Despertar (A las tres de la mañana 1) Prólogo
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Despertar (A las tres de la mañana 1)

Despertar (A las tres de la mañana 1)

Por Jorge Vazquez

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Prólogo

El silencio de la noche siempre fue el refugio de Elena, un territorio suspendido donde el mundo se desdibujaba y las horas perdían su significado. Pero últimamente, ese silencio se había vuelto denso, transformándose en el preludio de algo que la acechaba desde la oscuridad.

Todo empezó con destellos: una silueta en la periferia de su visión, un susurro apenas audible. Al principio lo atribuyó al cansancio de las noches de estudio y el estrés universitario. Pronto comprendió que no era solo imaginación. Algo —o alguien— la acechaba desde lo más profundo de sus sueños.

Cada noche, el miedo ganaba terreno. Esa figura oscura la observaba, constante pero inalcanzable.

Lo que empezó como una intrusión onírica pronto desbordó hacia la vigilia.

La sombra ya no se limitaba a las pesadillas: acechaba en los rincones del departamento, en las esquinas de calles desiertas y en espejos que devolvían reflejos más allá de lo que sus ojos podían ver.

Lo más perturbador no era la presencia en sí, sino el hecho de que parecía conocerla.

Aquella sombra conocía su nombre y sus miedos más profundos, aquellos que ni siquiera ella se atrevía a nombrar.

Cada aparición la empujaba hacia una verdad que no estaba segura de querer descubrir.

Detrás de la sombra latía algo más, una herida oculta, una conexión que iba más allá del miedo.

Ahora, mientras el reloj marcaba las tres de la mañana, Elena sabía que el tiempo de las dudas se había agotado. Las pesadillas ya no eran solo sueños, habían cobrado vida y la sombra no estaba allí por casualidad. Algo la esperaba en la oscuridad, y a Elena ya no le quedaba espacio para huir.