Despertar (A las tres de la mañana 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

SOMbrAS EN LA NOCHE



Las farolas comenzaban a encenderse, mezclando su luz amarillenta con los últimos rayos del sol que bañaban las calles del barrio Born.

El calor del día persistía y el aire se sentía denso, saturado de humedad, mezclado con el olor del mar y el humo que escapaba de los bares.

Barcelona, la ciudad que nunca dormía, vibraba bajo el bochorno del atardecer, aunque en ciertos rincones el bullicio daba paso a una extraña calma.

Para muchos, esos recovecos eran acogedores; para Elena, cada paso los volvía más ajenos.

El sol de verano se filtraba por los callejones con un brillo dorado e implacable. Parecía que la propia ciudad respiraba con dificultad bajo la ola de calor que invadía la península.

Elena, de figura esbelta y cabello castaño recogido en un moño desordenado, caminaba junto a sus amigas, Hannia y Valeria.

Sentía el sudor correr por su frente y su piel, usualmente clara, lucía pálida bajo el sol abrasador.

El bullicio a su alrededor parecía lejano, amortiguado.

Las risas de los turistas y el rumor constante de las Ramblas se desvanecían en su mente, incapaces de distraerla de ese peso invisible que la perseguía: las pesadillas que cada noche la arrastraban hacia la oscuridad.

A veces, al cerrar los ojos, recordaba su reflejo en el espejo de su habitación. La observaba con ojos vacíos, sin reconocer a la persona en la que se estaba convirtiendo. Esa imagen la perseguía en sus sueños y, más aterrador aún, también cuando estaba despierta.

Tratando de alejarse de sus pensamientos sombríos respiró hondo y se dirigió a sus amigas.

—¿Escucharon sobre esa nueva exposición en el Museu de Ciències Naturals? —preguntó Elena, intentando mantener un tono ligero mientras se reía de su pésimo catalán—. Quiero ir este sábado. ¿Me acompañan?

Hannia se secó el sudor de la frente antes de negar con la cabeza. Su rostro, antes sereno, reflejaba cansancio.

—Me encantaría, pero tengo una boda este fin de semana. No puedo faltar —respondió con una sonrisa amable.

Valeria levantó las manos en señal de disculpa, con su habitual toque sarcástico.

—Yo tampoco puedo. Cena de presentación de la novia de mi hermano. Imposible faltar —Lo dijo con un brillo travieso en los ojos—. No puedo perder la oportunidad de hacer que todo sea un poquito más interesante— añadió con un toque de dramatismo—. Deberíamos buscar otro día.

Elena suspiró, sintiendo cómo el calor se filtraba a través de su blusa y se acumulaba en su espalda, haciéndola sentir pegajosa e inquieta.

—Está bien, lo organizamos para después —dijo, tratando de mantener el ánimo—. Nos vemos mañana.

Con dos besos en la mejilla, se despidieron en Plaça Catalunya, donde el bullicio de la ciudad alcanzaba su punto máximo.

Elena cruzó la calle, bajó a la estación y tomó el ferrocarril hacia Sabadell.

El ambiente dentro del vagón era denso; el aire acondicionado apenas funcionaba, pero ofrecía un alivio momentáneo frente al bochorno exterior.

A medida que el tren avanzaba, el suave vaivén y el ronroneo del motor comenzaron a adormecerla. Sus párpados se cerraron poco a poco, y su mente, por inercia, cayó en un sueño ligero. Sin embargo, en lugar de descanso, la recibió esa oscuridad familiar que la perseguía en silencio.

No era el agotamiento físico lo que la consumía, ni las largas jornadas en la universidad o el cansancio de su trabajo como mesera.

Había algo más profundo, un peso invisible que oprimía su alma y la arrastraba cada noche hacia sus pesadillas.

Por más que intentara ignorarlo, sabía que algo oscuro habitaba en sus sueños; una presencia que la observaba desde las sombras, siempre al acecho.

Cuando el tren llegó a la estación de Bellaterra, Elena despertó.

Sus ojos se sentían pesados mientras descendía.

El aire nocturno, fresco pero impregnado de humedad, no ofrecía ningún consuelo.

A su alrededor, los faroles de la estación proyectaban una luz tenue sobre el andén vacío, y el leve olor a tierra mojada y pino impregnaban el ambiente.

Caminó a través del pequeño bosque que separaba la estación de las villas universitarias, escuchando cómo las hojas secas crujían bajo sus pies.

Los susurros del viento entre los árboles, mezclados con el aroma a tierra y resina, contrastaban con el caos de la ciudad; sin embargo, ni el follaje oscuro ni la serenidad del entorno lograban apaciguar la inquietud que la envolvía.

Al llegar a su departamento, dejó caer su bolso sobre la mesa. Sus movimientos eran automáticos, pura inercia. Encendió el aire acondicionado, se despojó de la ropa que le estorbaba y cambió su blusa por una más ligera, sin que su mente registrara realmente lo que hacía.

La cena fue rápida y casi inexistente: una ensalada improvisada con manos distraídas. Al masticar, apenas percibió la textura quebradiza de las hojas verdes. Se dirigió a la cama, donde el peso del día la empujó contra el colchón, hundiéndola en la quietud de la habitación.

