprender.
El miedo no desapareció, pero se entrelazó con una sensación de familiaridad, como si aquella figura, de alguna manera, la conociera más de lo que ella se atrevía a admitir.
Había un brillo en la oscuridad que, contra toda lógica, la atraía.
El viento comenzó a soplar poco a poco. No era cálido ni refrescante; era un aliento gélido, cargado de algo oscuro y antiguo.
Elena cerró los ojos por un momento, tratando de controlar su respiración.
Cuando los abrió de nuevo, la figura había dado un paso hacia ella.
En ese instante, supo que no había escapatoria.
Esta vez, su silueta era más clara; su presencia, más palpable.
La oscuridad que la envolvía era densa, casi tangible, y se acercaba con una lentitud deliberada.
Disfrutaba de su poder sobre ella. Cada centímetro de su ser quería retroceder, huir, pero sus extremidades seguían ancladas.
Estaba atrapada en su propio sueño, indefensa, vulnerable.
Una voz cargada de una gravedad aterradora vibró en el aire.
—Elena… —susurró la sombra.
Un escalofrío helado recorrió el cuerpo de Elena, algo dentro de ella se resistió a quedarse en silencio. Su voz, temblorosa pero decidida, emergió desde lo más profundo del pánico.
Elena sentía cómo el terror se apoderaba de su cuerpo.
No obstante, había algo más: una curiosidad que se mezclaba con el miedo.
Era como si, a pesar del espanto, una parte de ella quisiera entender a la sombra, incluso acercarse.
Sacudió la cabeza, luchando contra esa idea absurda.
¿Cómo podía sentirse atraída por algo tan lúgubre?
Algo dentro de ella anhelaba una respuesta.
No era solo el temor lo que la impulsaba, sino una necesidad latente de entenderlo.
¿Por qué la sombra siempre volvía a ella?
¿Qué la unía a esa negrura? Había algo que su mente no lograba comprender, pero que su corazón empezaba a reconocer.
Quizá… no era el enemigo que siempre había creído.
Con más miedo que determinación, susurró:
—¿Quién eres?
Las palabras rasparon su garganta, como si arrancarlas hubiera requerido una fuerza que ya no tenía.
La figura permaneció inmóvil, su mirada invisible clavada en ella.
Había algo en su postura que Elena no había notado antes: una tensión sutil, como si aquella presencia también estuviera luchando con sus propios demonios.
¿Qué la detenía? Esa duda cruzó su rostro y, por un instante, Elena pudo ver en ella no solo una amenaza, sino algo roto, contenido; una criatura atrapada.
Tal vez, al igual que ella, también buscaba claridad en medio de la oscuridad.
No hubo respuesta; solo un silencio aplastante que parecía llenarlo todo. Elena intuía que este era apenas el principio. Sabía que debía buscar una explicación a las preguntas que surgían en su mente, pero en lo más profundo de su ser, temía lo que encontraría al enfrentarse a la verdad.
El silencio permaneció. No era solo terror lo que sentía.
Había algo hipnótico en la quietud de la sombra, algo que la mantenía anclada a su presencia.
Era como si una parte de ella quisiera avanzar y tocar la oscuridad que aquel ente representaba.
Allí, en medio de ese abismo, se escondía un secreto que no solo temía, sino que también deseaba conocer.
A pesar de todo, no podía ignorar la extraña atracción que la sombra ejercía sobre ella. ¿Y si no era miedo lo que sentía?
Elena se despertó de golpe. El sudor frío cubría su piel y el aire apenas alcanzaba sus pulmones. El corazón golpeaba fuerte en su pecho. Dirigió la mirada hacia el reloj. Las tres de la mañana, una vez más.
Sabía que esa noche no volvería a dormir.
Esta vez, sin embargo, el miedo venía acompañado de algo más.
Una chispa de curiosidad comenzaba a arder dentro de ella.
Había algo distinto en esa última interacción con la sombra.
No sabía qué era, pero el misterio que antes la paralizaba ahora despertaba una inquietud en su interior: una necesidad de saber, a pesar de todo el temor que aún la envolvía.
No era la primera vez que sentía curiosidad, pero ahora ardía con más fuerza, más viva.
Mientras se recostaba, incapaz de descansar, la imagen de la sombra volvía a su mente.