Despertar en Manhattan (Sal y Sándalo 2) 19. 19 #2
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19. 19 #2

A las once, cuando la velada empezaba su descenso hacia los abrigos y los adioses, Victoria subió a la planta alta con el pretexto de ver a Julian.

Berenice le entregó al niño con la eficiencia de siempre.

Julian estaba despierto, con esa mirada oscura que todavía no enfocaba bien pero que ya tenía algo de propio, algo que no era exactamente el azul de Charles ni el oscuro de Victoria sino una mezcla que en nueve meses todavía no había terminado de decidir qué iba a ser.

Lo sostuvo durante un rato. El peso exacto de nueve meses, que ya no era el peso del hospital sino un peso con opinión propia: Julian se acomodaba o se retorcía según sus propios criterios, que eran incognoscibles pero consistentes .

—Ya está bien —le dijo Berenice, con el tono de quien no está pidiendo permiso sino estableciendo un hecho médico—. Hay que ponerle a dormir.

Victoria lo devolvió. Besó al niño en la frente, que era un gesto que había aprendido a hacer en los últimos meses con la misma naturalidad con la que aprendía todo: observando, practicando, integrando hasta que dejaba de ser esfuerzo para ser simplemente lo que se hace.

Salió de la habitación de Julian y recorrió el pasillo de la planta alta hacia el baño del fondo, que era el más alejado de las escaleras y que a esa hora estaba vacío.

Era un cuarto de baño pequeño, con una ventana que daba al jardín posterior y al estanque oscuro de diciembre, sin la calidad de los baños principales que Eleanor había equipado con los mismos estándares con los que equipaba todo lo que tocaba.

En el armario debajo del lavabo había dejado, tres días antes, una bolsa de papel de una farmacia de East Hampton que había entrado a comprar con la misma lógica discreta con la que había ido a la farmacia del Midtown a buscar la prueba de embarazo quince meses atrás: suficientemente lejos de la oficina y de los conocidos para que el recibo de la tarjeta no tuviera contexto.

Sacó la bolsa. Dentro había un frasco pequeño de cristal con tapón de madera: un aceite de perfume de sándalo puro, sin mezcla, del tipo que no se vende en las perfumerías convencionales sino en las tiendas de aceites esenciales que en 1996 existían en el Village y en algunos barrios de Brooklyn y que en los Hamptons no existían, que era la razón por la que había tenido que ir a buscarlo a Manhattan.

Lo abrió. El olor llegó de inmediato: denso, amaderado, cálido de una forma que no tenía que ver con la temperatura sino con algo más parecido a la textura.

El olor del loft de Broome Street. El olor de la piel de Adrienne.

El olor que llevaba seis meses necesitando encontrar en otro sitio y que esa noche, en ese cuarto de baño pequeño con la ventana al estanque oscuro, había decidido empezar a llevar encima.

Se aplicó una gota en el interior de la muñeca izquierda. Luego en el cuello, en el punto exacto donde la piel es más cálida y donde el olor de un perfume se mezcla con el olor propio de quien lo lleva y produce algo que ya no es solo el frasco sino también la persona.

Se miró en el espejo del baño. Tenía treinta y un años.

El cabello oscuro igual que siempre. Los ojos que Charles describía como inteligentes y que Adrienne describía como los de alguien que memoriza rutas en lugar de espacios y que Victoria sabía que eran simplemente los ojos que tenía, sin atributo adicional posible.

Llevó la muñeca izquierda hacia la cara y respiró.

Era exactamente el olor. No una aproximación, no algo parecido: el mismo olor. Y sin embargo era diferente porque era su propia piel debajo, que cambiaba la composición de una forma química y también de otra forma que no era química sino la diferencia entre encontrar algo y llevarlo encima.

Guardó el frasco en el bolsillo del vestido.

Salió del baño. Recorrió el pasillo de la planta alta de vuelta hacia la escalera flotante, que a esa hora de la noche, con las luces de la fiesta llegando desde abajo, tenía esa calidad suspendida que había convencido a Victoria de insistir en ella contra el criterio de Deering: parecía que no necesitara el suelo para existir, que se sostuviera por su propia lógica en el espacio entre los dos pisos.

Bajó.

En el salón principal, Marcus estaba junto a la barra con un vaso de agua, con la chaqueta ligeramente desabrochada que era su versión de la relajación en los eventos formales.

La vio bajar las escaleras y algo en su cara cambió durante un segundo, el tiempo de registrar algo, antes de volver a la expresión neutra que usaba en público.

No dijo nada. Era Marcus: veía y callaba con la eficiencia de alguien que ha entendido que la información no necesita ser verbalizada para ser útil.

En el comedor, los ventanales reflejaban el interior de la fiesta sobre la noche exterior. Victoria los miró desde el umbral.

Adrienne se había ido. La mujer del cabello rubio recogido estaba hablando con el señor Hartwell, sola ahora, con la copa que antes gesticulaba.

Los Asikainen se despedían del almirante Patterson.

Eleanor recorría el salón con la eficiencia de un sistema de cierre que ya había calculado el tiempo exacto que quedaba hasta que la velada pudiera considerarse terminada sin que nadie se fuera demasiado pronto ni se quedara demasiado tarde.

Victoria entró al comedor. Se acercó a los ventanales.

Miró hacia fuera, hacia la noche de diciembre sobre el estanque, y vio reflejada en el cristal la sala iluminada a su espalda: los camareros recogiendo copas vacías, los últimos grupos de conversación deshilachándose hacia los abrigos, Charles despidiendo a alguien junto a la entrada con una palmada en el hombro.

Y su propio reflejo en el cristal: el vestido azul oscuro, el pelo recogido, la postura que llevaba años construyendo y que a estas alturas era simplemente su postura, sin esfuerzo consciente.

En la muñeca izquierda, bajo la manga del vestido, el aceite de sándalo seguía siendo exactamente el mismo olor.

Cerraría los ojos en los próximos veintiocho años cada vez que quisiera encontrarlo.

No siempre funcionaría: hay cosas que la memoria sabe hacer mejor que los objetos físicos, y hay otras que los objetos físicos hacen mejor que la memoria.

Pero lo intentaría siempre. Y con el tiempo dejaría de ser un intento y se convertiría simplemente en lo que llevaba puesto, en el olor que precedía su entrada en cada sala y que la gente describiría como el aroma de Victoria Vance sin saber que era el aroma de otra persona que Victoria Vance llevaba en la piel desde el último diciembre del siglo.