Al apagar la luz, el apartamento quedó envuelto en sombras densas.

Afuera, las farolas proyectaban figuras distorsionadas sobre las paredes, siluetas que danzaban con cada brisa que sacudía las cortinas.

Elena se arropó con la sábana, buscando en vano una sensación de seguridad frente al bochorno que pegaba su piel al colchón.

En el fondo, lo sabía: esa calma solo era la antesala de algo más oscuro. Esa noche, la paz no llegaría.

El sueño la envolvió arrastrándola de nuevo a ese lugar oscuro y distorsionado.

El cielo era una bóveda de ceniza estancada que parecía colapsar sobre el horizonte.

El aire no solo era denso; era una flema invisible y fría que se filtraba por sus poros, reclamando el espacio de su sangre.

Cada respiración se sentía como tragar vidrio molido envuelto en brea, mientras las sombras a su alrededor no se proyectaban, sino que supuraban de las grietas del suelo como un sarpullido negro que devoraba la poca luz que intentaba sobrevivir.

El mundo era una mezcla de figuras distorsionadas y colores deslavados, una pintura vieja desmoronándose bajo el peso de una lluvia invisible.

Los árboles eran edificios gigantes fundiéndose con el suelo en un caos de líneas borrosas; la realidad se deshacía ante sus ojos.

El silencio era absoluto, roto únicamente por el latido irregular de su corazón, que resonaba con una claridad aterradora.

Entonces la sensación regresó. Una presencia indescriptible pero innegablemente real la observaba desde la penumbra. Las sombras ya no eran solo formas vacías; eran ojos invisibles clavados en su piel, perforando su calma y hundiéndola en un miedo primitivo, casi animal.

No estaba sola en este lugar desolado. Un escalofrío recorrió su espalda, una leve caricia que pronto se transformó en una garra helada que la atrapaba sin piedad. Esa entidad, que ya formaba parte de sus noches, la perseguía sin descanso.

Su corazón tamborileaba en su pecho mientras caminaba por el paisaje desmoronado. Sentía el acecho constante de aquello que no podía ver, pero que permanecía allí, agazapado en la oscuridad.

Frente a ella se alzó una sombra, alta y retorcida, con bordes que se desvanecían en la oscuridad.

Carecía de ojos, pero su presencia emanaba una amenaza indescriptible.

Aquella silueta, indefinida pero poderosa, ejercía una opresión palpable.

A pesar del terror, Elena no pudo evitar sentir una atracción inexplicable hacia esa oscuridad.

Había algo en la manera en que la sombra la rodeaba que despertaba más que miedo: un deseo, casi instintivo, de comprenderla.

No emitía sonido alguno; permanecía allí, silenciosa y dominante, como un vigilante que lo invadía todo.

Elena lo supo al instante: aquello no era humano, ni una figura que pudiera entender; era algo mucho más profundo y aterrador.

Su corazón latía desbocado, pero su garganta, seca y contraída, se negaba a responder.

Quiso gritar. No pudo. Sus músculos estaban rígidos, como si una fuerza invisible la hubiera sepultado dentro de su propio cuerpo.

La desesperación crecía en su pecho mientras veía, impotente, cómo la sombra avanzaba hacia ella. Se deslizaba con lentitud, devorando la luz a su paso y dejando solo vacío.

De pronto, la realidad se clavó en sus articulaciones.

No era solo inmovilidad; era como si su esqueleto hubiera sido reemplazado por plomo fundido que se solidificaba bajo su piel.

La presión en su pecho no era un peso, sino una garra de hielo que se hundía entre sus costillas, buscando el latido de su corazón para silenciarlo, convirtiendo su propia habitación en un sarcófago de sombras donde ella era el único cuerpo aún tibio.

Quiso gritar, pero su garganta permaneció sellada, incapaz de emitir sonido alguno.

La experiencia era aterradora: prisionera de una fuerza invisible, atrapada en su propio cuerpo.

Su mente luchaba por escapar, pero el pánico la ahogaba.

El latido del corazón resonaba en sus oídos mientras sus ojos recorrían la habitación, desesperados, aunque era incapaz de mover la cabeza.

Una presencia invisible la controlaba, inamovible y sofocante.

Cada segundo bajo ese peso se sintió como una eternidad. La negrura la envolvió por completo, el vacío la consumió… y entonces, despertó de golpe.

Recuperó el aliento en una bocanada desesperada y el peso desapareció tan rápido como había llegado.

Pero la sensación de haber estado paralizada, indefensa, seguía clavada en su mente.

Con el corazón martillando y el sudor frío pegado a su piel, Elena se levantó en su colchón con la respiración rápida y errática, como si hubiera estado corriendo por su vida.

La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas, proyectando sombras danzantes que contrastaban con el tenue reflejo de las farolas en las paredes. Miró el reloj. Marcaba las tres de la mañana… otra vez.

Se dejó caer de nuevo sobre las sábanas, pero el sueño no regresó. El miedo a lo que aguardaba tras sus párpados la mantuvo en un estado de vigilia inquieta. Esperó hasta que la primera luz del amanecer se filtró por la ventana, bañando la habitación en un tenue resplandor dorado.